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De repente lo abrazó y enterró el rostro en su ancho pecho. Las fuertes manos de él le acariciaron suavemente el cabello; probablemente creía que estaba preocupada por su marcha. Bueno, por supuesto que lo estaba en cierto sentido, pero no porque se marchase sin ella. Todavía no se había dado cuenta de lo que significaba tener una esposa saldaenina. Les había ido todo tan bien estando lejos de Rand al’Thor… ¿Por qué el Dragón Renacido necesitaba a Perrin ahora, con tanta intensidad que su marido lo notaba a través de las muchas leguas que hubiese entre ambos? ¿Por qué quedaba tan poco tiempo? ¿Por qué? La camisa de Perrin se pegaba a su sudoroso torso, y el calor antinatural provocaba que más gotas de sudor resbalaran por la cara de Faile, pero a pesar de ello la joven tuvo un escalofrío.

Con una mano apoyada en la empuñadura de la espada y haciendo saltar sobre la otra palma una piedrecilla, Gawyn Trakand recorrió de nuevo las filas de sus hombres mientras comprobaba sus posiciones alrededor de la colina coronada por árboles. Un seco y abrasador viento que arrastraba polvo a través de las onduladas y marchitas praderas agitó la sencilla capa de color verde que colgaba a su espalda. No se veía nada aparte de hierba seca, alguno que otro soto y parches dispersos de arbustos agostados. Había un frente demasiado amplio que cubrir con los hombres de que disponía si se producía un combate allí. Los había situado en grupos de cinco espadachines a pie, con los arqueros cincuenta pasos más atrás, en la colina. Otros cincuenta hombres aguardaban con lanzas y caballos, cerca del campamento de la cumbre, a que los llamaran si su intervención era necesaria. Gawyn confiaba en que ese día no lo fuera.

Al principio no eran muchos los Cachorros, pero su reputación sirvió para que hubiese nuevos reclutamientos. El aumento de soldados sería útil; a los reclutas no se les permitía salir de Tar Valon hasta que su preparación era satisfactoria y tenían el nivel exigido. No es que Gawyn esperara que aquel día hubiese más posibilidades de luchar que cualquier otro; pero había aprendido por experiencia que a menudo el conflicto estallaba cuando menos se esperaba. Sólo las Aes Sedai esperarían hasta el último momento para decirle a un hombre algo como lo que iba a ocurrir ese mismo día.

—¿Todo va bien? —preguntó al tiempo que se detenía junto a un grupo de espadachines. A despecho del calor, algunos llevaban la capa verde, de manera que se veía el emblema de Gawyn, un jabalí blanco cargando, bordado en la pechera.

Jisao Hamora era el más joven y su sonrisa seguía siendo la de un muchacho, pero también era uno de los cinco que lucía la pequeña torre plateada en el cuello que los señalaba como veteranos en el combate de la Torre Blanca.

—Perfectamente, milord —respondió.

El grupo llevaba el nombre de los Cachorros con razón. El propio Gawyn, con poco más de veinte años, se contaba entre los mayores. Era una norma no aceptar a nadie que hubiese servido en algún ejército o defendido los colores de ningún lord o lady, ni siquiera que hubiese trabajado como guardia de mercaderes. Los primeros Cachorros habían entrado en la Torre como muchachos y jóvenes a los que adiestraban los Guardianes, los mejores espadachines, los mejores guerreros del mundo, y mantenían una parte al menos de esa tradición, aunque los Guardianes ya no los entrenaban. La juventud no era óbice. Habían celebrado una pequeña ceremonia hacía sólo una semana debido a la primera barba que Benji Dalfor se había afeitado que no era simplemente pelusilla; sin embargo, el muchacho tenía una cicatriz en la mejilla, un recuerdo indeleble del combate en la Torre. Las Aes Sedai habían estado demasiado ocupadas en los días posteriores a la deposición de Siuan Sanche como Amyrlin para practicar la Curación. Posiblemente Siuan seguiría siendo Amyrlin de no ser por la intervención de los Cachorros, que se habían enfrentado a sus instructores y los habían vencido en el recinto de la Torre.

