Выбрать главу

—Creo que lo menos que podemos hacer es aislarlo hasta que estemos completamente seguras —sugirió Sheriam.

Romanda asintió y un escudo cobró vida, lo bastante fuerte para retener a un gigante, mientras el brillo del saidar rodeaba a casi todas las mujeres que había en el cuarto. Romanda puso un poco de orden nombrando enérgicamente a seis de ellas para que se ocupasen de mantener un escudo de menor potencia pero adecuado. La mano de Myrelle se ciñó en torno al brazo de Nynaeve.

—Si nos disculpas, Romanda, tenemos que hablar a solas con Nynaeve.

Romanda asintió con aire ausente. Estaba observando a Logain con el entrecejo fruncido. Como casi todas las Aes Sedai presentes; nadie se movió para marcharse.

Sheriam y Myrelle levantaron a Nynaeve de la silla y la llevaron hacia la puerta casi en volandas.

—¿Qué estáis haciendo? —demandó, falta de aliento—. ¿Adónde me lleváis?

Fuera, se abrieron paso entre la multitud de Aes Sedai, muchas de las cuales le dirigieron miradas frías, incluso acusadoras. Pasaron delante de Elayne, que hizo una mueca, disculpándose. Nynaeve miró hacia atrás mientras las dos Aes Sedai la conducían tan deprisa que tropezaba cada dos por tres. No es que esperase que Elayne la ayudara, pero podía ser la última vez que viera a la heredera del trono. Beonin le estaba diciendo algo a Elayne, que salió corriendo entre la multitud.

—¿Qué vais a hacerme? —gimió Nynaeve.

—Podríamos tenerte fregando ollas durante el resto de tu vida —respondió Sheriam en tono coloquial.

—Sí —asintió Myrelle—. Podrías trabajar en las cocinas todo el día.

—O podríamos hacer que te azotaran a diario.

—Arrancarte la piel a tiras.

—Meterte en un barril, clavarlo y alimentarte a través del agujero del tapón del fondo.

—Pero sólo con papilla. Con papilla agria.

A Nynaeve le flaqueaban las piernas.

—¡Fue un accidente! ¡Lo juro! ¡No era mi intención!

Sheriam la zarandeó de manera contundente aunque sin perder el paso.

—No seas necia, muchacha. Puede que acabes de haber logrado lo imposible.

—¿Me creéis? ¡Me creéis! ¿Por qué no dijisteis algo cuando Nisao y Varilin y…? ¿Por qué no dijisteis algo?

—He dicho «puede», pequeña. —El timbre de Sheriam era deprimentemente neutral.

—Otra posibilidad es que tu cerebro se haya resentido por la tensión. —Myrelle observó a Nynaeve con los ojos entrecerrados—. Te sorprendería el número de Aceptadas, e incluso de novicias, que afirman haber descubierto algún Talento perdido o que han encontrado uno nuevo. Cuando era novicia, una Aceptada llamada Echiko estaba tan convencida de que sabía cómo volar que saltó desde lo alto de la Torre.

Nynaeve, a la que la cabeza le daba vueltas, miró a una y otra Aes Sedai. ¿Le creían o no? ¿De verdad pensaban que su mente se había resentido? «¿Qué demonios van a hacer conmigo?» Trató de encontrar palabras para convencerlas —no mentía ni estaba loca; había curado a Logain— pero su boca seguía moviéndose sin emitir ningún sonido cuando la metieron a toda prisa en la Torre Chica.

Hasta que no hubieron entrado en lo que en tiempos había sido un comedor privado, una estancia grande en la que ahora había una mesa estrecha con sillas detrás, cerca de una de las paredes, Nynaeve no advirtió que llevaban detrás una comitiva. Más de una docena de Aes Sedai entraron pisándoles los talones; Nisao, cruzada de brazos, y Dagdara, con la barbilla tan adelantada que parecía tener intención de caminar a través de una pared, y Shanelle y Therva y… Todas del Ajah Amarillo, excepto Sheriam y Myrelle. Aquella mesa sugería la sala de un magistrado, y esa hilera de semblantes severos insinuaba un juicio. Nynaeve tragó saliva con esfuerzo.

Sheriam y Myrelle la dejaron de pie y rodearon la mesa para conferenciar en voz baja, de espaldas a ella. Cuando se volvieron de nuevo, la expresión de sus rostros era indescifrable.

—Afirmas haber curado a Logain. —Había un atisbo de desdén en la voz de Sheriam—. Aseguras haber curado a un hombre amansado.

—Tenéis que creerme —protestó Nynaeve—. Vos dijisteis que sí. —Dio un brinco cuando algo invisible le azotó las nalgas.

—No olvides quién eres, Aceptada —dijo fríamente Sheriam—. ¿Haces tal afirmación?

Nynaeve la miró intensamente. Era Sheriam la que estaba loca, con esos cambios bruscos de actitud; sin embargo, la antigua Zahorí se las ingenió para responder respetuosamente:

—Sí, Aes Sedai.

Dagdara resopló tan fuerte que sonó como un trozo de lona desgarrándose. Sheriam atajó con un gesto el murmullo que se había levantado entre las Amarillas.

—Y dices que lo hiciste accidentalmente. Si es ése el caso, supongo que no hay posibilidad de que lo pruebes haciéndolo de nuevo.

—¿Cómo iba a poder? —intervino Myrelle, que parecía divertida. ¡Divertida!—. Si ha llegado a ello tanteando a ciegas, ¿cómo podría repetirlo? Pero eso no importaría a menos que realmente lo haya hecho.

—¡Respóndeme! —espetó Sheriam, y el invisible azote golpeó otra vez. En esta ocasión Nynaeve logró no saltar—. ¿Hay alguna posibilidad de que recuerdes, aunque sólo sea en parte, lo que hiciste?

—Lo recuerdo, Aes Sedai —respondió hoscamente, poniéndose en tensión a la espera de otro golpe. No lo hubo, pero ahora percibió el brillo del saidar envolviendo a Sheriam, y parecía amenazador.

Se produjo un pequeño alboroto en la puerta, y Carlinya y Beonin se abrieron paso entre la fila de Amarillas, una llevando a Siuan y la otra a Leane.

—No querían venir —informó Beonin con un tono exasperado—. ¿Puedes creer que intentaron decirnos que estaban ocupadas?

El rostro de Leane estaba tan inexpresivo como el del cualquier Aes Sedai, pero Siuan lanzaba miradas hoscas, furiosas a todo el mundo, en especial a Nynaeve.

Finalmente la Aceptada comprendió. Por fin todo encajó en su sitio. La presencia de las hermanas Amarillas. Sheriam y Myrelle creyéndole, después no creyéndole, amenazándola, golpeándola. Todo a propósito, todo para ponerla lo bastante furiosa para realizar su Curación en Siuan y Leane, para demostrar su valía a las Amarillas. No. A juzgar por sus expresiones, estaban allí para verla fracasar, no para presenciar su éxito. Nynaeve no hizo el menor esfuerzo por disimular el firme tirón que se dio a la trenza. De hecho, se dio un segundo por si alguna había pasado por alto el primero. Deseaba abofetearlas a todas. Deseaba hacerles tragar una cocción de hierbas que las haría sentarse en el suelo y llorar como criaturas sólo por el olor. Deseaba arrancarles el pelo y estrangularlas con él. Deseaba…

—¿Voy a tener que aguantar esta estupidez? —gruñó Siuan—. Tengo trabajo importante que hacer, pero aunque sólo fuera limpiar pescado seguiría siendo más imp…

—Oh, cierra el pico —la interrumpió, irritada, Nynaeve. Avanzó un paso y cogió la cabeza de Siuan con las dos manos como si se propusiera partirle el cuello. Se había creído todas esas tonterías. ¡Hasta lo del barril! ¡La habían manipulado como a una marioneta!

El saidar la llenó y la mujer encauzó igual que había hecho con Logain, combinando los Cinco Poderes. Esta vez sabía lo que buscaba, esa casi imperceptible sensación de algo cortado. Energía y Fuego para recomponer la ruptura y…

De momento Siuan se limitó a mirarla fija, inexpresivamente. Después el brillo del saidar la envolvió. Exclamaciones ahogadas llenaron la sala. Lentamente, Siuan se inclinó hacia Nynaeve y la besó en ambas mejillas. Un lágrima se deslizó por su rostro, después otra y de repente Siuan prorrumpió en sollozos, ciñéndose a sí misma y tiritando; el halo reluciente que la envolvía se apagó. Sheriam se apresuró a abrazarla con gesto reconfortante; también ella parecía a punto de llorar.