Egwene se quedó boquiabierta y lo disimuló sonándose la nariz por lo que le parecía la décima vez. Había olvidado completamente a Rhuarc. Claro que nada la obligaba a pagar su obligación con él del mismo modo. Tal vez parte de su corazón era Aiel, pero durante un momento se devanó los sesos buscando febrilmente otro método. Tenía que haberlo. Bien, dispondría de tiempo suficiente para encontrarlo antes de que volviese a verlo.
—Estaré muy agradecida —respondió débilmente. Y también quedaba Melaine. Y Aviendha. ¡Luz! Creía que había acabado con ello. No dejaba de apoyar el peso ora en un pie ora en otro por más que intentaba quedarse quieta. Tenía que haber otro modo.
Bair abrió la boca, pero Sorilea se adelantó:
—Dejemos que se vista. Tiene que emprender un viaje.
El delgado cuello de Bair se puso tenso, y las comisuras de los labios de Amys se curvaron hacia abajo. Saltaba a la vista que a ninguna de las dos le gustaba más que antes lo que Egwene iba a intentar.
Quizá pensaban quedarse y tratar de convencerla de que no lo hiciese, pero Sorilea empezó a rezongar en voz no demasiado baja sobre necias que intentaban impedir que una mujer hiciese lo que creía que debía. Las dos Sabias más jóvenes se ajustaron los chales —Bair debía de tener setenta u ochenta años, pero desde luego era más joven que Sorilea— le dieron un abrazo de despedida a Egwene y se marcharon musitando:
—Que siempre encuentres agua y sombra.
Sorilea sólo se quedó un momento más.
—Piensa en Taric. Tendría que haberlo invitado a la tienda de vapor para que así lo hubieses visto. Entre tanto, hasta que vuelvas, recuerda esto: siempre estamos más asustados de lo que querríamos, pero siempre podemos ser más valientes de lo que esperamos. Sé fiel a tu corazón, y las Aes Sedai no podrán dañar lo que eres realmente, tu espíritu. No son ni mucho menos tan superiores a nosotras como pensábamos. Que encuentres siempre agua y sombra, Egwene. Y no olvides ser siempre fiel a tu corazón.
Ya sola, Egwene se quedó de pie un rato, inmóvil, con la mirada perdida en el vacío y pensando. Su corazón. Quizá tenía más coraje de lo que creía. Aquí había hecho lo que debía hacer; había sido una Aiel. En Salidar iba a necesitar eso. Los métodos de las Aes Sedai diferían de los de las Sabias en ciertos aspectos, pero no actuarían con benevolencia si sabían que se había hecho pasar por Aes Sedai. Si lo sabían. No se le ocurría otro motivo para que la llamaran con tanta frialdad; pero los Aiel no se rendían antes de iniciar la batalla.
Salió de su ensimismamiento con una sacudida. «No voy a rendirme antes de luchar —pensó, poniendo mala cara—, así que mejor será que me prepare para la batalla».
34
Viaje a Salidar
Egwene se lavó la cara. Dos veces. Después cogió las alforjas y las llenó; dentro fueron a parar su peine y su cepillo de marfil y su costurero —un cofrecillo con delicados dorados que probablemente en otros tiempos había servido para guardar las joyas de una dama—, además de una pastilla blanca de jabón perfumado con rosas, medias, ropa interior, pañuelos y un montón de cosas, hasta que las bolsas de cuero estuvieron tan hinchadas que le costó trabajo echar la hebilla de la solapa. Quedaban varios vestidos, capas y un chal Aiel con los que hizo un hatillo, que ató meticulosamente con un cordel. Hecho esto, echó un vistazo en derredor para ver si había algo más que quisiera llevarse. Todo era suyo; incluso la tienda se la habían dado en propiedad, pero eso era algo demasiado voluminoso, al igual que las alfombrillas y los cojines. Su palangana de cristal era preciosa; y también muy pesada. Lo mismo ocurría con los arcones, aunque varios de ellos tenían un precioso trabajo en los cierres y unas tallas encantadoras.
Sólo entonces, al pensar en los arcones, se dio cuenta de que estaba intentando aplazar la parte más dura de prepararse para partir.
—Valor —se instó con tono seco—. El corazón de una Aiel.
