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—Tendríamos que haber ido a Ghealdan, Morgase. A Jehannah.

Había permitido que ciertas cosas se prolongaran demasiado tiempo. Su falda hizo frufrú al girarse bruscamente para mirarlo a la cara, echando chispas por los ojos.

—Durante el viaje era necesaria la discreción, pero los que están a nuestro alrededor ahora saben quién soy. Es algo que deberás tener presente y mostrarás el debido respeto a tu reina. ¡De rodillas!

Él no se movió, para pasmo de Morgase.

—¿Sois mi reina, Morgase? —Al menos bajó la voz para que el sirviente no pudiese escuchar y chismorrear después, pero sus ojos… Casi reculó al advertir el descarnado deseo que traslucían. Y la cólera—. No os abandonaré a este lado de la muerte, Morgase, pero vos abandonasteis mucho cuando dejasteis Andor en manos de Gaebril. Cuando volváis a recuperarlo me arrodillaré a vuestros pies y podréis arrancarme la cabeza a puntapiés si así lo queréis, pero hasta entonces… Deberíamos haber ido a Ghealdan.

El necio joven habría dado gustoso la vida luchando contra el usurpador incluso después de descubrir que ninguna casa de Andor la apoyaba, y día a día, semana a semana desde que ella había tomado la decisión de buscar ayuda en otro país, se había ido volviendo más insolente e insubordinado. Podría pedirle a Ailron la cabeza de Tallanvor y recibirla sin que el rey le hiciese una sola pregunta. Sin embargo, el que no se las hiciera no significaba que no las pensara. Realmente era una mendiga allí, y no podía permitirse el lujo de pedir un solo favor más que los absolutamente imprescindibles. Además, sin Tallanvor no se encontraría allí. Sería una prisionera —o algo peor— de lord Gaebril. Tales eran las únicas razones de que Tallanvor conservara la cabeza sobre los hombros.

Su «ejército» guardaba las puertas talladas de sus aposentos. Basel Gill era un hombre de mejillas sonrosadas, con el canoso cabello peinado hacia atrás en un fútil intento de tapar la calva. Su coselete de cuero, reforzado con láminas de acero, se ceñía excesivamente sobre su oronda cintura, y llevaba una espada que no había tocado en veinte años antes de que se la colgara del cinturón para seguirla. Lamgwin era corpulento y duro, aunque los gruesos párpados le daban aspecto de estar medio dormido. También portaba una espada, pero las cicatrices de su rostro y la nariz rota en más de un sitio dejaban muy claro que estaba acostumbrado a utilizar los puños o un garrote. Un posadero y un camorrista; aparte de Tallanvor, ése era todo el ejército que tenía hasta ahora para recobrar Andor y su trono de las garras de Gaebril.

Los dos hombres hicieron una torpe reverencia, pero ella pasó rápidamente entre ambos y cerró la puerta en las narices de Tallanvor.

—El mundo sería un lugar mucho mejor sin hombres —manifestó con un gruñido.

—Y, ciertamente, un lugar más vacío —dijo la vieja niñera de Morgase desde la silla colocada junto a la ventana de la antesala. Con la cabeza inclinada sobre el bastidor de bordar, el moño gris de Lini se movió levemente. Delgada como un junco, la anciana no era, ni por asomo, tan débil como aparentaba—. Deduzco que Ailron tampoco estuvo hoy más accesible, ¿me equivoco? ¿O se trata de Tallanvor, pequeña? Tienes que aprender a no dejar que los hombres te alteren. Enrabietarse hace que salgan manchas en la cara.

Lini todavía no aceptaba que Morgase ya no estaba en el cuarto de niños, a pesar de haber sido niñera de su hija.

—Ailron estuvo encantador —repuso cuidadosamente Morgase. La tercera mujer que había en la estancia, puesta de rodillas mientras sacaba sábanas dobladas de un arcón, resopló de manera audible, y sólo con un gran esfuerzo de voluntad evitó Morgase lanzarle una mirada furibunda. Breane era la… compañera de Lamgwin. La mujer baja, con la piel tostada por el sol, iba a donde iba él, pero era cairhienina y Morgase no era su reina, cosa que dejaba bien clara—. Un día o dos más —continuó Morgase—, y creo que obtendré un compromiso por su parte. Por fin hoy se ha mostrado de acuerdo en que necesito tropas del exterior para recobrar Caemlyn. Una vez que Gaebril haya sido expulsado de la capital, los nobles volverán a ponerse bajo mi mando. —Confiaba en que lo hicieran; estaba en Amadicia porque se había dejado cegar por Gaebril y había maltratado a sus mejores y más viejas amigas entre todas las casas por orden de él.

