Se recogió los vuelos de la falda, cruzó la habitación rodeando el cadáver como si fuese un bulto de ropas y salió.
Dejándolo en una estancia menos luminosa por alguna razón; solo con un hombre muerto. No podía ser más apropiado. Cuando los gai’shain entraron para llevarse al Hombre Gris encontraron a Rand riendo suavemente.
Padan Fain estaba sentado con los pies recostados sobre un escabel, contemplando la belleza de la radiante luz de un nuevo amanecer reflejada en la curva hoja de su daga, a la que daba vueltas una y otra vez en sus manos. Llevarla en el cinturón no bastaba; de tanto en tanto tenía que cogerla. El enorme rubí engastado en el pomo irradiaba un sutil brillo de malevolencia. La daga era parte de él; o él de ella. La daga era parte de Aridhol, a la que los hombres llamaban Shadar Logoth; claro que también él era parte de Aridhol. O ésta era parte de él. Estaba muy loco y lo sabía, pero no le importaba. La luz del sol brilló en el acero, un acero ahora aun más mortífero que cualquiera de los fabricados en Thakandar.
Un susurro atrajo su atención y miró hacia el fondo de la habitación, donde el Myrddraal aguardaba a su disposición. El Fado no hizo intención de buscar su mirada; Fain le había quitado las ganas de hacerlo tiempo atrás.
Fain procuró sumirse de nuevo en la contemplación de la cuchilla, de la perfecta belleza de la muerte perfecta, de la belleza de lo que Aridhol había sido y volvería a ser, pero el Myrddraal había conseguido romper su concentración. La había echado a perder. Faltó poco para que Fain se acercase a él y lo matara. Los Semihombres tardaban mucho tiempo en morir; ¿cuánto tardaría si utilizaba la daga? Como si percibiera sus pensamientos, el ser volvió a moverse ligeramente. No, todavía podía serle útil.
De todos modos, le costaba mucho trabajo concentrarse en algo durante largo rato. Salvo, naturalmente, en Rand al’Thor. A tan corta distancia, podía sentirlo, señalar la dirección en la que estaba. Al’Thor tiraba de él, tiraba hasta resultar doloroso. Últimamente había una diferencia que había surgido de repente, casi como si otra persona hubiese tomado posesión parcial y súbitamente de al’Thor y, al hacerlo, había reducido una parte de la propia posesión de Fain. Bah, qué más daba. Al’Thor le pertenecía a él.
Quería percibir el dolor de al’Thor; a buen seguro ya le había infligido un poco al menos. Hasta ahora simples pinchazos, pero muchos pinchazos acabarían desangrándolo. Los Capas Blancas presentaban una decidida e inflexible oposición al «Dragón Renacido». Los labios de Fain se atirantaron en una mueca burlona. No era probable que Niall hubiese apoyado jamás a al’Thor más de lo que lo haría Elaida, pero era mejor no dar nada por sentado con el maldito Rand al’Thor. En fin, había dado un buen repaso a esos dos con lo que había traído de Aridhol; puede que confiaran en su propia madre, pero ahora jamás lo harían en Rand al’Thor.
La puerta se abrió bruscamente, y el pequeño Perwyn Belman irrumpió en el cuarto perseguido por su madre. Nan Belman era una mujer atractiva aunque en la actualidad Fain rara vez reparaba en si una fémina lo era o no. Nan era una Amiga Siniestra que creía que sus juramentos se reducían a tener escarceos con la perversidad hasta que Padan Fain apareció en el umbral de su puerta. Pensaba que también él era Amigo Siniestro, uno de alto rango en los consejos. Fain, ni que decir tiene, había superado tal cosa con creces; podría darse por muerto en el momento en que uno de los Elegidos le pusiera las manos encima. La idea lo hizo reír entre dientes.
Perwyn y su madre dieron un respingo al advertir la presencia del Myrddraal, naturalmente, pero el chico se recuperó antes y llegó ante Fain antes de que la mujer hubiese recobrado el aliento.
—Maese Mordeth, maese Mordeth —gritó el chiquillo, brincando en uno y otro pie alternativamente; llevaba una chaqueta roja y blanca—. Tengo noticias para vos.
Mordeth. ¿Había utilizado ese nombre? En ocasiones no recordaba qué nombre daba ni cuál era el suyo. Se guardó la daga debajo de la chaqueta y esbozó una cálida sonrisa.
—Vaya, ¿y qué noticias son ésas, jovencito?