Resultaba menos difícil de lo que podría pensarse ponerse las medias sin tener que sentarse, siempre y cuando a una no le importara ir dando brincos de un lado a otro. A continuación se calzó los fuertes zapatos, buenos si tenía que caminar mucho, y ropa interior de seda, blanca y suave. Después vino el traje de montar verde oscuro, con la estrecha falda partida. Por desgracia la prenda le quedaba muy ceñida en las caderas y las nalgas, lo bastante para recordarle, innecesariamente, que no le apetecería sentarse durante un tiempo.
No tenía sentido salir al exterior. Bair y Amys seguramente se encontrarían en sus propias tiendas, pero no quería correr el riesgo de que una de ellas la viera hacer esto por casualidad. Sería como abofetearlas; es decir, si es que funcionaba. Si no, le aguardaba una cabalgada muy, muy larga.
Se frotó las manos con nerviosismo y abrazó el saidar, dejando que la hinchiera. Rebulló. El saidar aguzaba la percepción de todo, incluido el propio cuerpo, algo que en ese momento habría preferido que no ocurriese. Intentar algo nuevo, algo que nadie había hecho nunca que ella supiera, requeriría llevarlo a cabo lenta y cuidadosamente, pero por una vez estaba deseosa de librarse de la Fuente. Encauzó con decisión y eficiencia flujos de Energía y los tejió con igual actitud.
El aire rieló en el centro de la tienda junto con el tejido, desdibujando el otro lado tras una especie de neblina. Si lo había hecho bien, acababa de crear un lugar en el que el interior de su tienda era tan similar a su reflejo en el Tel’aran’rhiod que no existiría diferencia entre ambos. Uno de ellos era el otro. Sólo había un modo de comprobarlo.
Se cargó al hombro las alforjas, cogió el hatillo bajo un brazo y pasó a través del tejido cortando al punto el contacto con el saidar.
Estaba en el Tel’aran’rhiod. Sólo necesitó ver que las lámparas que habían estado encendidas ya no ardían y, sin embargo, existía otra clase de luz. Las cosas cambiaban levemente de una ojeada a la siguiente: la palangana, uno de los arcones. Estaba en el Tel’aran’rhiod en persona. No notó ninguna diferencia a cuando entraba allí en un sueño.
Salió al exterior. La luna, creciente en tres cuartas partes, brillaba sobre las tiendas, entre las que no ardía ninguna lumbre ni se movía nadie, sobre una Cairhien que parecía extrañamente distante y envuelta en sombras. Sólo quedaba el problema de llegar a Salidar. Había meditado sobre eso. Mucho dependía de si tenía control suficiente estando en persona como cuando formaba parte del Mundo de los Sueños.
Centrándose mentalmente en lo que iba a encontrar, rodeó la tienda y sonrió. Allí estaba Bela, la yegua greñuda y de baja alzada que había montado para salir de Dos Ríos lo que le parecía toda una vida atrás. No era más que una Bela soñada, pero la resistente yegua agitó la cabeza arriba y abajo y relinchó al verla.
Egwene soltó los bultos que cargaba y rodeó el cuello del animal con sus brazos.
—También yo me alegro de verte de nuevo —susurró. Aquel oscuro y límpido ojo que la miraba era de Bela, por muy reflejo que fuese la yegua.
Bela llevaba la silla de arzón alto que también había imaginado, normalmente cómoda para largos viajes, pero no blanda. Egwene la miró con recelo, preguntándose qué aspecto tendría estando acolchada, y entonces se le ocurrió una idea. Se podía cambiar cualquier cosa en el Tel’aran’rhiod si se sabía cómo hacerlo, incluso a uno mismo. Si tenía suficiente control estando allí en persona para hacer aparecer a Bela… Egwene se concentró en sí misma.
Sonriendo, sujetó las alforjas y el hatillo detrás de la silla y montó, arrellanándose cómodamente.
—Esto no es hacer trampas —le dijo a la yegua—. No esperarán que cabalgue todo el camino hasta Salidar con las nalgas doloridas y la piel ardiendo. —Bueno, pensándolo bien, quizá sí lo esperaban. A pesar de ello, con corazón de Aiel o sin él, todo tenía un límite. Hizo dar media vuelta a Bela y taloneó suavemente los flancos del animal—. He de ir lo más rápido posible, así que tendrás que correr como el viento.