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Los Cachorros estaban alerta desde que se había corrido la voz de la llegada de las Aiel, cosa que no le gustó. Tendrían que haber estado alerta antes. Hasta la mayoría de los que no llevaban la torre plateada había visto combatir en los alrededores de Tar Valon. Elmon Valda, capitán al mando de los Capas Blancas, había desplazado a casi todos sus hombres hacia el oeste hacía más de un mes, pero el puñado que dejó en la plaza había intentado mantener unidos a los bandidos y bravucones que Valda había reunido. Los Cachorros los habían dispersado; Gawyn hubiera querido creer que también habían echado a Valda de allí —por supuesto, la Torre había mantenido a sus propios soldados lejos de las escaramuzas, a pesar de que la única razón de los Capas Blancas para estar allí había sido ver qué perjuicios podían causar a la Torre—, pero sospechaba que Valda tenía sus propios motivos. Probablemente órdenes de Pedron Niall, y Gawyn habría dado cualquier cosa por saber cuáles eran. ¡Luz, cómo detestaba ignorar algo! Era como caminar a trompicones en medio de la oscuridad.

Tuvo que admitir que la verdad era que estaba irritado. No sólo por lo de los Aiel, sino porque no le hubiesen hablado de esa reunión hasta aquella mañana. Tampoco le habían dicho adónde iban hasta que Coiren Sedai, la hermana Gris que estaba al mando de las Aes Sedai, hizo un aparte con él. Elaida había mantenido una actitud reservada y autoritaria cuando era consejera de su madre en Caemlyn, pero desde que había ascendido a la Sede Amyrlin su modo de actuar hacía que la Elaida de antaño pareciera franca y afable en comparación. Sin duda había hecho hincapié en que fuera él quien estuviera al mando de esta escolta tanto para alejarlo de Tar Valon como por cualquier otra razón.

Los Cachorros se habían puesto de su lado durante la lucha —la anterior Amyrlin había sido despojada de la Vara y la Estola por la Antecámara, de modo que el intento de liberarla había sido un acto contra la ley, pura y simplemente— pero Gawyn ya albergaba sus dudas sobre todas las Aes Sedai mucho antes de oír la lectura de los cargos contra Siuan Sanche. Que ejercían influencia y que hacían bailar a los tronos al son que tocaban era algo que se decía tan a menudo que apenas le había prestado atención, pero entonces vio utilizar esas influencias. Al menos, los efectos, y su hermana Elayne era de las que bailaban a su son y desaparecía de su vista, y, para los efectos, como si hubiese muerto. Ella y otra joven. Había luchado para encarcelar a Siuan y después cambió de parecer y la dejó escapar. Si Elaida llegaba a descubrirlo, ni siquiera el hecho de que su madre fuese una reina le salvaría la vida.

A pesar de todo, Gawyn decidió quedarse porque su madre siempre había apoyado a la Torre y porque su hermana quería ser Aes Sedai. Y porque también quería serlo otra mujer. Egwene al’Vere. No tenía derecho a pensar siquiera en ella, pero abandonar la Torre sería como abandonarla a ella. Por razones tan fútiles un hombre tomaba decisiones que marcaban su destino. Mas saber que eran fútiles no las cambiaba.

Observó con gesto ceñudo las secas praderas barridas por el viento mientras caminaba de una posición a la siguiente. Bien, allí estaba, confiando en que los Aiel no decidiesen atacar a pesar de lo que quiera que fuera lo que las Sabias Shaido estaban hablando con Coiren y las otras, o justamente debido a ello. Sospechaba que había suficientes ahí fuera para superarlos aun con la intervención de las Aes Sedai. Iban de camino a Cairhien y no sabía qué pensar al respecto. Coiren le había hecho jurar que mantendría en secreto su misión e incluso así parecía asustada de lo que estaba diciendo. Y con toda razón. Siempre era mejor examinar con cuidado lo que decía una Aes Sedai, puesto que aun cuando no podían mentir sí podían tergiversar la verdad dándole más vueltas que a una peonza; con todo, no encontró significados ocultos a sus palabras. Las seis Aes Sedai iban a pedir al Dragón Renacido que las acompañase a la Torre, con los Cachorros, al mando del hijo de la reina de Andor, como escolta de honor. Sólo podía haber una razón para hacer esto, una que obviamente impresionaba lo bastante a Coiren para insinuarla solamente. También le impresionaba a él. Elaida se proponía anunciar al mundo que la Torre Blanca apoyaba al Dragón Renacido.

