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Había tantas implicaciones en eso que a Mat le dio dentera y dejó de importarle si a Rand le dolían las muelas o si llevaba las botas llenas de abrojos. ¿Hacer que las Aes Sedai creyeran que tenía intención de atacarlas? Desde luego que no. ¿Y se suponía que debía intimidar a cincuenta de ellas? Las Aes Sedai no le daban miedo, quizá ni siquiera cinco o seis juntas, pero ¿cincuenta? Volvió a tocar la cabeza de zorro a través de la camisa antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo; eso sí que le daría ocasión de probar hasta qué punto la suerte realmente le sonreía. En lo tocante a cabalgar a través de Altara y de Murandy, ahora lo veía con claridad. Todos y cada uno de los nobles por cuyas tierras pasara se hincharían como gallos de pelea e intentarían picarlo en el momento en que les diera la espalda. Y si además el asunto de los ta’veren hacía también su parte, a buen seguro que se daba de narices con cualquier lord o lady agrupando un ejército. Decidió intentarlo otra vez:

—Rand, ¿no crees que esto haría que Sammael volviera los ojos hacia el norte? Tú quieres que esté pendiente del este. Por eso estoy aquí, ¿recuerdas? Para que mire en esta dirección.

—No. —Rand sacudió la cabeza—. Lo único que verá es una escolta de honor a la reina de Andor en su camino hacia Caemlyn, y eso si se entera antes de que hayas llegado a Caemlyn. ¿Cuánto tardarías en estar preparado?

Mat abrió la boca, pero finalmente se dio por vencido. No lo haría cambiar de opinión dijera lo que dijese.

—Dos horas —contestó. La Compañía podía hacer los petates y estar en sus caballos mucho antes, pero él no tenía prisa y lo último que quería era que los hombres creyeran que se ponían en marcha para atacar.

—Bien. Yo necesito una hora más o menos. —Para qué, no lo dijo—. No te apartes de Elayne, Mat. Mantenla a salvo. Lo que quiero decir es que nada de esto tiene sentido si ella no llega a Caemlyn viva para ser coronada.

¿Es que Rand pensaba que no estaba enterado de que Elayne y él se habían estado besuqueando por todos los rincones de la Ciudadela la última vez que estuvieron juntos?

—La trataré como a mi propia hermana. —Sus hermanas habían hecho todo lo posible para amargarle la vida. En fin, no esperaba menos de Elayne, sólo que de un modo diferente. Quizás Aviendha sería un poco mejor—. No la perderé de vista hasta que la haya dejado a buen recaudo en el Palacio Real. —«¡Y si intenta hacerse la señora Altanera conmigo demasiado a menudo, le daré una buena patada en el trasero!»

—De acuerdo. Eso me recuerda algo. Bodewhin está en Caemlyn, con Verin y Alanna y unas cuantas chicas más de Dos Ríos. Iban de camino a la Torre para prepararse para ser Aes Sedai. No sé si lo harán; me he asegurado de que no se dirijan a la Torre tal y como están las cosas. Quizá las Aes Sedai que traigas tú se ocupen de ello.

Mat estaba boquiabierto. ¿Su hermana una Aes Sedai? ¿Bode, que solía ir corriendo a contárselo a su madre cada vez que él hacía una trastada?

—Otra cosa —continuó Rand—. Puede que Egwene llegue a Salidar antes que tú. Creo que han descubierto de algún modo que se ha estado haciendo pasar por Aes Sedai. Haz todo lo posible por sacarla del apuro. Dile que la conduciré de vuelta con las Sabias tan pronto como pueda. Probablemente estará más que dispuesta a acompañarte. Aunque también es posible que no; ya sabes lo testaruda que ha sido siempre. Lo principal es Elayne. Recuerda, no te apartes de su lado hasta que llegue a Caemlyn.

—Lo prometo —murmuró Mat. ¿Cómo demonios iba a estar Egwene en algún lugar próximo al Eldar? No le cabía duda de que la joven se encontraba en Cairhien cuando él había partido de Maerone. A menos que hubiese descubierto también el truco de los accesos de Rand, en cuyo caso podía regresar en cualquier momento que quisiera. O saltar a Caemlyn y abrir un acceso para la Compañía y para él al mismo tiempo—. Tampoco te preocupes por Egwene. La sacaré a rastras de cualquier problema en el que se haya metido por muy testaruda que se muestre.

