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—Thom. —Esta vez puso mucha más firmeza en la voz.

Juilin se movía con nerviosismo poniendo el peso ora en un pie ora en otro y su expresión evidenciaba que habría querido estar en cualquier otra parte.

—Bien, si quieres saberlo, allá va. Todo el mundo en Amadicia cree que tu madre se encuentra en la Fortaleza de la Luz y que va a dirigir un ejército de Capas Blancas de vuelta a Andor.

Elayne sacudió la cabeza mientras reía suavemente.

—Oh, Thom, ¿de verdad pensabas que algo así iba a preocuparme? Madre jamás acudiría a los Capas Blancas. Casi desearía que lo hubiese hecho, porque significaría que estaba viva, aunque con ello iría en contra de todo lo que me enseñó. ¡Llevar soldados extranjeros a Andor y nada menos que Capas Blancas! Sí, casi desearía que lo hubiese hecho. Pero, ya se sabe: «Si los deseos fuesen alas…» —Su sonrisa traslucía tristeza, pero era una tristeza amortiguada—. Ya he llorado mi pérdida, Thom. Madre está muerta y he de hacer cuanto esté en mi mano para ser digna de ella. Nunca habría prestado oídos a rumores ridículos ni tampoco habría llorado por ellos.

—Pequeña —musitó torpemente.

Nynaeve se preguntó qué sentía él, si es que sentía algo, respecto a la muerte de Morgase. Por increíble que pudiera parecer, Thom había sido el amante de Morgase en otros tiempos, cuando la reina era joven y Elayne poco más que un bebé. Por aquel entonces el juglar no debía de tener ese aspecto de haber estado puesto al sol para secarse. Nynaeve no sabía cómo o por qué había terminado esa relación, aparte de que Thom había tenido que escabullirse de Caemlyn con una orden de arresto pisándole los talones. No era precisamente la clase de historia de amor que aparece en los relatos. En este momento, ciertamente el juglar parecía preocupado sólo por si Elayne estaba diciendo la verdad o es que disimulaba su pena, en tanto le daba palmaditas en el hombro y le acariciaba el cabello. Si Nynaeve no hubiese deseado que alguna vez se gritaran el uno al otro como la gente normal, le habría parecido una escena tierna. Un carraspeo le puso fin.

—Maese Merrilin, maese Sandar, Sheriam Sedai dice que las Asentadas os recibirán ahora —anunció Tabitha mientras extendía los vuelos de su falda blanca al hacer una rápida reverencia—. Dice que se suponía que no debíais abandonar la Torre Chica.

—Vaya, con que la Torre Chica, ¿no? —repitió secamente Thom al tiempo que volvía la vista hacia la antigua posada—. Elayne, no pueden retenernos indefinidamente. Cuando hayamos acabado, tú y yo discutiremos… lo que quieras.

El juglar hizo un ademán a Tabitha para que se pusiera a la cabeza y regresó al interior del edificio cojeando visiblemente, como le ocurría cuando estaba cansado. Juilin cuadró los hombros y fue en pos de él como si se encaminase a la horca; después de todo, era teariano. Nynaeve y Elayne se quedaron allí sin mirarse la una a la otra.

—No pretendía… —empezó finalmente Nynaeve.

—No debí… —dijo al mismo tiempo Elayne.

Las dos enmudecieron a la par y transcurrieron unos segundos mientras se toqueteaban las faldas y se secaban las caras.

—Hace mucho calor para quedarse aquí plantadas —declaró al cabo Nynaeve.

No parecía probable que las Asentadas que estaban escuchando el informe de Siuan y Leane hiciesen un alto para recibir a Thom y a Juilin. Estas tareas solían repartírselas entre ellas. Por tanto, sólo quedaba Logain, aunque Nynaeve habría deseado que no fuera así. No sacaría nada en claro con él, pero eso era mejor que estar mano sobre mano hasta que una docena de Aes Sedai se le echaran encima con una lista interminable de tareas.

Suspiró y echó a andar calle abajo. Elayne la acompañó como si la hubiese invitado a hacerlo. Ello le sirvió a Nynaeve para encontrar la rabia que iba a necesitar. De repente advirtió que Elayne no llevaba nada puesto en las muñecas.

—¿Dónde está el brazalete? —preguntó quedamente. Nadie comprendería a qué se refería si la oía por casualidad, pero cuando se olvidaba la precaución una vez, después podía olvidarse por costumbre—. ¿Dónde está Marigan?

