—¡Luz, pequeña! ¿Ya?
Nadie hizo el menor caso a la reverencia de Nildra ni al gesto de mártir de la mujer al irse.
—Nunca lo habríamos imaginado —dijo Anaiya mientras cogía los brazos de Egwene al tiempo que le sonreía afectuosamente—. Tan pronto no. Bienvenida, pequeña. Bienvenida.
—¿Se han producido efectos secundarios? —demandó Morvrin. No se había levantado de la silla, como tampoco Carlinya ni la joven Aes Sedai, pero la hermana Marrón estaba inclinada hacia adelante, interesada. Las batas de las demás eran de seda en diferentes colores, algunas incluso con brocados o bordados; la suya era de lisa lana marrón aunque parecía suave y bien tejida—. ¿Sientes algún cambio después de la experiencia? La Luz sabe que disponíamos de muy pocos datos y, francamente, me sorprende que haya funcionado.
—Tendremos que probarlo para decidir hasta qué punto funciona bien. —Beonin hizo una pausa para tomar un sorbo de té y después soltó la taza y el platillo sobre una mesa auxiliar destartalada. La taza y el platillo no hacían juego; claro que ninguna pieza del mobiliario era igual a otra y en su mayor parte estaban tan desvencijadas como la pequeña mesa—. Si hubiera efectos secundarios se nos puede tratar con la Curación y se acabó.
Egwene se apartó con premura de Anaiya y dejó sus pertenencias junto a la puerta.
—No, estoy muy bien, de veras. —Quizá debería haber vacilado un poco al contestar; Anaiya podría haberla curado sin pedirle permiso. Sin embargo, eso habría sido hacer trampa y no cumplir su toh.
—Tiene un aspecto muy saludable, desde luego —comentó fríamente Carlinya. Llevaba muy corto el cabello, con los oscuros rizos cubriendo apenas las orejas; así que no era simplemente uno de los cambios experimentados por la Aes Sedai en el Tel’aran’rhiod. Vestía de blanco, naturalmente; hasta los bordados eran de ese color—. Si es preciso, podemos llamar a una de las Amarillas después y que le haga una revisión a fondo para estar seguras.
—Oh, vamos, dale un respiro para que se recupere —rió Myrelle. Los bordados de exuberantes flores amarillas y rojas cubrían de tal modo su bata que apenas se veía el color verde de la tela—. Acaba de recorrer mil leguas en una noche. En unas horas.
—No disponéis de tiempo para darle un respiro —intervino con firmeza la joven Aes Sedai. Realmente parecía fuera de lugar en aquella reunión, con su vestido amarillo con acuchilladuras azules en la falda y el bajo escote redondo con bordados azules. Eso y el hecho de ser la única a la que podía calcularse una edad—. Cuando amanezca, la Antecámara se apiñará a su alrededor. Si no está preparada, Romanda la destripará como a una gorda carpa.
Egwene estaba boquiabierta. Esa voz no sólo tenía el mismo tono, sino que hablaba de la misma forma y con los mismos giros.
—¡Sois Siuan Sanche! ¡No, es imposible!
—Oh, vaya si lo es —manifestó secamente Anaiya al tiempo que asestaba a la mujer joven una mirada de resignación.
Tenía que ser verdad —ellas lo habían dicho— pero Egwene casi no pudo creerlo ni siquiera cuando Sheriam se lo explicó. ¿Que Nynaeve había curado la neutralización? ¿Que haber sido neutralizada era la razón de que Siuan no pareciera mayor que la propia Nynaeve? Siuan había sido siempre una estricta y exigente mujer de rostro curtido y corazón no menos endurecido, no esta joven bonita de aterciopeladas mejillas y boca casi delicada.
Egwene no apartó la vista de Siuan mientras Sheriam hablaba. Aquellos azules ojos eran los mismos, sin embargo. ¿Cómo podía haber contemplado esa mirada lo bastante firme para clavar puntas con ella y no haberse dado cuenta? En fin, los demás rasgos del rostro eran justificación de sobra en este caso. Pero Siuan también había sido fuerte con el Poder. Lo primero que se hacía con una joven capaz de encauzar era una prueba para ver lo fuerte que podría ser, pero no una vez que ya había adquirido esa fuerza. Egwene sabía ahora lo suficiente para calibrar a otra mujer en cuestión de segundos. Sheriam era indiscutiblemente la más fuerte de las que estaban en la sala, aparte de ella misma, y Myrelle iba a continuación, aunque no resultaba fácil asegurarlo; todas las demás tenían un potencial muy parecido, a excepción de Siuan. Era la más débil por un margen bastante amplio.
—En verdad éste es el descubrimiento más notable de Nynaeve —abundó Myrelle—. La Amarillas están investigando lo que hizo, obteniendo resultados sorprendentes, pero fue ella quien lo empezó. Siéntate, pequeña. Es una historia muy larga para escucharla de pie.
—Prefiero seguir así, gracias. —Egwene echó un vistazo a la silla de respaldo recto y asiento de madera que Myrelle le indicaba y contuvo un escalofrío a duras penas—. ¿Y Elayne? ¿También se encuentra bien? Quiero saberlo todo sobre las dos. —¿El descubrimiento más notable de Nynaeve? Eso significaba que había más de uno. Por lo visto se había retrasado durante su estancia con las Sabias; iba a tener que correr para alcanzarlas. Ahora creía que se lo permitirían. No la habrían recibido de un modo tan afectuoso si tuvieran intención de expulsarla como castigo, cubierta de vergüenza. No había hecho reverencias ni las había llamado Aes Sedai una sola vez —más porque no había tenido oportunidad de hacerlo que por otra razón; la actitud desafiante no era modo de enfrentarse a estas mujeres—, y aun así nadie le había llamado la atención. Quizá no lo sabían, después de todo. Pero entonces ¿por qué la convocatoria?
—Oh, está bien, salvo por un pequeño problema que ella y Nynaeve tienen con las ollas en este momento —empezó Sheriam, pero Siuan la interrumpió ásperamente:
—¿Por qué charláis por los codos como estúpidas muchachitas? Es demasiado tarde para tener miedo de seguir adelante con esto. Ya se ha puesto en marcha; vosotras lo empezasteis: O lo termináis o Romanda os pondrá a secar al sol a todas junto con esta chica, y Delana, Faiselle y el resto de la Antecámara estarán con ella para ayudarla a estiraros bien.
Sheriam y Myrelle se volvieron para mirarla casi al mismo tiempo. Todas las Aes Sedai lo hicieron, en el caso de Morvrin y Carlinya girándose sobre las sillas. Los fríos ojos Aes Sedai la contemplaron intensamente desde unos fríos rostros Aes Sedai.
Al principio Siuan sostuvo aquellas miradas con otra desafiante y tan Aes Sedai como las suyas aunque aparentemente mucho más joven. Después agachó ligeramente la cabeza y los colores tiñeron sus pómulos. Se levantó de la silla, gacha la vista.
—Hablé sin reflexionar —murmuró suavemente.
Empero, sus ojos no cambiaron un ápice; puede que las Aes Sedai no lo advirtieran, pero Egwene sí se percató. Con todo, no era una reacción propia de la Siuan que conocía. La muchacha también cayó en la cuenta de que no tenía ni idea de lo que se estaba cociendo allí. No sólo porque Siuan actuara como si fuera una malva; después de presionarla, claro. Eso era lo de menos. ¿Qué habían empezado? ¿Por qué las pondrían a secar al sol si no lo terminaban?
Las Aes Sedai intercambiaron miradas tan indescifrables como podía esperarse de estas mujeres. Morvrin fue la primera en asentir con la cabeza.
—Se te ha llamado por una razón muy específica, Egwene —anunció solemnemente Sheriam.
El corazón de la joven se puso a latir más deprisa. No sabían lo que había hecho. No lo sabían. Entonces ¿qué?
—Vas a ser la próxima Sede Amyrlin —concluyó Sheriam.
35
En la Antecámara de las Asentadas
Egwene miró de hito en hito a Sheriam mientras se preguntaba si se esperaba de ella que se echara a reír. A lo mejor durante el tiempo pasado con los Aiel se le había olvidado qué se entendía por humor entre las Aes Sedai. Sheriam le sostenía firmemente la mirada con aquel semblante intemporal, imperturbable, los almendrados ojos verdes sin parpadear. Egwene volvió la vista hacia las otras. Siete rostros inexpresivos, sólo aguardando. El de Siuan parecía apuntar un atisbo de sonrisa, pero la mueca podía ser muy bien la curva natural de sus labios. La titilante luz de las lámparas otorgó de repente una apariencia extraña e inhumana a los rasgos faciales de las mujeres.