No sería la primera vez que le había sacado las castañas del fuego antes de que se le quemasen. Y probablemente tampoco en esta ocasión le daría las gracias por ello. ¿Que Bode iba a ser Aes Sedai? ¡Rayos y centellas!

—Bien —dijo Rand—. Muy bien. —Pero estaba absorto contemplando el mapa. Apartó de repente los ojos del pergamino y por un instante Mat creyó que iba a decirle algo a Aviendha. En cambio, le dio bruscamente la espalda a la Aiel—. Thom Merrilin debe de estar con Elayne. —Rand sacó una carta del bolsillo, doblada y sellada—. Entrégale esto. —Tras poner la misiva en las manos de Mat se marchó apresuradamente de la tienda.

Aviendha dio un paso en pos de él, levantando a medias una mano y los labios entreabiertos para hablar. Con idéntica rapidez cerró la boca, ocultó las manos en los pliegues de la falda y apretó los párpados con fuerza. Vaya, conque por ahí iban los tiros, ¿no? «Y ha dicho que tiene que hablar con Elayne». ¿Cómo se había metido Rand en semejante berenjenal? Era el que siempre había sabido cómo tratar a las mujeres; igual que Perrin.

Con todo, no era asunto suyo. Le dio la vuelta a la carta. El nombre de Thom estaba escrito por una mano femenina y el sello de cera le resultaba desconocido, un árbol de copa extensa rematado con una corona. ¿Qué mujer noble escribiría a un viejo acartonado como Thom? Tampoco era de su incumbencia. Soltó la carta en la mesa y cogió la pipa y la bolsa de tabaco.

—Olver —llamó mientras llenaba la cazoleta—, diles a Talmanes, Nalesean y Daerid que se reúnan conmigo.

Sonó un grito ahogado justo al otro lado de la solapa de la entrada.

—Sí, Mat —se oyó a continuación, y el ruido de unos rápidos pasos alejándose.

Aviendha lo miró y se cruzó de brazos con gesto firme, pero antes de que dijese nada Mat se le anticipó:

—Mientras viajes con la Compañía, estarás bajo mi mando. No quiero problemas y espero que te comportes de manera que no surja ninguno. —Si provocaba un jaleo, se la entregaría a Elayne atada en una albarda aunque para conseguirlo fueran necesarios diez hombres.

—Sé cumplir órdenes, jefe de batalla. —Pronunció el título con un timbre despectivo—. Pero deberías saber que no todas las mujeres son tan blandas como las de las tierras húmedas. Si intentas subir a una mujer en un caballo cuando ella no quiere marcharse, podría ocurrir que te hincara un cuchillo en las costillas.

A Mat casi se le cayó la pipa de las manos. Sabía que las Aes Sedai no podían leer la mente —en caso contrario, su piel habría estado colgada en una muralla de la Torre Blanca desde hacía mucho tiempo— pero tal vez las Sabias Aiel… «Pues claro que no. Sólo es uno de esos trucos que utilizan las mujeres». Podría discurrir cómo había deducido sus intenciones simplemente dedicándole un poco de reflexión al asunto, sólo que no tenía ningún interés en hacerlo.

Se aclaró la voz, se puso la pipa entre los dientes y se inclinó sobre el mapa para estudiarlo. La Compañía seguramente podría cubrir la distancia entre el claro y Salidar en un día si metía prisa a los hombres, aun en aquel terreno boscoso, pero se proponía tardar dos o incluso tres. Así daría tiempo de sobra a las Aes Sedai para estar advertidas; no quería que se asustaran más de lo que debían de estar ya. Una Aes Sedai asustada era casi una contradicción. Ni siquiera llevando el medallón de la cabeza de zorro tenía el menor interés en descubrir lo que podían hacer unas Aes Sedai asustadas.

Sintió la mirada de Aviendha clavada en su nuca; entonces oyó un sonido rasposo. Sentada cruzada de piernas contra la lona de la tienda, la Aiel había sacado el cuchillo del cinturón y una piedra de amolar, sin quitarle ojo. Cuando Nalesean, Daerid y Talmanes entraron, los recibió con un anuncio: