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La corriente había llevado el bote a la deriva alejándolo del barco unos veinte metros. La Detectora de Vientos estaba en la batayola ahora junto a otras dos mujeres, una vestida con sencillas ropas de seda verde y la otra de color rojo, con brocados en hilo de oro. Los pendientes y las cadenitas que los unían a la nariz destellaban con el sol.

—Se te niega el derecho del regalo de pasaje —gritó la mujer de verde.

—Y diles a las otras que los disfraces no nos confundirán. No nos dais miedo. ¡Se os niega a todas el regalo de pasaje! —abundó la de rojo.

El acartonado barquero cogió los remos, pero Egwene lo señaló con el dedo directamente a la estrecha nariz.

—Quédate donde estás —ordenó. El hombre obedeció. ¿Quiénes se creían que eran esas mujeres? ¡Mira que tirarla al agua y dejarla empapada! ¡Y ni una palabra de la más mínima cortesía!

Egwene aspiró profundamente, abrazó el saidar y encauzó cuatro flujos antes de que la Detectora de Vientos tuviese tiempo de reaccionar. Así que sabía mucho sobre fenómenos atmosféricos, ¿no? ¿Era capaz de dividir los flujos en cuatro formas distintas? Había pocas Aes Sedai que pudiesen hacerlo. Uno de los flujos era Energía, un escudo que lanzó sobre la Detectora de Vientos para impedir que interfiriese. Si es que sabía cómo. Los otros tres eran Aire, tejido cada uno de ellos casi delicadamente alrededor de cada mujer para inmovilizarles los brazos contra los costados. Levantarlas no era precisamente difícil, pero tampoco sencillo.

Un clamor se alzó en el barco cuando las tres mujeres flotaron en el aire y quedaron suspendidas sobre el río. Egwene oyó gemir al barquero, pero no estaba interesada en él. Las tres Atha’an Miere ni siquiera patalearon; con cierto esfuerzo, Egwene las elevó más, unos diez o doce metros sobre la superficie del agua. Por mucho que se esforzase aquél parecía ser su límite. «Bueno, tampoco te propones hacerles daño —pensó y soltó los tejidos—. Ahora gritarán».

Las tres mujeres de los Marinos se hicieron unos ovillos tan pronto como empezaron a caer, giraron en el aire y se estiraron, con los brazos extendidos hacia adelante. Se zambulleron en el agua en medio de pequeños chapoteos. Instantes después las tres cabezas oscuras emergían y las mujeres empezaron a nadar velozmente de vuelta al velero.

Egwene cerró la boca. «Si las levanto por los tobillos y les sumerjo las cabezas, se…» Pero ¿qué estaba pensando? ¿Es que tenían que gritar porque ella lo había hecho? No era mejor que ellas. «¡Debo de parecer una rata medio ahogada!» Encauzó con cuidado —trabajar con una misma siempre conllevaba cierto riesgo ya que no se veían los flujos con claridad— y el agua escurrió completamente de sus ropas. Se formó un buen charco a sus pies.

El barquero la miraba boquiabierto y con los ojos desorbitados, y eso sirvió para que la joven se diese cuenta de lo que acababa de hacer. Encauzar, en mitad del río, sin nada que la ocultase si por casualidad había por allí alguna Aes Sedai. A pesar del sol abrasador Egwene no pudo evitar un escalofrío.

—Puedes llevarme de vuelta a la orilla. —A saber quién había en los muelles; a esta distancia ni siquiera podía distinguir entre hombres y mujeres—. Pero no a la ciudad, sino a la ribera del río.

El tipo se puso a bogar con tal entusiasmo que la joven estuvo a punto de caer de espalda.

La condujo a un punto donde la orilla era toda de cantos rodados grandes como su cabeza. No se veía a nadie por los alrededores, pero aun así Egwene saltó del bote tan pronto como la pequeña embarcación chirrió al rozar la quilla contra las piedras; se recogió la falda y subió el empinado ribazo a todo correr. No paró hasta encontrarse en su tienda, donde se desplomó jadeando y empapada de sudor. No volvió a acercarse a la ciudad. Salvo para encontrarse con Gawyn, claro.