—¿Sirve esto para algo, milord? —preguntó Hal Moir. Era dos años mayor que Jisao y, como otros muchos que no llevaban la torre de plata, lamentaba no haber estado allí. Ya aprendería—. No hay atisbo de los Aiel.

—¿Eso crees? —Sin hacer un solo gesto que sirviera de advertencia, Gawyn arrojó la piedra que tenía en la mano con toda la fuerza que pudo contra el único arbusto, un raquítico matorral, que estaba lo bastante cerca para que llegara el tiro. El susurro de las hojas fue lo único que se oyó, pero el matojo se sacudió un poco más de lo normal, como si una persona, escondida en él de algún modo, hubiese recibido el impacto. Las exclamaciones se alzaron entre los soldados nuevos; Jisao sólo bajó la espada.

»Un Aiel, Hal, puede esconderse en un pliegue del terreno en el que tú ni siquiera tropezarías. —No es que Gawyn supiera más sobre los Aiel de lo que se decía en los libros, pero sí que había leído todos los volúmenes que había encontrado en la biblioteca de la Torre en los que aparecían las experiencias de cualquier hombre que hubiese luchado contra ellos, de cualquier soldado que parecía saber de lo que estaba hablando. Uno tenía que prepararse para el futuro, y al parecer el futuro del mundo era la guerra—. Pero si la Luz quiere, hoy no habrá lucha.

—¡Milord! —llegó una llamada desde lo alto de la colina, cuando el vigía avistó lo que él acababa de divisar: tres mujeres saliendo de un pequeño soto situado a unos cuantos cientos de pasos, al oeste, y que se dirigían hacia ellos. Al oeste; sorprendente. Claro que a los Aiel les gustaban las sorpresas.

Había leído que las Aiel combatían al lado de los hombres, pero estas mujeres no podrían luchar con aquellas oscuras y amplias faldas y blusas blancas. Llevaban chales echados sobre los brazos a pesar del calor. Por otro lado, ¿cómo habían llegado a ese soto sin ser vistas?

—Mantened los ojos bien abiertos, y no en ellas —advirtió, y a continuación desobedeció su propia orden al observar con interés a las tres Sabias: las emisarias de los Aiel Shaido, porque allí fuera sólo podían ser eso.

Se aproximaron con paso majestuoso, no como si se dirigieran hacia un grupo numeroso de hombres armados. Tenían el cabello largo, hasta la cintura —Gawyn había leído que los Aiel lo llevaban corto— y sujeto con un pañuelo doblado y ceñido a las sienes. Lucían tantos brazaletes y collares de oro, plata y marfil que el brillo tendría que haber delatado su presencia a más de un kilómetro.

Muy erguidas y con una expresión orgullosa en el rostro, las tres mujeres pasaron ante los espadachines sin apenas dedicarles un vistazo y empezaron a subir la colina. Su líder era una mujer de cabello rubio que llevaba la amplia blusa con las cintas desatadas lo suficiente para dejar a la vista gran parte del moreno escote. Las otras dos tenían el pelo canoso y los rostros curtidos como cuero; la primera debía de tener menos de la mitad de años que las otras.

—No me importaría pedirle un baile a ésa —dijo con admiración uno de los Cachorros cuando las mujeres dejaron atrás su posición. Era como poco diez años más joven que la mujer rubia.

—Yo en tu lugar no lo haría, Arwin —espetó secamente Gawyn—. Podría interpretar mal tu invitación. —Había leído que los Aiel denominaban «la danza» a la batalla—. Además, se tomaría tu hígado para cenar. —Había columbrado fugazmente sus verdes ojos, y jamás había visto una expresión tan dura.

Siguió con la mirada a las Sabias hasta que subieron a la zona de la colina donde media docena de Aes Sedai esperaban con sus Guardianes. Las que tenían Guardianes, se entiende, porque dos de ellas eran del Ajah Rojo, y las hermanas Rojas no los tenían. Cuando las mujeres desaparecieron en una de las altas y blancas tiendas y los Guardianes tomaron posiciones alrededor para montar guardia, Gawyn reanudó su recorrido por las filas en torno a la colina.