Resultaba casi increíble. Elaida había sido Roja antes de ascender a Amyrlin, y las Rojas detestaban la mera idea de que un hombre encauzase; no tenían buena opinión de los hombres en general, a decir verdad. Empero, la caída de la antaño invencible Ciudadela de Tear, tal como anunciaba la profecía, demostraba que Rand al’Thor era el Dragón Renacido, e incluso Elaida afirmaba que la Última Batalla se aproximaba. A Gawyn le costaba identificar al joven y amedrentado campesino, que había ido a parar al Palacio Real de Caemlyn, con el hombre descrito por los rumores que llegaban por el río Erinin hasta Tar Valon. Se decía que había hecho ahorcar a Grandes Señores tearianos y que permitió a los Aiel saquear la Ciudadela. Ciertamente había conducido a los Aiel a través de la Columna Vertebral del Mundo, cosa que ocurría sólo por segunda vez desde el Desmembramiento, para causar estragos en Cairhien. Tal vez era a causa de la locura. A Gawyn le había caído muy bien Rand al’Thor y lamentaba que se hubiese convertido en lo que era.

Para cuando volvió a la posición del grupo de Jisao, se divisaba a alguien más viniendo por el oeste: un buhonero tocado con un sombrero flexible que llevaba una mula de carga. Se dirigía directamente hacia la colina; los había visto.

Jisao rebulló y luego volvió a quedarse inmóvil cuando Gawyn le tocó el brazo. Gawyn sabía lo que el joven estaba pensando; pero, si los Aiel decidían matar a ese tipo, no había nada que ellos pudiesen hacer para impedirlo. A Coiren no le haría ninguna gracia que iniciase una batalla con la gente con la que estaba conversando.

El buhonero siguió caminando despacio, despreocupadamente, justo al lado del arbusto al que Gawyn había lanzado la piedra. La mula se puso a triscar desganadamente la marchita hierba mientras el hombre se quitaba el sombrero, esbozaba una reverencia que abarcaba a todos y empezaba a enjugarse el sudor del rostro con un mugriento pañuelo de cuello.

—Que la Luz os ilumine, mis señores. Vais bien preparados para viajar en estos tiempos peligrosos que corren, como cualquiera puede ver, pero si hay alguna cosilla que necesitáis lo más probable es que el viejo Mil Tesen la lleve en sus fardos. No encontraréis precios mejores en quince kilómetros a la redonda.

Gawyn dudaba que hubiese siquiera una granja en un radio de quince kilómetros.

—Unos tiempos peligrosos ciertamente, maese Tesen. ¿No tenéis miedo de los Aiel?

—¿Los Aiel, milord? Están todos en Cairhien. El viejo Mil huele a los Aiel, ya lo creo. En verdad le gustaría que hubiese algunos aquí. Se hacen buenos negocios con ellos. Tienen montones de oro. De Cairhien. Y no molestan a los buhoneros. Todo el mundo sabe eso.

Gawyn se abstuvo de preguntar por qué, si con los Aiel en Cairhien se hacían tan buenos negocios, el hombre no se dirigía hacia el sur.

—¿Qué nuevas hay del mundo, maese Tesen? Venimos del norte y vos quizá sepáis cosas que todavía no nos han llegado allí.

—Oh, grandes acontecimiento en el sur, milord. Supongo que estaréis enterados de lo de Cairhien, ¿no? Lo del fulano que se llama a sí mismo Dragón y todo lo demás. —Gawyn asintió y el hombre continuó—. Bueno, pues ahora ha tomado Andor. O gran parte, en cualquier caso. La reina ha muerto. Hay quien dice que se apoderará de todo el mundo antes de… —El hombre enmudeció y soltó un ahogado chillido antes de que Gawyn cayera en la cuenta de que había agarrado al tipo por las solapas.

—¿Que la reina Morgase ha muerto? ¡Hablad, hombre! ¡Deprisa!

Tasen giró los ojos buscando ayuda, pero habló, y rápidamente:

—Es lo que se cuenta, milord. El viejo Mil no lo sabe de seguro, pero creo que es verdad. Todo el mundo lo dice, milord. Todos dicen que lo hizo el Dragón. ¡Cuidado con el cuello del viejo Mil, milord! ¡Milord!