—Nada de amenazas, Graendal —replicó calmosamente. Ninguno de sus puntos débiles para presionarlo reaccionaban; nada parecía capaz de sacarlo de aquella divertida frialdad—. Hechos, simplemente. Al’Thor no me atacará a mí y yo no lo atacaré a él. Y, por supuesto, accedí a no ayudar a ninguno de los otros Elegidos si al’Thor los encuentra. Todo muy acorde con los mandatos del Gran Señor, ¿no te parece?
—Por supuesto. —Mantuvo el gesto relajado, pero la cornalina se había vuelto de un rosa más fuerte, perdiendo parte de su aspecto neblinoso. En parte, el color seguía siendo consecuencia de la furia. En todo aquel asunto había algo más, pero ¿cómo podía descubrirlo?
—Lo que significa —continuó él— que en el Día del Retorno muy probablemente seré yo el único que quede para enfrentarse a al’Thor.
—Dudo que sea capaz de matarnos a todos —contestó con acritud, pero también había acidez en su estómago. Demasiados Elegidos habían muerto ya. Sammael había encontrado un modo de quedarse aparte hasta el final; era la única explicación.
—¿De veras lo crees? ¿Ni siquiera si descubre dónde estáis todos vosotros? —La sonrisa se acentuó—. Estoy seguro de que Demandred está maquinando, pero ¿se ha ocultado? ¿Dónde se encuentra Semirhage? ¿Y Mesaana? ¿Y qué hay de Asmodean y Lanfear? ¿Y Moghedien?
Aquellos dedos gélidos volvieron a aparecer, a clavarse en su cráneo. Sammael no podía estar repantigado así y hablando de este modo —no se atrevería a sugerir lo que estaba sugiriendo— a no ser que…
—Asmodean y Lanfear han muerto, y estoy segura de que a Moghedien tiene que haberle pasado lo mismo. —Se sorprendió de oír su propia voz, ronca y temblorosa. El vino no pareció aliviar su garganta seca.
—¿Y los otros?
Sólo era una pregunta; en la voz de Sammael no había el menor dejo de insistencia. Aquello la estremeció.
—Te he contado todo lo que sé, Sammael.
—Que es lo mismo que nada. Cuando sea Nae’blis, elegiré quién estará un escalón más abajo que yo. Esa persona tendrá que estar viva para recibir el toque del Gran Señor.
—¿Estás diciendo que has estado en Shayol Ghul? ¿Que el Gran Señor te ha prometido…?
—Lo sabrás todo a su debido tiempo, y no antes. Pero acepta un pequeño consejo, Graendaclass="underline" decídete ahora. ¿Dónde están?
El cerebro de la Renegada estaba trabajando a marchas forzadas. Sammael tenía que haber recibido esa promesa. No podía ser de otro modo. Pero ¿por qué a él? No, no había tiempo para elucubraciones. El Gran Señor elegía a su voluntad. Y Sammael sabía, al menos, dónde se ocultaba ella. Podía huir de Arad Doman, establecerse en cualquier otra parte; no sería difícil. Renunciar a los jueguecillos que tenía allí e incluso a los más importantes que podría tener que abandonar sería una mínima pérdida comparado con la posibilidad de que al’Thor —o Lews Therin— fuera por ella. No tenía la más remota intención de enfrentarse directamente a él; si Ishamael y Rahvin habían caído ante él, no estaba dispuesta a poner a prueba la fuerza de su rival, al menos de frente. Sammael tenía que haber recibido esa promesa. Si muriese ahora… A buen seguro estaba asiendo el saidin —tendría que estar loco para decir las cosas que había dicho sin estar conectado al Poder— y percibiría el momento en que ella abrazara el saidar. Entonces sería ella la que moriría. Tenía que haber recibido la promesa.
—Yo… No sé dónde están Demandred ni Semirhage. Mesaana… Mesaana se encuentra en la Torre Blanca. Eso es todo lo que sé. Lo juro.
La opresión que sentía en el pecho desapareció cuando Sammael asintió finalmente.
—Encontrarás a los demás y me informarás. —No era una pregunta—. A todos ellos, Graendal. Si quieres que crea que cualquiera de ellos está muerto, muéstrame un cadáver.
