Tras echar una última ojeada al grupo que se alejaba, se recogió los vuelos de la falda y echó a correr entre el gentío, sorteando a unos y a otros, a veces chocando con los transeúntes o cruzando delante de los animales que tiraban de carretas o carruajes. A su paso iba dejando una estela de gritos furiosos. Cuando finalmente salió por una de las grandes puertas cuadradas de la ciudad, el aire caliente la azotó de lleno en la cara. Sin el obstáculo de los edificios, el viento arrastraba nubes de polvo que la hicieron toser, pero la joven siguió corriendo todo el trecho hasta las tiendas de las Sabias.
Para su sorpresa, ante la entrada de la tienda de Amys había una yegua gris ensillada y embridada, al cuidado de un gai’shain que mantenía los ojos bajos excepto cuando palmeaba al brioso animal. Egwene se agachó y entró en la tienda, donde encontró a la amazona, Berelain, tomando té con Amys, Bair y Sorilea, todas ellas recostadas en cojines de vivos colores y rematados con borlas. Una mujer con ropas blancas, Rodera, se encontraba arrodillada a un lado, esperando sumisamente a rellenar las tazas.
—Hay Aes Sedai en la ciudad —anunció Egwene tan pronto como hubo entrado—, y se dirigen al Palacio del Sol. Debe de ser la delegación enviada por Elaida para Rand.
Berelain se incorporó grácilmente; Egwene tuvo que admitir, aunque a regañadientes, que la mujer poseía donaire. Y su traje de montar tenía una hechura decente, ya que ni siquiera ella era tan necia como para cabalgar bajo el ardiente sol con sus atuendos habituales. Las otras se levantaron al mismo tiempo.
—Por lo visto he de regresar a palacio —suspiró—. Sólo la Luz sabe cómo se tomarán el que no haya nadie allí para recibirlas. Amys, si sabéis dónde está Rhuarc, ¿seríais tan amable de mandarle un mensaje para que se reúna conmigo?
Amys asintió, pero Sorilea manifestó:
—No debes depender tanto de Rhuarc, muchacha. Rand al’Thor puso Cairhien en tus manos. Dale un dedo a cualquier hombre y te habrá cogido la mano antes de que te quieras dar cuenta de lo que pasa. Dale un dedo a un jefe de clan, y te cogerá el brazo entero.
—Eso es cierto —convino Amys—. Rhuarc es la sombra de mi corazón, pero lo que dice Sorilea es verdad.
Berelain sacó unos finos guantes de montar que llevaba metidos debajo del cinturón y empezó a ponérselos.
—Me recuerda a mi padre. Demasiado, a veces. —Un gesto compungido asomó fugazmente al rostro de la mayeniense—. Pero sabe dar buenos consejos. Y también cuándo y hasta qué punto plantarse con aire imponente. Creo que hasta unas Aes Sedai se impresionarán si Rhuarc las mira fijamente.
Amys rió entre dientes.
—Resulta imponente cuando quiere, sí. Te lo enviaré. —Besó levemente a Berelain en la frente y las mejillas.
Egwene se quedó boquiabierta; así era como una madre Aiel besaba a su hijo o a su hija. ¿Qué se estaba cociendo entre Berelain y las Sabias? No podía preguntarlo, naturalmente. Una pregunta así representaba una vergüenza para ella y para las Sabias. También para Berelain, aunque la Principal no lo sabría, aparte de que a Egwene no le importaría avergonzar a esa mujer hasta que se le cayera el pelo.
Cuando la mayeniense se volvía para salir de la tienda, Egwene puso una mano sobre su brazo.
—Hay que tratarlas con sumo cuidado. No se mostrarán amistosas hacia Rand, pero unas palabras equivocadas, un movimiento en falso, podrían ponerlas en contra de él abiertamente. —Tal cosa no podía ser más cierta, pero no era lo que realmente habría querido decir. Antes se arrancaría la lengua que pedirle un favor a Berelain.
—He tratado con Aes Sedai antes, Egwene Sedai —replicó secamente la Principal.
Egwene consiguió refrenar un profundo suspiro. Había que hacerlo, pero no dejaría que esta mujer viera lo difícil que era.
—Las intenciones de Elaida respecto a Rand no son mejores que las que tendría una comadreja hacia una gallina, y estas Aes Sedai están a sus órdenes. Si se enteran de que hay una Aes Sedai de parte de Rand, aquí, donde la tendrían a su alcance, esa mujer podría desaparecer a no tardar.