—«Un caballo lento no siempre llega al final del viaje» —recitó Lini, todavía enfrascada en el bordado. Le encantaban los viejos refranes, algunos de los cuales Morgase sospechaba que se los inventaba sobre la marcha.

—Éste llegará —insistió Morgase. Tallanvor estaba equivocado respecto a Ghealdan; según Ailron, ese país estaba casi sumido en la anarquía a causa de ese Profeta sobre el que los sirvientes hablaban en voz baja, un tipo que predicaba el renacimiento del Dragón—. Me gustaría tomar un poco de ponche, Breane. —La otra mujer se limitó a mirarla hasta que Morgase añadió—: Por favor.

Incluso entonces, Breane se puso a servir la copa con gesto rígido y malhumorado. La mezcla de vino y zumo de frutas tenía hielo y era refrescante con ese calor; la copa de plata le proporcionó una agradable sensación al ponérsela contra la frente. Ailron se hacía llevar hielo y nieve desde las Montañas de la Niebla, aunque era preciso un tráfico de carretas casi ininterrumpido para satisfacer las demandas de palacio. Lini también cogió una copa.

—Respecto a Tallanvor… —empezó, tras dar un sorbo.

—¡Déjalo ya, Lini! —espetó Morgase.

—¿Y qué, si es más joven que vos? —intervino Breane. Se había servido también un ponche. ¡Descarada mujer! Se suponía que era una sirvienta, fuera lo que hubiese sido en Cairhien—. Si lo queréis, tomadlo. Lamgwin dice que os juró lealtad, y he advertido el modo en que os mira. —Soltó una risa ronca—. No rehusará.

El comportamiento de los cairhieninos era vergonzoso, pero al menos la mayoría de ellos no aireaban sus costumbres libertinas. Morgase estaba a punto de ordenarle que saliese de la habitación, cuando sonó una llamada en la puerta. Sin aguardar a que diera permiso, un hombre de cabello blanco, todo él fibra y huesos, entró. La nívea capa llevaba el emblema de un sol llameante en la pechera. Morgase había confiado en eludir a los Capas Blancas hasta que hubiese logrado un acuerdo firme estampado con el sello de Ailron. De repente, la frialdad del vino pareció llegarle a los huesos. ¿Dónde estaban Tallanvor y los demás para que este hombre hubiese entrado sin trabas?

Con los oscuros ojos fijos en ella, el Capa Blanca hizo un mínimo gesto remedando una reverencia. Su rostro estaba envejecido, con la piel tirante sobre los huesos, pero reflejaba tanta debilidad como una maza de guerra.

—¿Morgase de Andor? —inquirió en una voz profunda—. Soy Pedron Niall. —No era un Capa Blanca cualquiera, sino nada menos que el mismísimo capitán general de los Hijos de la Luz en persona—. No temáis, no he venido con la intención de arrestaros.

Morgase adoptó una postura erguida.

—¿Arrestarme? ¿Con qué cargos? No puedo encauzar. —No bien acababa de hablar cuando casi se mordió la lengua de pura rabia. No debería haber mencionado la palabra «encauzar»; que se hubiese puesto a la defensiva era señal de lo aturdida que estaba. Lo que había dicho era cierto, considerando los resultados. Cincuenta intentos para percibir la Fuente Verdadera en una sola ocasión, y, cuando la tocó, otras veinte intentonas para abrirse al saidar a fin de absorber un insignificante hilillo, una vez. Una hermana Marrón llamada Verin le dijo que no era necesario que la Torre la retuviese hasta que aprendiera a manejar con seguridad su mínima habilidad. Ni que decir tiene que la Torre lo hizo de todas formas. Aun así, incluso esa ínfima capacidad era ilegal en Amadicia, y la pena impuesta por ello era la muerte. El anillo de la Gran Serpiente que lucía en el dedo y que fascinaba tanto a Ailron, ahora parecía estar lo bastante caliente para brillar.