La Renegada deseaba con todas sus fuerzas tener valor para convertirlo a él en un cadáver. El vestido pasó de distintas tonalidades violetas al rojo, reflejando la cólera, el miedo y la vergüenza que la asaltaron incontrolablemente. Muy bien, que pensara que estaba acobardada. Si le entregaba Mesaana a al’Thor, si se los ponía a todos en bandeja a al’Thor, que así fuera, siempre y cuando mantuviera a al’Thor lejos de su propia garganta.
—Lo intentaré.
—Haz algo más que intentarlo, Graendal. Algo más.
Sólo cuando la Renegada se hubo marchado y el acceso al palacio en Arad Doman se cerró, Sammael dejó que la sonrisa se borrara de su rostro. Le dolían los músculos de mantener ese gesto forzado. Graendal pensaba demasiado; estaba tan acostumbrada a hacer que otros actuaran para ella que había olvidado actuar para sí misma. El Renegado se preguntó qué diría si alguna vez descubriese que la había manipulado tan hábilmente como ella había hecho con tantos necios en sus tiempos. Apostaría cualquier cosa a que en ningún momento había sospechado su verdadero propósito. Bien, así que Mesaana estaba en la Torre Blanca. Mesaana en la Torre y Graendal en Arad Doman. Si Graendal hubiese podido verle la cara en ese momento, entonces sí que habría sabido lo que era el miedo. Ocurriera lo que ocurriese, Sammael se proponía ser el único que quedara vivo en el Día del Retorno, ser nombrado Nae’blis y desafiar al Dragón Renacido.
24
La delegación
Egwene dio la espalda a los músicos que tocaban en una esquina —una mujer sudorosa que soplaba una flauta larga y un hombre con el rostro enrojecido que tañía una vihuela de nueve cuerdas— y se abrió paso entre la multitud sintiéndose de buen humor. El sol se hallaba alto en el cielo, como oro fundido, y los adoquines estaban lo bastante calientes para quemarle los pies a través de las suelas de sus flexibles botas. El sudor le goteaba por la nariz, el chal parecía una manta a pesar de llevarlo suelto en el doblez de los brazos, y había suficiente polvo en el aire para hacerle sentir ganas de bañarse; pero, aun así, sonreía. Algunas personas la miraban con recelo cuando creían que no las veía, cosa que casi la hacía reír. Así era como miraban a los Aiel. La gente veía lo que esperaba ver, y lo que veía era una mujer con ropas Aiel, sin fijarse en el color de sus ojos o en su estatura.
Los vendedores ambulantes y los buhoneros pregonaban sus mercancías, rivalizando con los gritos de carniceros y fabricantes de velas, con el martilleo y el repiqueteo de los talleres de orfebres y alfareros, con el chirrido de ejes de rueda sin engrasar. Carreteros deslenguados y hombres que conducían a pie carretas de bueyes se disputaban el paso por la calle con las sillas de mano lacadas en oscuro y los sobrios carruajes que lucían emblemas de casas en las puertas. Había músicos por doquier, además de acróbatas y malabaristas. Un puñado de pálidas mujeres vestidas con trajes de montar y que portaban espadas pasaron con aire arrogante imitando lo que suponían era el comportamiento de los hombres, riendo con excesiva estridencia y abriéndose paso a empujones de un modo que habría dado pie a una docena de peleas si hubiesen sido varones. El martillo de un herrero repicaba contra el yunque. En general flotaba en el aire un zumbido de ajetreo y bullicio, el sonido de una ciudad que la joven casi había olvidado al convivir con los Aiel. Quizá lo había echado de menos.
Entonces se echó a reír, en mitad de la calle. La primera vez que había escuchado el ruido de una ciudad le había producido un gran aturdimiento. En ocasiones tenía la sensación de que aquella muchacha con los ojos abiertos como platos había sido otra persona.
Una mujer que se abría paso entre la muchedumbre con su yegua castaña se giró para mirarla con curiosidad. El animal llevaba campanillas de plata trenzadas en las lustrosas crines y larga cola, y la amazona también lucía campanillas en el oscuro cabello, que le llegaba a la mitad de la espalda. Era bonita y no debía de ser mucho mayor que Egwene, pero su semblante traslucía dureza; su mirada era cortante, y como poco llevaba seis cuchillos en el cinturón, uno de ellos casi tan grande como los de los Aiel. Una cazadora del Cuerno, a buen seguro.