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—Una madre tiene derecho a sentirse inquieta —repuso Covril mientras sus orejas copetudas se agitaban. Parecía estar debatiéndose entre el respeto debido a un Mayor y una impaciencia por demás impropia de su raza. Cuando se volvió hacia Rand, se irguió, adelantó la barbilla y enderezó las orejas—. ¿Qué habéis hecho con mi hijo?

—¿Vuestro hijo? —Rand estaba boquiabierto.

—¡Loial! —Lo miraba como si se hubiese vuelto loco. Erith lo estaba observando anhelante, con las manos crispadas sobre el pecho.

»Le prometisteis a la más anciana de los Mayores del stedding Tsofu que cuidaríais de él —prosiguió Covril—. Me lo contaron. Entonces no os hacíais llamar el Dragón, pero erais vos. ¿Cierto, Erith? ¿No dijo Alar que se llamaba Rand al’Thor? —Sólo le dio tiempo a la joven para que respondiera con un breve cabeceo. A medida que aumentaba la velocidad con que hablaba, Haman empezó a mostrar una expresión dolida—. Mi Loial es demasiado joven para estar en el exterior, demasiado joven para estar corriendo de un lado al otro del mundo, haciendo cosas que sin duda le habéis mandado hacer. La Mayor Alar me habló de vos. ¿Qué tiene que ver mi Loial con los Atajos y con trollocs y con el Cuerno de Valere? Me lo entregaréis ahora mismo, por favor, para que así pueda casarlo como es debido con Erith. Ella hará que siente la cabeza y se le quiten las ganas de vagabundear.

—Es muy apuesto —musitó tímidamente Erith, cuyas orejas se agitaban de tal modo por la turbación que los copetes se sacudían de un modo extraordinario—. Y también creo que es muy valiente.

A Rand le costó unos segundos recobrar el equilibrio mental. Una Ogier mostrándose firme se asemejaba mucho a una montaña derrumbándose. Y una Ogier mostrándose firme y hablando rápidamente…

Según el entender de los Ogier, Loial, con poco más de noventa años, era demasiado joven para salir solo del stedding. Los Ogier eran muy longevos. Desde el primer día en que Rand lo conoció, Loial, ansioso por conocer mundo, se había preocupado de lo que ocurriría cuando los Mayores se dieran cuenta de que se había escapado. Sobre todo le preocupaba que su madre saliera tras él llevando una novia a remolque. Había explicado que los hombres de su raza no tenían voz ni voto en ese asunto, y las mujeres elegidas poco más; todo lo acordaban entre las dos madres. No estaba fuera de lo posible que uno se encontrara casado con una mujer a la que no se conocía hasta el día en que su madre le presentaba a su futura esposa y a su suegra.

Loial parecía pensar que el matrimonio sería el final de todo para él, al menos de sus ansias de ver mundo, y tanto si era así como si no, Rand no entregaría a un amigo a aquello que temía. Estaba a punto de decir que ignoraba el paradero de Loial y sugerirles que regresaran al stedding y esperaran a que el joven Ogier volviera —de hecho ya había abierto la boca para hablar— cuando se le ocurrió una pregunta. Lo avergonzaba no recordar algo tan importante; al menos para Loial.

—¿Cuánto tiempo lleva fuera del stedding?

—Demasiado —respondió Haman, y su voz sonó como peñascos retumbando al rodar ladera abajo—. El chico nunca fue aplicado en sus tareas. Siempre estaba hablando de ver el exterior, como si hubiese cambiado realmente algo de lo que hay en los libros que debería haber estudiado. Ummm. ¿Qué cambio representa en realidad el que los humanos hayan variado las líneas de un mapa? La tierra sigue siendo…

—Ha permanecido fuera demasiado tiempo —intervino la madre de Loial con tanta firmeza como un poste que se clava en arcilla seca. Haman la miró ceñudo, y la mujer se las arregló para sostenerle la mirada con igual firmeza a pesar de que las orejas le temblaban de azoramiento.

—M… más de cinco años —puntualizó Erith. Durante un instante sus orejas se doblaron, pero acto seguido se alzaron brusca y obstinadamente. En una buena imitación de Covril, manifestó—: Quiero que sea mi esposo. Lo supe desde el primer momento en que lo vi. No dejaré que muera. Y menos por ser un necio.