—Llevo el brazalete en mi bolsita, Nynaeve. —Elayne se apartó para que pasara un carromato de ruedas altas y después volvió a ponerse junto a la antigua Zahorí—. Marigan está lavando nuestra ropa, con otras veinte mujeres a su alrededor. Y gimiendo cada vez que se mueve. Dijo algo que no creyó que Birgitte pudiera oír, pero… No tuve más remedio que quitármelo, Nynaeve. Birgitte tenía todo el derecho y la verdad es que dolía. Le dije a Marigan que contase que se había caído por una escalera.

Nynaeve aspiró ruidosamente por la nariz, pero con falta de ganas. No había llevado mucho el brazalete últimamente y no porque no pudiera presentar como un descubrimiento suyo cualquier cosa que sacara a Moghedien. Estaba convencida de que la Renegada sabía algo sobre la Curación aunque no fuera consciente de ello —nadie podía estar tan ciego— y no había que olvidar lo del truco de detectar que un hombre estaba encauzando y que Moghedien insistía en que casi lo habían cogido. Lo cierto era que temía llegar a actuar con más dureza aun que Birgitte si estaba en contacto con la mujer más de lo absolutamente necesario. Tal vez se debía al modo en que la satisfacción parecía subyacer en todo, hasta cuando Moghedien gemía por la dolorosa reacción de Nynaeve en su intento de dominar esa detección. Quizá se debía a recordar lo asustada que se había sentido al encontrarse sola con la mujer y sin el brazalete. O puede que fuera el creciente desagrado de estar impidiendo que una Renegada recibiese su merecido. Acaso era un poco de todo eso. Lo que sí sabía era que ahora se ponía el brazalete a la fuerza y que cada vez que le veía la cara a Moghedien le entraban ganas de darle de puñetazos.

—No debí reírme —dijo Elayne—. Lo lamento.

Nynaeve se paró en seco, tan bruscamente que un jinete tuvo que tirar de las riendas para no arrollarla con su montura. El hombre gritó algo antes de perderse entre la multitud, pero la conmoción de Nynaeve impidió que escuchara las palabras. No era por la disculpa de Elayne, sino por lo que tenía que decir. Lo que debía decir. La verdad.

Incapaz de mirar a la joven, echó a andar otra vez.

—Tenías derecho a reírte. Yo… —Tragó saliva con esfuerzo—. Hice el más completo ridículo. —Y era cierto. Unos pocos sorbos, había dicho Theodrin; una copa. Y había vaciado la jarra. Si iba a fracasar, más valía tener otra razón y no la verdadera: que no podía hacerlo—. Deberías haber mandado traer ese cubo de agua y meterme en él la cabeza hasta que hubiese sido capaz de recitar La Gran Cacería del Cuerno sin cometer un error.

Se arriesgó a mirar de reojo a Elayne. Unas pequeñas manchas rojas teñían los pómulos de la joven. De modo que sí había mencionado un cubo de agua.

—Podría ocurrirle a cualquiera —fue su escueta respuesta.

Nynaeve sintió que sus mejillas enrojecían. Cuando a Elayne le había pasado lo mismo, ella había hecho desaparecer los efectos del vino sumergiéndole la cabeza en agua una y otra vez.

—Tendrías que haber hecho lo que… lo que hubieses creído necesario para que se me pasara la borrachera.

Era la conversación más extraña que Nynaeve podía recordar; ella insistiendo en que había sido una completa idiota y que se merecía todo lo que resultara de ello, en tanto que Elayne buscaba excusa tras excusa para justificarla. La antigua Zahorí no entendía por qué se sentía tan bien culpándose de todo. No recordaba haber hecho algo así nunca sin intentar al menos justificarse o defenderse. Casi se enfadó con Elayne por no mostrarse de acuerdo en que había actuado como una payasa inmadura. Aquello duró hasta que llegaron a la pequeña casa de tejado de paja, al borde del pueblo, donde tenían a Logain.

—O lo dejas ya —advirtió finalmente Elayne—, o mando a buscar un cubo de agua ahora mismo.

Nynaeve abrió la boca, pero volvió a cerrarla. Incluso en su actual euforia de admitir que se había equivocado aquello se pasaba de la raya. Sintiéndose tan bien no se veía con ánimos de trabajar con Logain. Además, tampoco serviría de nada a menos que recurriera a Moghedien poniéndose el brazalete, cosa que no estaba dispuesta a hacer encontrándose tan a gusto. Observó a los dos Guardianes que estaban apostados junto a la puerta de dintel de piedra. Se encontraban muy lejos para que la oyeran, pero a pesar de todo bajó el tono de voz: