En efecto, todas las marcas se hallaban en montañas abruptas, en lugares a los que los humanos no les era fácil acceder o, en unos pocos casos, a cierta distancia de núcleos habitados. El stedding Tsofu se encontraba bastante más cerca de una población que cualquier otro, y a pesar de ello Rand sabía que había un día de distancia con el pueblo más próximo.
—Éste sería un buen tema para discutir, pero en otro momento —adujo Covril; aunque le habló a Rand, las miradas de reojo de la Ogier dejaban claro que sus palabras iban dirigidas a Haman—. Quiero emprender camino hacia el oeste y recorrer la mayor distancia posible antes de que caiga la noche.
Haman soltó un sonoro suspiro.
—Supuse que os quedaríais un tiempo —protestó Rand—. Debéis de estar exhaustos tras recorrer a pie todo el camino desde Cairhien.
—Las mujeres no se agotan, sólo agotan a los demás —dijo Haman—. Es un viejo dicho entre nosotros.
Covril y Erith aspiraron ruidosamente el aire por la nariz en perfecta sincronización. Mascullando entre dientes, Haman continuó con la lista, pero ahora se trataba de ciudades que los Ogier habían construido, urbes donde había habido arboledas, cada una de ellas con su correspondiente puerta a los Atajos a fin de facilitar los desplazamientos de los Ogier desde los steddings y hacia ellos sin necesidad de pasar a través de las tierras de los humanos, tan a menudo envueltas en conflictos.
Marcó, naturalmente, Caemlyn; y Tar Valon, Tear, Illian, Cairhien, Maradon y Ebou Dar. Eso completaba la lista en lo referente a ciudades que todavía existían, y en el caso de la última, Ebou Dar, la apuntó como Barashta. Quizá Barashta perteneciera, en cierto modo, más a las otras, a esos puntos marcados en lugares de los mapas donde no aparecía nada o, como mucho, un pueblo: Mafal Dadaranell, Ancohima y Londaren Cor; y, por supuesto, Manetheren, Aren Mador, Aridhol, Shaemal, Deranbar, Braem, Condaris, Hai Ecorimon, Iman… A medida que la lista crecía, Rand empezó a ver puntos húmedos en cada mapa que Haman le pasaba cuando había terminado. Le costó un momento comprender que el Mayor Ogier estaba llorando en silencio, y que sus lágrimas caían mientras señalaba las ciudades muertas y olvidadas. Tal vez lloraba por la gente o tal vez por los recuerdos. Lo que sí entendió Rand es que las lágrimas no eran por las ciudades en sí ni por las obras perdidas de los albañiles Ogier. Para ellos, la construcción era sólo algo que habían llevado a cabo durante el Exilio y ¿qué trabajo en piedra podía compararse con la majestuosidad de los árboles?
Unos de aquellos nombres despertó algo más que recuerdos en Rand, así como la localización, al este de Baerlon, a varios días de camino al norte de Puente Blanco, en el Arinelle.
—¿Había una arboleda aquí? —inquirió, apuntando con el dedo.
—¿En Aridhol? Sí —respondió Haman—. Sí, la había. Un caso triste, ése.
—En Shadar Logoth —corrigió Rand sin levantar la cabeza—. Un caso muy triste, sí. ¿Podríais…? ¿Querríais mostrarme esa puerta a los Atajos si os llevo allí?
21
A Shadar Logoth
¿Llevarnos allí? —repitió Covril mientras miraba con un extraordinario ceño el mapa que Rand sostenía en las manos—. Nos apartaría mucho de nuestra ruta, si no recuerdo mal la localización de Dos Ríos. No pienso perder un solo día más en encontrar a Loial.
Erith asintió con un categórico cabeceo.
—No puedo permitirlo —dijo Haman, con las mejillas todavía húmedas por las lágrimas—. Aridhol, o Shadar Logoth como la llamáis ahora con toda razón, no es lugar para alguien tan joven como Erith. A decir verdad, no es un lugar adecuado para nadie.
Rand dejó caer el mapa y se puso de pie. Conocía Shadar Logoth mejor de lo que habría sido de su agrado.
—No perderéis tiempo. De hecho, lo ganaréis. Os llevaré allí mediante el Viaje, por un acceso. De ese modo habréis recorrido hoy gran parte del camino a Dos Ríos. No tardaremos mucho. Sé que podéis conducirme directamente a la puerta a los Atajos.
Los Ogier eran capaces de percibir estos accesos si se encontraban cerca de ellos.
Esta propuesta requirió otra conferencia detrás de la fuente y en la que exigió tomar parte Erith. Rand sólo logró captar fragmentos de la conversación, pero era evidente que Haman, sacudiendo obstinadamente su enorme cabeza, se oponía al plan, mientras que Covril, con las orejas tan tiesas que la Ogier parecía querer estirar su altura hasta el último centímetro, insistía en aceptar. Al principio, Covril había mirado a Erith con tanto ceño como a Haman; fuera cual fuese la relación entre suegra y nuera entre los Ogier, resultaba evidente que opinaba que la joven no tenía nada que decir en esto. Empero, no tardó mucho en cambiar de parecer. Las mujeres Ogier flanquearon a Haman y lo acribillaron sin darle cuarteclass="underline"
—… muy peligroso. Demasiado peligroso —llegó como un trueno distante la voz de Haman.
—… estar casi allí hoy… —Un trueno más ligero, que era Covril.
—… ya ha permanecido en el exterior demasiado tiempo… —Un repique cercano a un trueno, de Erith.
—… quien mucho corre, pronto para…
—… mi Loial…
—… mi Loial…
—… el Mashadar bajo nuestros pies…
—… mi Loial…
—… mi Loial…
—… como uno de los Mayores…
—… mi Loial…
—… mi Loial…
Haman regresó junto a Rand tirándose de la chaqueta como si se la hubiesen arrancado casi, seguido por las dos mujeres. Covril mantenía un gesto más relajado que Erith, quien se esforzaba para reprimir una sonrisa, pero sus orejas copetudas se erguían en un idéntico ángulo airoso que de algún modo transmitía satisfacción.
—Hemos decidido aceptar vuestra oferta —anunció, envarado, Haman—. Acabemos de una vez con este ridículo cazcalear para que pueda volver a mis clases. Y al Tocón. Ummm. Ummm. Hay mucho que hablar sobre vos ante el Tocón.
A Rand le importaba poco si Haman le decía al Tocón que era un déspota. Los Ogier se mantenían apartados del resto del mundo excepto para efectuar reparaciones de sus antiguas construcciones, y no parecía probable que ejercieran influencia en los humanos respecto a él, para bien o para mal.
—Bien —contestó—. Mandaré a alguien a la posada en la que os alojáis para recoger vuestras pertenencias.
—Lo tenemos todo aquí. —Covril fue al otro lado de la fuente, se agachó y al incorporarse levantó dos bultos que habían permanecido ocultos por el pilón. Cualquiera de ellos habría resultado pesado para un hombre, pero ella le tendió uno a Erith y se metió la correa que ataba el otro por la cabeza de manera que le quedó cruzada sobre el pecho, en bandolera, con el fardo a la espalda.
—Veréis, si Loial hubiera estado aquí —explicó Erith mientras se acomodaba su fardo—, habríamos emprendido el regreso al stedding Tsofu de inmediato. Si no, habríamos estado preparados para proseguir camino. Sin demora.
—De hecho, estaba el problema de las camas —le confió Haman mientras indicaba con las manos una medida adecuada para un niño humano—. Antaño todas las posadas en el exterior tenían dos o tres cuartos para Ogier, pero ahora es complicado encontrar alguna. Resulta difícil de entender. —Echó una ojeada a los mapas marcados y suspiró—. Resultaba difícil de entender.
Esperando sólo a que Haman recogiera su propio fardo, Rand asió el saidin y abrió un acceso justo al lado de la fuente; la abertura en el aire dejó a la vista una calle en ruinas y plagada de malas hierbas, así como edificios desmoronados.
—Rand al’Thor. —Sulin entró en el patio casi corriendo, a la cabeza de un puñado de sirvientes y gai’shain cargados de mapas. Liah y Cassin llegaron con ella, fingiendo la misma actitud despreocupada, como si estuviesen allí por casualidad—. Pediste más mapas. —En la mirada que Sulin echó al acceso apenas había un atisbo de acusación.