—Sí —dijo la Aes Sedai—, me parece recordarla. Déjanos, Lucilde. Y, pequeña, trata de recordar que todas las frases no son preguntas.
Lucilde hizo una reverencia tan rápida y pronunciada que a punto estuvo de caerse. En otras circunstancias, Delana habría suspirado; nunca se le habían dado bien las novicias, aunque no entendía el motivo.
Lucilde apenas había salido de la habitación cuando Halima se desplazó hasta la silla que Siuan había utilizado y tomó asiento sin que la invitase a hacerlo. Cogió una de las tazas de té intactas, se cruzó de piernas y dio un sorbo, observando a Delana por encima del borde de la taza. La Aes Sedai le asestó una dura mirada.
—¿Quién creéis que sois, mujer? Por muy alta que penséis que estáis, nadie se halla por encima de una Aes Sedai. ¿Y dónde aprendisteis esa seña?
Quizá por primera vez en su vida esa mirada no le sirvió de nada. Halima le sonrió con sorna.
—¿De verdad crees que los secretos del… digamos Ajah más oscuro son realmente tan secretos? En cuanto a tu alta posición, sabes muy bien que obedecerás sin rechistar a cualquier pordiosero que haga las señas adecuadas. Mi historia consiste en que durante un tiempo fui compañera de viaje de Cabriana Mecandes, una hermana Azul. Por desgracia Cabriana murió de una mala caída de su caballo, y su Guardián simplemente se negó a levantarse o a comer a raíz de aquello. También murió. —Halima sonrió como preguntando si hasta el momento Delana la estaba entendiendo.
»Cabriana y yo charlamos mucho antes de que muriese y me habló de Salidar. También me puso al corriente de ciertas cosas de las que se había enterado respecto a los planes de la Torre Blanca para ti aquí. Y para el Dragón Renacido. —Otra sonrisa, un fugaz destello de blancos dientes antes de volver a beber té mientras la observaba.
Delana no había sido nunca una mujer que se diera por vencida fácilmente. Había obligado a reyes a declarar la paz cuando lo que querían era la guerra; había coaccionado a reinas a firmar tratados que había que firmar. Sí que habría obedecido a ese hipotético pordiosero si hiciese las señas adecuadas y dijese las frases establecidas, cierto, pero la posición de las manos de Halima la identificaban como miembro del Ajah Negro, lo que no era obviamente. Quizá pensaba que era el único modo de que ella admitiera reconocerla y puede que también quisiera demostrar su conocimiento de cosas secretas. A Delana no le gustaba esta tal Halima.
—E imagino que se supone que yo he de asegurarme de que la Antecámara acepte tu información —dijo ásperamente—. No habrá ningún problema siempre y cuando sepas lo bastante de Cabriana para respaldar tu historia. En eso no puedo ayudarte, porque sólo tuve contacto con ella un par de veces. Supongo que no habrá ninguna posibilidad de que aparezca y eche a rodar tu historia, ¿no?
—Ninguna en absoluto. —De nuevo aquella rápida y burlona sonrisa—. Y soy capaz de recitar la vida de Cabriana de punta a cabo. Sé cosas que ella misma había olvidado.
Delana se limitó a asentir. Siempre era de lamentar tener que matar a una hermana, pero lo que era necesario hacerse se hacía.
—Entonces no hay problema. La Antecámara te recibirá como a una invitada y yo me aseguraré de que te escuchen.
—Una invitada no es exactamente lo que tenía en mente, sino algo mucho más permanente, creo. Tu secretaria o, mejor aún, tu compañera. He de asegurarme que tu Antecámara esté convenientemente aconsejada y orientada. Aparte de la historia de la noticia sobre Cabriana, tendré más instrucciones para ti de vez en cuando.
—¡Ahora escúchame tú! ¡Yo no…!
—Se me dijo que te mencionara un nombre —la interrumpió Halima sin levantar la voz—. Un nombre que utilizo en ocasiones. Aran’gar.
Delana, que se había incorporado impulsada por la ira, se sentó pesadamente en la silla. Ese nombre le había sido revelado en sueños. Por primera vez en muchos años, Delana Mosalaine estaba asustada.
31
Cera roja
Elmon Valda avanzaba lentamente en su caballo por las abarrotadas calles; el sonido de los cascos del castrado negro quedaba casi ahogado por el ruido de Amador. El hombre transpiraba por cada poro, y más con el peto y la cota de malla perfectamente bruñidos, relucientes a pesar de la capa de polvo, y la nívea capa extendida sobre la poderosa grupa del castrado; no obstante, podría haber sido un agradable día primaveral por el poco caso que hacía del calor. También ponía todo su empeño en pasar por alto a los sucios hombres, mujeres e incluso niños, todos ellos con aspecto de estar perdidos y con las ropas muy gastadas por el viaje. Incluso allí.
Por primera vez en su vida, contemplar las grandes murallas de piedra de la Fortaleza de la Luz, imponentes, coronadas de estandartes e inexpugnables, bastión de la verdad y la justicia, no le levantó el ánimo. Desmontó en el patio principal y echó las riendas a un Hijo al tiempo que le daba secas instrucciones para que se ocupase del animal; el hombre sabía lo que tenía que hacer, naturalmente, pero Valda deseaba gritarle a alguien. Hombres con blancas capas iban y venían por doquier haciendo toda una exhibición de energía a despecho del intenso calor. El alto oficial esperaba que hubiese algo más detrás, no simple apariencia.
El joven Dain Bornhald llegó trotando a través del patio y se llevó el puño al peto en un saludo anhelante.
—Que la Luz os ilumine, mi señor capitán. Confío en que hayáis tenido un buen viaje desde Tar Valon.
Sus ojos estaban inyectados en sangre y soltaba olor a brandy. Que bebiera durante el día era prueba de la relajación en la disciplina.
—Rápido sí, al menos —gruñó iracundo Valda mientras se quitaba los guanteletes y los sujetaba bajo el talabarte. No era por el brandy, aunque pensaba poner una falta en el expediente del hombre por ello.
El viaje había sido rápido, habida cuenta de la distancia, y tenía intención de dar a la legión una noche libre en la ciudad a modo de recompensa una vez que se hubiese terminado de levantar el campamento en los aledaños de la urbe. Pero desaprobaba las órdenes que lo habían hecho regresar justo cuando una arremetida firme habría echado abajo la tocada Torre, enterrando a las brujas bajo sus escombros. Un viaje notable, pero en el que cada día las noticias que llegaban eran peores: al’Thor en Caemlyn, y daba igual si ese hombre era un falso Dragón o el verdadero, ya que podía encauzar y cualquier varón que hacía algo así tenía que ser un Amigo Siniestro; la chusma de los seguidores del Dragón en Altara; el así llamado Profeta y su escoria en Ghealdan, en la propia Amadicia.
Al menos había logrado matar a unos pocos de esos depravados, aunque resultaron unos enemigos con los que no era fácil luchar puesto que se escabullían con más frecuencia que plantaban cara, que se mezclaban con los condenados torrentes de refugiados y, lo que era peor, con los cientos de trotamundos majaderos que parecían creer que al’Thor había puesto patas arriba todo orden establecido. Valda había encontrado una solución, no obstante, aunque no del todo satisfactoria. Las calzadas que su legión había dejado atrás ahora estaban sembradas de cadáveres y los cuervos se estaban atiborrando. Si no se podía distinguir a la escoria del Profeta de la basura de refugiados entonces sólo restaba matar a todos los que atestaban el camino. Los inocentes deberían haber permanecido en sus casas, donde tenían que estar; el Creador los habría protegido, de todos modos. En su opinión, los trotamundos no eran más que pasas agregadas al pastel.
—Oí en la ciudad que Morgase está aquí —dijo. No lo creía; en Andor, una de cada dos palabras pronunciadas giraba sobre conjeturas de quién había matado a Morgase, de modo que se quedó estupefacto cuando Dain asintió.
La sorpresa dio paso al desagrado cuando el joven balbució algo sobre los aposentos de la reina y sus cacerías, lo bien que se la estaba tratando, la certeza de que firmaría un tratado con los Hijos cualquier día de aquéllos. Valda no se molestó en disimular su ceño. Tendría que haber esperado algo así de Niall. Ese hombre había sido uno de los mejores soldados de su tiempo, considerado como un gran capitán, pero se estaba haciendo viejo y blando. Valda lo comprendió así tan pronto como las órdenes llegaron a Tar Valon. Niall tendría que haber lanzado un ataque en masa contra Tear al tener la primera noticia de al’Thor. Él habría reunido a todos los efectivos necesarios a lo largo de la marcha; las naciones se habrían unido a los Hijos contra el falso Dragón. Entonces sí lo habrían conseguido. Ahora al’Thor estaba en Caemlyn y era lo bastante fuerte para amedrentar a los pusilánimes. Pero Morgase se encontraba allí. Si él hubiese tenido a Morgase en sus manos, esa mujer habría firmado el tratado el primer día aunque para ello hubiese sido necesario que alguien le sujetara la pluma en la mano. Si se mostraba reacia a regresar a Andor con los Hijos, él la colgaría por las muñecas a un palo; ése sería un buen estandarte para encabezar el avance al territorio de Andor.