Rand y Loial habían hablado de muchas cosas y una de ellas había sido la añoranza, aunque al joven Ogier no le gustaba hablar de ella. Cuando el Desmembramiento del Mundo obligó a los humanos a huir a cualquier lugar que les ofreciera seguridad, también llevó a los Ogier fuera de los steddings. Durante largos años los humanos erraron por un mundo que a veces cambiaba en el mismo día, persiguiendo la seguridad, y los Ogier erraron en busca de los steddings perdidos en la cambiante tierra. Fue entonces cuando los aquejó la Añoranza. Un Ogier alejado del stedding deseaba regresar. Un Ogier alejado largo tiempo del stedding necesitaba regresar. Un Ogier alejado demasiado tiempo del stedding moría.

—Loial me dijo que un Ogier podía permanecer fuera más tiempo que eso —repuso quedamente Rand—. Diez años, creo recordar.

Haman empezó a sacudir la inmensa cabeza antes de que Rand hubiese terminado de hablar.

—No es exacto. Que yo sepa, sólo cinco han permanecido fuera tanto tiempo y han vivido para regresar al stedding, y creo que yo lo sabría si hubiese habido más. Se habría escrito y hablado de una locura semejante. De los cinco, tres murieron antes de transcurrir un año desde su vuelta al hogar, el cuarto fue un inválido el resto de su vida, y la mejor parada fue la quinta, una mujer, que sólo necesitó un bastón para caminar. Pero siguió escribiendo. Ummm… Dalar tenía algunas cosas interesantes que contar referentes a…

Esta vez, cuando Covril abrió la boca, el Mayor giró la cabeza hacia ella y la miró, enarcando bruscamente las pobladas cejas. La Ogier empezó a alisarse los pliegues de la falda con gestos furiosos, pero le mantuvo la mirada sin vacilar.

—Cinco años es un corto espacio de tiempo, lo sé —siguió diciendo Haman a Rand, aunque sin dejar de mirar intensamente a Covril por el rabillo del ojo—, pero ahora estamos anclados al stedding. No hemos oído nada en la ciudad que nos indique que Loial está aquí, y a juzgar por el alboroto que nuestra presencia ha causado tendríamos que haber escuchado algún comentario, pero si nos decís dónde se encuentra le estaréis haciendo un gran favor.

—En Dos Ríos —informó Rand. Salvar la vida a un amigo no era traicionarlo—. La última vez que lo vi partía hacia allí en buena compañía, con amigos. Dos Ríos es un lugar tranquilo. Y seguro. —Volvía a serlo ahora, gracias a Perrin—. Y gozaba de buena salud hace unos pocos meses. —Bode se lo había dicho cuando las muchachas de la región le estuvieron contando lo ocurrido allí.

—Dos Ríos —murmuró Haman—. Ummm. Ummm. Sí, sé dónde está. Otra larga caminata. —Los Ogier montaban a caballo en muy contadas ocasiones, ya que había pocos animales que pudieran aguantar su peso; y, en cualquier caso, preferían confiar en sus propias piernas.

—Debemos ponernos en marcha inmediatamente —dijo Erith con un retumbo firme aunque ligero. Ligero comparado con el timbre de Haman, claro está.

Covril y Haman la miraron sorprendidos, escandalizados de que se hubiese atrevido a hablar de ese modo, y las orejas de Erith se doblaron por completo. Después de todo, era una jovencita que acompañaba a un Mayor y a una mujer que, según sospechaba Rand, debía de ser muy importante a juzgar por la forma en que le plantaba cara a Haman. A buen seguro que Erith no superaba en mucho los ochenta años.

Sonriendo ante esta idea —el patinazo era propio de una chiquilla, de modo que quizá sólo tenía setenta—, Rand ofreció:

—Por favor, aceptad mi hospitalidad en palacio. Unos pocos días de descanso contribuirán a que vuestro viaje sea más rápido, Mayor Haman. —¡Claro, ahora lo recordaba! Loial estaba hablando siempre de su maestro. Según él, el Mayor Haman lo sabía todo.