La joven enmudeció, incapaz de añadir nada más ante la expresión indescifrable de la mayeniense. Al cabo de unos segundos muy largos, Berelain sonrió.
—Egwene Sedai, haré todo cuanto esté en mi mano por Rand —manifestó. La sonrisa y el tono de su voz eran… insinuantes.
—Muchacha —reconvino Sorilea con un timbre cortante y, quién lo hubiese dicho, el rubor tiñó los pómulos de Berelain.
—Agradecería que no se lo contaseis a Rhuarc —manifestó la Principal en un estudiado tono indiferente, evitando mirar a Egwene. En realidad no miraba a nadie, pero procuraba hacer caso omiso de la presencia de la joven.
—No lo haremos —fue la pronta respuesta de Amys, que se adelantó a Sorilea—. No lo haremos.
La reiteración iba dirigida a la anciana Sabia y en ella había una mezcla de firmeza y súplica. Finalmente, Sorilea asintió, aunque un tanto a regañadientes. De hecho, Berelain suspiró con alivio antes de agacharse para salir de la tienda.
—La muchacha tiene carácter —rió Sorilea tan pronto como la Principal se hubo marchado. Volvió a reclinarse en los cojines y dio unas palmaditas al que había a su lado, indicando a Egwene que se sentara allí—. Deberíamos encontrarle el marido adecuado, un hombre que esté a su altura. Si es que existe alguien así entre los varones de las tierras húmedas.
Mientras se limpiaba la cara y las manos con el paño húmedo que le alcanzó Rodera, Egwene se preguntó si aquello bastaría para dar pie a preguntar por Berelain sin incurrir en la indiscreción. Aceptó una taza de té de porcelana de los Marinos y se acomodó en el círculo de las Sabias. Si alguna de las otras respondía a Sorilea, sería suficiente.
—¿Estás segura de que estas Aes Sedai quieren perjudicar al Car’a’carn? — preguntó, en cambio, Amys.
Egwene se puso colorada. ¡Mira que estar pensando en chismorreos cuando había cosas tan importantes de las que ocuparse!
—Sí —se apresuró a responder, y luego añadió más despacio—: Al menos… No tengo pruebas de que quieran hacerle daño, exactamente. Por lo menos de manera intencionada. —La misiva de Elaida hablaba de todo «el honor y el respeto» por él merecidos. ¿Cuánto era lo que una antigua Roja consideraba que se merecía un varón capaz de encauzar?—. Pero de lo que no me cabe duda es de que intentarán controlarlo de algún modo, forzarlo a hacer lo que Elaida quiere. No son amigas suyas. —¿Hasta qué punto lo eran las Aes Sedai de Salidar? Luz, necesitaba hablar con Nynaeve y Elayne—. Y no les importará ni poco ni mucho que sea el Car’a’carn.
Al oír esto, Sorilea gruñó con acritud.
—¿Crees que tratarán de hacerte daño a ti? —preguntó Bair, a lo que Egwene asintió con la cabeza.
—Si descubren que estoy aquí… —La joven intentó disimular un escalofrío tomando un sorbo del té de menta. Ya fuera para tener algo con lo que presionar a Rand o simplemente por ser una Aceptada sin la supervisión de una hermana, harían todo lo posible para llevarla a rastras de vuelta a la Torre—. No me dejarán libre si pueden evitarlo. Y Elaida no querrá que Rand siga los consejos de nadie salvo los de ella.
Bair y Amys intercambiaron una mirada sombría.
—Entonces, la cosa es simple. —Sorilea habló como si todo estuviese decidido—. Te quedarás en las tiendas y así no te verán. De todos modos, las Sabias evitan a las Aes Sedai. Si te quedas con nosotras unos cuantos años, acabaremos haciendo de ti una buena Sabia.
Egwene estuvo a punto de dejar caer la taza.
—Me siento halagada —respondió con cuidado—, pero, antes o después, tendré que irme.
Sorilea no parecía muy convencida. Egwene había aprendido a componérselas con Amys y Bair, hasta cierto punto, pero Sorilea…
—No será pronto, a mi modo de ver —le dijo Bair, aunque con una sonrisa para quitar hierro a sus palabras—. Todavía te queda mucho que aprender.