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Hasta las Sabias estaban lo bastante impresionadas para pasar por alto su desaprobación, al menos hasta que el vestido teariano de la mujer joven cambió a otro de seda amarilla, con un remate en el escote bordado con hilo de plata. Sin embargo, la mujer no estaba interesada en ellas. Por alguna razón miraba con aire desafiante a las otras Aes Sedai.

—Eso es espléndido, Siuan —dijo Sheriam al cabo de un momento.

Egwene parpadeó. ¿Siuan? Debía de ser una mujer con el mismo nombre. Esta joven Aes Sedai aspiró aire por la nariz en un gesto ufano e hizo un brusco asentimiento con grandes reminiscencias de Siuan Sanche, pero tal cosa era imposible. «Estás tratando de posponerlo, nada más» se increpó para sus adentros, con firmeza.

—Ciertamente me basta para encontrar Salidar, pueda o no… —Echó una mirada de reojo a Amys y a Bair, cuyo desaprobador silencio e inmovilidad eran tal que podían estar talladas en piedra—. Pueda o no ir físicamente. De un modo u otro, prometo que estaré en Salidar tan pronto como me sea posible. —El mapa desapareció. «Luz ¿qué piensan hacer conmigo?»

A punto estuvo de hacer la pregunta en voz alta, pero Carlinya se lo impidió al tomar de nuevo la palabra, otra vez inmersa en la severidad ceremoniosa de antes e incluso con mayor dureza:

—No preguntes para qué se te requiere —repitió—. De ti se espera que respondas, no que preguntes.

—No retrases tu llegada —reiteró Anaiya—. Se espera de ti una inmediata obediencia.

Las Aes Sedai intercambiaron miradas y desaparecieron tan repentinamente que Egwene se preguntó si creerían que de todos modos iba a preguntar a pesar de sus admoniciones.

La dejaron sola con Amys y Bair, pero cuando la joven se volvió hacia las Sabias, dudando entre empezar con una explicación o con una disculpa o simplemente rogándoles que comprendieran, también ellas desaparecieron y la dejaron allí, rodeada por las columnas de piedra roja y con Callandor rutilando a su lado. No había excusas en el ji’e’toh.

Suspiró tristemente y salió del Tel’aran’rhiod de vuelta a su cuerpo dormido.

Despertó de inmediato; despertar a voluntad era una parte tan importante en el adiestramiento de una caminante de sueños como el quedarse dormida cuando una quisiera; y había prometido irse tan rápido como le fuera posible. Encauzó para encender las lámparas, todas ellas. Iba a necesitar luz. Hizo un esfuerzo para imprimir dinamismo a sus movimientos mientras se arrodillaba junto a uno de los pequeños arcones que estaban colocados contra la lona de la tienda y empezó a sacar ropas que no había llevado desde que entró en el Yermo. Una parte de su vida había quedado atrás, pero no lloraría por ello. No lloraría.

Tan pronto como Egwene desapareció, Rand apareció entre las columnas. Acudía allí de vez en cuando para mirar a Callandor. La primera visita fue después de que Asmodean le enseñara a invertir los tejidos. Entonces había cambiado las trampas dispuestas alrededor del sa’angreal de modo que sólo él podía verlas. Si se daba crédito a las Profecías, «quien la extraiga continuará después». Ya no estaba muy seguro de hasta qué punto creía esos vaticinios, pero no tenía sentido correr ningún riesgo.

Lews Therin rezongaba en algún rincón de su mente —siempre lo hacía cuando Rand estaba cerca de Callandor— pero esa noche la reluciente espada cristalina no interesaba en absoluto a Rand. Tenía los ojos prendidos en el punto donde el mapa había estado suspendido. No era realmente un mapa al final, sino algo más. ¿Qué era ese lugar? ¿Se debía a una simple casualidad el que hubiese acudido allí aquella noche en lugar del día anterior o el siguiente? ¿Sería uno de los tirones de ta’veren en el Entramado? Qué más daba. Egwene había accedido al emplazamiento humildemente, cosa que jamás habría hecho si la llamada viniese de la Torre y de Elaida. Ese Salidar tenía que ser el sitio donde sus misteriosas amigas se escondían. Donde estaba Elayne. Ellas mismas se le habían entregado.

