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—Fuisteis instruida en la Torre —murmuró Niall—. Eso también está prohibido. Pero, como he dicho, no he venido a hacer un arresto, sino a ofrecer ayuda. Haced que vuestras criadas salgan y hablaremos. —Se puso cómodo, tomando asiento en un sillón mullido, con la capa echada hacia atrás—. Tomaré un poco de ese ponche antes de que se vayan.

Para desagrado de Morgase, Breane le llevó una copa de inmediato, con los ojos bajos y el rostro tan vacío de expresión como un trozo de piedra. La reina hizo un esfuerzo para recobrar el control.

—Ellas se quedan, maese Niall. —No daría a ese hombre la satisfacción de tratarlo con un título. El capitán general no se inmutó—. ¿Qué les ha ocurrido a mis hombres que estaban fuera? Os haré responsable si se les ha ocasionado daño alguno. ¿Y por qué pensáis que necesito vuestra ayuda?

—Vuestros hombres están ilesos —repuso con actitud desdeñosa antes de llevarse la copa a los labios—. ¿Creéis que Ailron os dará lo que necesitáis? Sois una mujer hermosa, Morgase, y Ailron siente debilidad por las mujeres de cabello dorado. Se irá acercando un poco más cada día al acuerdo que buscáis, pero sin llegar del todo a él, hasta que decidáis que quizá, con cierto… sacrificio por vuestra parte, también él cederá. Pero jamás llegará a lo que queréis, le deis lo que le deis. La chusma del que se llama a sí mismo Profeta hace estragos en el norte de Amadicia. Al oeste se encuentra Tarabon, dividido por una guerra civil con diez bandos distintos, bandidos juramentados con el llamado Dragón Renacido, y rumores sobre Aes Sedai y el propio falso Dragón que amedrentan a Ailron. ¿Daros soldados? Daría su alma como prenda para encontrar diez hombres de armas por cada uno que tiene, incluso por cada dos. Por el contrario, yo puedo enviar cinco mil Hijos de la Luz cabalgando hasta Caemlyn con vos a la cabeza sólo con que me lo pidáis.

Decir que estaba estupefacta sería minimizar el estado de ánimo de Morgase. Se dirigió hacia una silla situada delante del hombre con la altivez y majestuosidad debidas, y tomó asiento antes de que le fallasen las piernas.

—¿Por qué querríais ayudarme a expulsar a Gaebril? —demandó. Obviamente, estaba enterado de todo; sin duda contaba con espías entre la servidumbre de Ailron—. Jamás he dado a vuestra institución carta blanca en Andor como buscáis hace tiempo los Capas Blancas.

Esta vez el hombre hizo una mueca. A los Capas Blancas no les gustaba que los llamaran así.

—¿Gaebril? Vuestro amante ha muerto, Morgase. El falso Dragón, Rand al’Thor, ha añadido Caemlyn a sus conquistas.

Lini dio un respingo, como si se hubiese pinchado, pero el hombre mantuvo la mirada prendida en Morgase.

En cuanto a ella, la reina tuvo que aferrar el brazo del sillón para evitar llevarse la mano al estómago. Si no hubiese estado apoyando en el brazo del sillón la copa que sostenía en la otra, sin duda el ponche se habría vertido en el suelo. ¿Gaebril muerto? La había embaucado, había hecho de ella su furcia, usurpado su autoridad, oprimiendo al país en su nombre y, finalmente, se había autoproclamado rey de Andor, que jamás había tenido un monarca varón. ¿Cómo, después de todo eso, era posible este sutil pesar porque no volvería a sentir sus manos? Era una locura; de no estar segura que era imposible, habría creído que Gaebril había utilizado el Poder Único sobre ella de algún modo.

Pero ¿que Rand al’Thor tenía ahora Caemlyn? Eso podía cambiarlo todo. Lo había conocido tiempo atrás en una ocasión, un asustado joven campesino del oeste que intentaba mostrar el debido respeto a su soberana. Sin embargo, también era un joven que llevaba la espada con la marca de la garza de un maestro espadachín. Y Elaida había mostrado prevención contra él.

—¿Por qué lo llamáis falso Dragón, Niall? —Si el hombre se proponía dirigirse a ella por su nombre de pila, ni siquiera merecía que lo tratara con un plebeyo «maese»—. La Ciudadela de Tear ha caído, tal como anunciaban las Profecías del Dragón. Los propios Grandes Señores de Tear lo han aclamado el Dragón Renacido.

La sonrisa que esbozó Niall era burlona.

—Allí donde ha aparecido, siempre ha habido Aes Sedai. Son ellas las que encauzan por él, fijaos bien. No es más que una marioneta de la Torre. Tengo amigos en muchos sitios —lo que quería decir era que tenía espías—, y me informan que hay evidencia de que la Torre ayudó a Logain, el último falso Dragón. Quizá se llenó de ínfulas y tuvieron que poner fin al problema.

—No hay prueba de eso. —Le complacía que su voz sonase firme. Había oído rumores sobre Logain de camino a Amador, pero sólo eran hablillas.

—Creed lo que gustéis —dijo él, encogiéndose de hombros—, pero yo prefiero la verdad a fantasías absurdas. ¿Acaso el verdadero Dragón Renacido habría actuado como lo ha hecho él? ¿Decís que los Grandes Señores lo aclamaron? ¿A cuántos tuvo que colgar antes de que el resto inclinara la cabeza? Permitió que los Aiel saquearan la Ciudadela y todo Cairhien. Dice que Cairhien tendrá un nuevo gobernante, uno que nombrará él, pero el único que posee verdadero poder allí es él mismo. Dice que también habrá una nueva dirigente en Caemlyn. Estáis muerta, ¿no lo sabíais? Se menciona el nombre de lady Dyelin, creo. Se ha sentado en el Trono del León, utilizándolo para celebrar audiencias, pero supongo que era demasiado pequeño ya que se hizo para mujeres. Lo ha guardado como un trofeo de su conquista, reemplazándolo por su propio trono, en el gran salón de vuestro Palacio Real. Claro que no todo le ha salido bien. Algunas casas andoreñas creen que os asesinó; existe compasión hacia vos ahora que estáis muerta. Conserva lo que tiene de Andor con puño de hierro, sin embargo, con una horda de Aiel y con un ejército de rufianes de las Tierras Fronterizas, reclutados por la Torre para él. Pero si pensáis que os dará la bienvenida a Caemlyn y os devolverá el trono…

Dejó de hablar sin acabar la frase, pero el torrente de noticias había acribillado a Morgase como una granizada. Dyelin era la siguiente en la línea de sucesión al trono sólo si Elayne moría sin descendencia. ¡Oh, Luz, Elayne! ¿Seguiría a salvo en la Torre? Era curioso pensar que era tal su antipatía por las Aes Sedai, en buena parte porque habían permitido que Elayne estuviese perdida durante un tiempo, que les había exigido que enviaran de regreso a Elayne cuando nadie osaba exigir nada a la Torre. Sin embargo, ahora confiaba en que mantuviesen a su hija a buen recaudo. Recordó una carta de Elayne después de su regreso a Tar Valon. ¿Habría habido otras? Evocaba con gran incertidumbre muchas cosas ocurridas durante el tiempo en que Gaebril la había tenido subyugada. Sin duda Elayne tenía que estar a salvo. Debería estar preocupada también por Gawyn, y por Galad —sólo la Luz sabía dónde estarían—, pero Elayne era su heredera. La paz en Andor dependía de una sucesión sin conflictos ni sobresaltos.

Tenía que meditar despacio, con cuidado. Todo encajaba, pero también lo hacían las mentiras bien hiladas, y este hombre era un maestro en ese arte. Necesitaba hechos. Que en Andor se la creyera muerta no la cogía de sorpresa; había tenido que salir a escondidas de su propio reino para eludir a Gaebril y a quienes podrían entregársela a él o a otros que quisieran vengar en ella las injusticias de Gaebril. Si creerla muerta despertaba compasión, podría utilizarlo cuando volviese de entre los muertos. Hechos.

—Necesito tiempo para pensar —contestó.

—Por supuesto. —Niall se incorporó sin brusquedad; ella debería haberse levantado también del sillón para que al estar de pie el hombre no la apabullara con su altura, pero no estaba segura de que las piernas pudiesen sostenerla—. Volveré dentro de un día o dos. Entretanto, quiero asegurarme de que estáis a salvo. Ailron está tan absorto en sus propias preocupaciones que a saber quién podría entrar a hurtadillas, tal vez con ánimo de causaros daño. Por ende, me he tomado la libertad de apostar unos cuantos Hijos a vuestra puerta. Con permiso de Ailron, naturalmente.