—Alguien intentó matar al Dragón Renacido esta mañana. Un hombre. Ahora está muerto. Se coló entre todos los Aiel sin que lo vieran y entró en los aposentos del señor Dragón.
Fain notó que su sonrisa daba paso a una mueca desagradable. ¿Que habían intentado matar a al’Thor? ¡al’Thor era suyo! ¡al’Thor moriría a sus manos y a las de nadie más! Un momento. ¿Que el asesino había pasado entre los Aiel sin que lo vieran y había entrado en los aposentos de al’Thor?
—¡Un Hombre Gris! —No reconoció su voz en aquel chirrido rasposo. Decir Hombres Grises era decir Elegidos. ¿Es que nunca iba a librarse de sus injerencias?
Tenía que descargar aquella inmensa rabia o reventaría. Casi como por casualidad pasó la mano por el rostro de chiquillo. Los ojos del pequeño se desorbitaron y sus dientes castañetearon por los temblores tan fuertes que sacudieron su cuerpo.
Fain no comprendía en realidad los trucos que hacía. Un poco del Oscuro, tal vez, un poco de Aridhol. Había ocurrido después de estar allí, después de que dejó de ser simplemente Padan Fain, cuando esta habilidad empezó a manifestarse, poco a poco. Lo único que sabía era que ahora podía realizar ciertas cosas siempre y cuando tocara aquello en lo que quería que surtiera efecto.
Nan cayó de hinojos junto al sillón y aferró la chaqueta del hombre con los dedos crispados.
—¡Piedad, maese Mordeth! —jadeó—. Por favor, tened compasión. No es más que un chiquillo. ¡Sólo es un niño!
Durante un momento Fain la observó con curiosidad, la cabeza ladeada. Era una mujer bastante bonita, en verdad. Plantó un pie en el pecho de Nan y la empujó para incorporarse del sillón. El Myrddraal, echando ojeadas furtivas, giró bruscamente su rostro sin ojos cuando advirtió que Fain lo estaba mirando. También él recordaba sus… trucos.
Fain se puso a pasear; tenía que moverse. La caída de al’Thor tenía que ser obra suya —¡suya!— no de los Elegidos. ¿Cómo podía hacer daño a ese hombre, pero que le doliera de verdad? Estaban esas chicas charlatanas, en El Sabueso de Culain; pero, si al’Thor no había acudido cuando estaban destrozando Dos Ríos, ¿por qué iba a importarle si él quemaba la posada hasta los cimientos y a las mocosas con ella? ¿Qué efectivos tenía para actuar? Sólo quedaban unos pocos de los que habían sido sus Hijos de la Luz. La emboscada en la calle no había sido más que una prueba, realmente —¡habría hecho que el hombre que hubiese conseguido matar a Rand al’Thor le suplicara que lo desollara vivo!—, pero le había costado muchos hombres. Tenía al Myrddraal, un puñado de trollocs ocultos fuera de la ciudad, unos cuantos Amigos Siniestros reunidos en Caemlyn y en su camino desde Tar Valon, de donde salió arrastrado por el tirón de al’Thor. Le ocurría algo realmente curioso con los Amigos Siniestros. No tendría que haber ningún detalle que los identificase como tal, pero últimamente había descubierto que los distinguía con sólo mirarlos, incluso alguien que únicamente hubiese pensado jurar fidelidad a la Sombra, como si llevasen una mancha de hollín en la frente.
¡No! Tenía que concentrarse. ¡Concentrarse! Despejar su mente. Sus ojos cayeron sobre la mujer, que gimoteaba y acariciaba a su balbuciente mocoso mientras le hablaba en voz queda, como si eso sirviese de algo. Fain no tenía idea de cómo interrumpir uno de sus trucos una vez puesto en marcha; el chico sobreviviría, bien que le quedarían secuelas insignificantes, una vez que la cosa llegara a su término. Fain no había puesto mucho entusiasmo en hacerlo. Aclarar la mente. Pensar en otra cosa. Una mujer bonita. ¿Cuánto hacía que no había estado con una mujer?
Sonriendo, agarró a Nan por el brazo; tuvo que separarla a la fuerza del estúpido chico.
—Ven conmigo. —Su voz sonaba diferente, más distinguida, sin el menor rastro del acento lugardeño, pero él no se dio cuenta; nunca lo notaba—. Estoy seguro de que, al menos, sabes cómo demostrar verdadero respeto. Si me complaces, no sufrirás ningún daño.