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Cuando estaba en la ciudad, Egwene no podía evitar echar ojeadas por encima del hombro constantemente, pero el tercer día la joven se encaminó hacia los muelles con la cautela de un ratón que quiere evitar al gato. Un tipo acartonado que tenía un pequeño bote se rascó el ralo cabello y le pidió un marco de plata para llevarla hasta el barco de los Marinos. Todo era caro en la ciudad, pero eso rayaba en lo ridículo. Le asestó una gélida mirada y le contestó que le daría un céntimo de plata —todavía era un precio exorbitado, a decir verdad— y esperó que el regateo no le dejara el bolsillo vacío; no disponía de mucho dinero. Todo el mundo se encogía y se ponía nervioso con los Aiel; pero, cuando se trataba de regatear, se olvidaban por completo del cadin’sor y las lanzas y luchaban como leones. El tipo abrió la desdentada boca, la cerró, estrechó los ojos para mirarla, rezongó algo incomprensible y, para sorpresa de Egwene, le dijo que estaba robando el pan a sus hijos.

—Sube —gruñó—. Vamos, sube. No puedo perder todo el día por una miseria. Habráse visto, intimidar a un hombre, robarle el pan.

Continuó con su retahíla aun después de empezar a bogar, mientras dirigía el pequeño bote hacia el ancho caudal del Alguenya.

Egwene ignoraba si Rand se había reunido con esta Señora de las Olas, pero esperaba que sí. Según Elayne, el Dragón Renacido era el Coramoor de los Marinos, el Elegido, y no tenía más que hacer acto de presencia para que se pusieran a su entera disposición. Sin embargo, esperaba que no se humillaran demasiado. A Rand le sobraban ese tipo de actitudes sumisas hacia su persona. No obstante, no era por Rand por lo que Egwene se había metido en ese bote con un barquero que no dejaba de refunfuñar. Elayne había conocido a varios Atha’an Miere, había navegado en uno de sus veleros, y decía que las Detectoras de Vientos podían encauzar. Algunas de ellas, en cualquier caso; puede que la mayoría. Ése era un secreto que los Marinos guardaban celosamente, pero la Detectora de Vientos del barco en el que viajó Elayne se había mostrado muy dispuesta a compartir sus conocimientos una vez que su secreto dejó de ser tal. Las Detectoras de Vientos de los Marinos sabían mucho de los fenómenos atmosféricos; según Elayne, estaban mucho más versadas en eso que las propias Aes Sedai. Afirmaba que la Detectora de Vientos a la que conoció había tejido flujos enormes para crear vientos favorables. Egwene ignoraba cuánto de ello era verdad y cuánto simple entusiasmo de su amiga, pero aprender un poco sobre el tiempo sería mucho mejor que estar de brazos cruzados y preguntándose si ser atrapada por Nesune no sería un alivio preferible al ambiente agobiante entre las Sabias y tener que soportar a Sevanna. Con lo poco que sabía ahora en este campo, sería incapaz de hacer que lloviese aunque el cielo estuviera encapotado y tan negro que sólo lo alumbraran los relámpagos. De momento, claro es, el sol irradiaba dorado y ardiente en un cielo despejado y la reverberación rielaba sobre las oscuras aguas. Al menos el polvo no llegaba tan dentro del río.

Cuando el barquero levantó finalmente los remos y dejó que el pequeño bote se deslizara junto al barco, Egwene se puso de pie haciendo caso omiso de sus rezongos sobre que conseguiría que los dos acabasen en el agua.

—¡Hola! —llamó—. ¡Hola! ¿Puedo subir a bordo?

Había estado en varios barcos fluviales y se preciaba de conocer los términos correctos —los marineros parecían muy quisquillosos respecto a la utilización de las palabras adecuadas— pero este velero escapaba a todas sus experiencias previas. Egwene había visto unos pocos barcos fluviales más largos, pero ninguno tan alto. Varios miembros de la tripulación se encontraban encaramados en los aparejos o trepando por los inclinados mástiles; eran hombres de piel oscura, que iban desnudos de cintura para arriba y descalzos y llevaban pantalones de llamativos colores sujetos a la cintura con fajines de tonos aun más fuertes; también había mujeres, de piel igualmente oscura y cubiertas con camisas de tonalidades tan intensas como las ropas de sus compañeros.

Egwene iba a llamar otra vez, gritando con más fuerza, cuando una escala de cuerda se desenrolló mientras caía por el costado del barco. No hubo respuesta a su llamada en la cubierta, pero eso podía considerarse una invitación y la joven empezó a subir. No le resultó fácil —no por el hecho de trepar por la escala, sino por mantener la falda decentemente pegada a las piernas; ahora entendía por qué las mujeres de los Marinos llevaban pantalones— pero por fin llegó a la batayola.

De inmediato sus ojos se posaron en una mujer que estaba en la cubierta, a menos de dos metros. Tanto la blusa como los pantalones eran de seda azul, ceñidos con un fajín del mismo color en un tono más oscuro. Llevaba tres pendientes en cada oreja, y una fina cadena, de la que colgaban diminutos medallones, unía uno de los pendientes con su nariz. Elayne le había descrito estos adornos e incluso se los había mostrado utilizando un atuendo semejante en el Tel’aran’rhiod, pero al verlo al natural Egwene no pudo evitar hacer una mueca. Sin embargo había algo más: podía percibir la habilidad de la mujer para encauzar. Había encontrado a la Detectora de Vientos.

Abrió la boca, y en ese momento una oscura mano surgió de manera repentina delante de sus ojos, empuñando una reluciente daga. Antes de que la joven tuviese tiempo de gritar, la cuchilla sesgó las cuerdas de la escala. Todavía aferrada inútilmente a ella, Egwene cayó en picado al agua.

Entonces sí que gritó, aunque sólo durante los breves instantes que tardó en sumergirse en el río de pie, a gran profundidad. El agua le entró en la boca abierta, ahogando su chillido; creyó haberse tragado la mitad del caudal del río. Frenéticamente se esforzó por desenredarse la falda envuelta en la cabeza y librarse de la escala. El pánico no la dominaba. En absoluto. ¿Hasta qué profundidad se había sumergido? A su alrededor todo era oscuridad y cieno. ¿En qué dirección estaba la superficie? Sentía como si unas barras de hierro le ciñesen el tórax, pero aun así soltó aire por la nariz y observó que las burbujas se movían lo que para su posición era hacia abajo y a la izquierda. Se giró y pateó hacia la superficie. ¿A qué distancia estaría? Los pulmones le ardían.

Su cabeza emergió a la luz del día, y Egwene inhaló aire boqueando y tosiendo. Para su sorpresa, el barquero se inclinó sobre el agua y la subió al bote progresivamente al tiempo que rezongaba que dejara de patear y retorcerse si no quería que la pequeña embarcación zozobrara, añadiendo que los Marinos eran una pandilla de quisquillosos. Volvió a inclinarse sobre la regala para recoger el chal de la joven antes de que la prenda su hundiera. Egwene se lo arrebató de un tirón, y el barquero respingó y se echó hacia atrás como si temiese que la muchacha fuera a golpearlo con él. La falda le colgaba pesadamente, la blusa y la ropa interior se le pegaban al cuerpo, y el pañuelo ceñido a la frente estaba torcido hacia un lado. En el fondo de la barca empezó a formarse un charco de agua, bajo sus pies.