Los días pasaron y ahora un viento casi incesante arrastraba nubes de polvo y tierra a todas horas. En la quinta noche, Bair acompañó a Egwene al Mundo de los Sueños, sólo una corta excursión a modo de prueba, un paseo por una parte del Tel’aran’rhiod que era la que Bair conocía mejor, es decir, el Yermo de Aiel, un territorio abrupto y reseco que en comparación hacía que el propio Cairhien, castigado por la sequía, pareciese un lugar exuberante de vegetación. Tras una corta caminata, Bair y Amys la despertaron para comprobar si había tenido algún efecto nocivo en la joven. No lo había. Por mucho que la hicieron saltar y correr, por muchas veces que le miraron los ojos y escucharon su corazón no tuvieron más remedio que admitirlo; a pesar de ello, a la noche siguiente Amys la llevó a otra corta excursión al Yermo, seguida de un nuevo examen tan agotador que Egwene se alegró de poder arrastrarse hasta su catre después y quedarse profundamente dormida nada más tenderse en él.

Esas dos noches no regresó al Mundo de los Sueños, pero se debió más al cansancio que a otra cosa. Antes de eso, se había repetido a sí misma que debería dejar de hacerlo —estaría bueno que la pillaran violando sus restricciones justo cuando estaban a punto de levantarlas— pero, de algún modo, siempre decidía que un corto viaje no importaría con tal que fuese lo bastante rápido para reducir el peligro de ser descubierta. Algo que sí evitaba era el lugar entre el Tel’aran’rhiod y el mundo de vigilia; el lugar donde flotaban los sueños. Sobre todo lo evitó después de sorprenderse pensando que si tenía mucho cuidado a lo mejor podía atisbar los sueños de Gawyn sin ser arrastrada hacia ellos, y que, aun en el caso de que ocurriera eso, sólo sería un sueño. Se recordó firmemente que era una mujer adulta, no una chiquilla estúpida. Se alegraba de que nadie más supiera la confusión que el hombre producía en sus pensamientos. Amys y Bair se habrían reído hasta saltárseles las lágrimas.

En la séptima noche, Egwene se preparó cuidadosamente para acostarse, poniéndose una camisola limpia y cepillándose el cabello hasta que brilló. Todo lo cual era inútil con respecto al Mundo de los Sueños, pero sí le sirvió para no pensar en el nerviosismo que le atenazaba el estómago. Esta noche serían Aes Sedai quienes estarían esperando en el Corazón de la Ciudadela, no Elayne o Nynaeve. Daba igual que fuesen unas u otras a menos que… El cepillo de mango de marfil se detuvo sin acabar la pasada por el pelo. A menos que una de las Aes Sedai revelara que era sólo Aceptada. ¿Por qué no había pensado antes en eso? Luz, ojalá pudiese hablar con Elayne o Nynaeve. Aunque tampoco veía de qué podría servir eso, aparte de que estaba convencida de que su sueño sobre romper cosas significaba que algo iría muy mal si hablaba con ellas.

Se mordisqueó el labio mientras consideraba la posibilidad de presentarse ante Amys y decirle que no se sentía bien. Nada serio, sólo un poco revuelto el estómago, pero dudaba mucho que pudiera visitar el Mundo de los Sueños esta noche. Iban a reanudar sus clases tras su encuentro nocturno, pero… Otra mentira, además de ser una artimaña propia de alguien cobarde. Ella no lo sería. No todas las personas podían ser igualmente valientes, pero la cobardía era despreciable. Ocurriera lo que ocurriese esta noche, tendría que afrontarlo, y se acabó.

Dejó el cepillo con actitud firme, apagó la lámpara y se metió en el camastro. Estaba lo bastante cansada para que quedarse dormida no representara ningún problema, aunque si fuese necesario ahora sabía cómo sumirse en el sueño a cualquier hora o entrar en un ligero trance de manera que podría estar en el Mundo de los Sueños y hablar —bueno, más bien balbucir— con alguien que estuviese junto a su cuerpo dormido. Lo último que le vino a la cabeza antes de abandonarse al sueño fue darse cuenta de algo sorprendente: el nerviosismo no le atenazaba el estómago ya.