Riendo, abrió un acceso al reflejo del palacio de Caemlyn en el Mundo de los Sueños.

33

Valor para fortalecer

Vestida únicamente con la camisola y arrodillada, Egwene contempló ceñuda el traje de montar de seda verde que había llevado puesto al entrar en el Yermo lo que parecía mucho tiempo atrás. Tenía mucho que hacer. Había dedicado un rato a redactar apresuradamente una nota y había levantado a Cowinde de sus mantas para darle instrucciones de llevarla a El Hombre Largo a la mañana siguiente. En ella explicaba poco más que tenía que marcharse —tampoco sabía mucho aparte de eso— pero no podía desaparecer simplemente, sin decírselo a Gawyn. Recordar algunas de las frases escritas la hizo enrojecer; decir que lo amaba era una de ellas, pero ¡mira que pedirle que la esperara! Empero, se había ocupado de él hasta donde le era posible. Ahora tenía que prepararse y sin saber muy bien para qué.

La solapa de la entrada de la tienda se abrió y entró Amys, seguida de Bair y de Sorilea. Se colocaron en fila mirándola desde arriba, los tres semblantes sombríos en un gesto de desaprobación. No le fue fácil a la joven contener las ganas de apretar el vestido contra el pecho; cubierta sólo con la camisola se sentía en desventaja; aunque, en honor a la verdad, hasta protegida con una armadura se habría sentido igual. Era una cuestión de saber que estaba obrando mal. Le sorprendía que hubiesen tardado tanto en acudir. Hizo una profunda inhalación.

—Si habéis venido para castigarme, no tengo tiempo para traer y llevar agua ni para cavar agujeros o cualquier otra cosa parecida. Lo lamento, pero dije que iría lo antes posible y creo que para ellas cuentan hasta los minutos.

Las pálidas cejas de Amys se enarcaron en un gesto de sorpresa mientras Sorilea y Bair intercambiaban una mirada desconcertada.

—¿Cómo íbamos a castigarte? —preguntó Amys—. Dejaste de ser aprendiza en el momento en que tus hermanas te llamaron. Debes reunirte con ellas como Aes Sedai.

Egwene disimuló una mueca de angustia examinando el traje de montar otra vez. Era asombroso lo poco arrugado que estaba después de haber permanecido doblado dentro del arcón todos esos meses. Se obligó a volver los ojos hacia las Sabias.

—Sé que estáis enfadas conmigo y tenéis motivo para…

—¿Enfadadas? —repitió Sorilea—. En absoluto. Creí que nos conocías mejor. —Era cierto que su voz no traslucía enfado, pero aun así la censura se reflejaba en el semblante de las tres.

Egwene las miró de una en una, deteniéndose más en Amys y en Bair.

—Pero me advertisteis lo malo que es lo que voy a hacer. Dijisteis que ni siquiera debía planteármelo. Yo accedí, pero después seguí adelante y descifré cómo llevarlo a cabo.

Sorprendentemente, una sonrisa iluminó el curtido rostro de Sorilea. Los numerosos brazaletes de la Sabia tintinearon cuando la mujer se ajustó el chal con aire satisfecho.

—¿Veis? Os dije que lo entendería. Podría ser una Aiel.

Parte de la tensión desapareció de los rasgos de Amys, y un poco más de los de Bair; entonces Egwene lo comprendió. No estaban enfadadas porque tuviese intención de entrar en el Tel’aran’rhiod físicamente; para ellas era una equivocación, pero cada cual tenía que hacer lo que pensaba que debía e incluso si esto funcionaba no incurría en obligación alguna salvo consigo misma. En verdad no estaban enfadadas en absoluto; todavía. Lo que las mortificaba era su mentira. Egwene sintió un nudo en el estómago. La mentira que había confesado; puede que la menor de todas. Tuvo que respirar hondo otra vez para que las palabras le salieran de la garganta: