Egwene respiró hondo y se volvió hacia la expectante muchedumbre.
—En honor a este día, vengo a decretar que todas las Aceptadas y novicias quedan eximidas de sanciones y castigos. —Esta dispensa era tradicional y sólo provocó gritos de alegría en muchachas vestidas de blanco y en unas cuantas Aceptadas que perdieron el control—. En honor a este día, vengo a decretar que Theodrin Dabei, Faolain Orande, Nynaeve al’Meara y Elayne Trakand quedan ascendidas a partir de este momento al chal, hermanas de derecho y Aes Sedai.
Aquello fue acogido con un silencio un tanto crítico y alguno que otro murmullo aquí y allí. No era conforme a la costumbre, ni mucho menos. Pero estaba dicho, y menos mal que por casualidad Morvrin había mencionado a Theodrin y a Faolain. Era hora de volver a lo que habían redactado para su discurso.
—Declaro este día jornada de fiesta y celebración. No se harán más trabajos que los absolutamente imprescindibles para el disfrute de la ocasión. Que la Luz brille sobre todos vosotros y que el Creador os cobije en su mano.
Las últimas palabras quedaron ahogadas en una tumultuosa aclamación que superó el tejido que propagaba su voz. Algunas personas empezaron a bailar en la calle en ese mismo momento a pesar de que apenas había espacio para moverse. La plataforma de Aire descendió quizás un poco más deprisa de como había subido. Las Asentadas la miraban fijamente cuando Egwene descendió de ella, y el brillo del saidar fue desapareciendo entre ellas casi antes de que la joven hubiese tocado el suelo.
Sheriam se adelantó con presteza para coger a Egwene del brazo y sonrió a las Asentadas, cuyos semblantes parecían tallados en piedra.
—He de mostrar su estudio a la Amyrlin. Disculpad.
Egwene no habría podido afirmar sin equivocarse que Sheriam la empujó al interior del edificio, aunque tampoco habría podido afirmar lo contrario. No creía que Sheriam tratara realmente de arrastrarla, pero por si acaso se recogió las faldas con la mano libre y avanzó a largos pasos.
Su estudio, contiguo a la sala de espera, resultó ser un poco más pequeño que su dormitorio, con dos ventanas, un escritorio, una silla de respaldo recto detrás de éste y otras dos colocadas delante. Nada más. Los paneles de las paredes, con marcas de carcoma, se habían encerado y pulido hasta darles un apagado brillo, pero el tablero de la mesa era bastante tosco. Había una alfombra con dibujos de flores cubriendo parte del suelo.
—Disculpadme si he sido brusca, madre —empezó Sheriam al tiempo que le soltaba el brazo—, pero pensé que debíamos hablar en privado antes de que lo hicieseis con cualquiera de las Asentadas. Todas contribuyeron a la redacción de vuestro discurso y…
—Sé que hice algunos cambios —la interrumpió Egwene con una radiante sonrisa—, pero me sentía como una idiota allí arriba, con tantas cosas que decir. —¿Así que todas habían colaborado en la redacción? No era de extrañar que le hubiese sonado como el discurso de una pomposa anciana incapaz de callarse. Casi se echó a reír—. En fin, dije lo que tenía que decir, la base de ello: que Elaida debe ser destituida y que los dirigiré en la consecución de ese fin.
—Sí, pero pueden surgir unas cuantas preguntas respecto a algunos de los otros… cambios —repuso lentamente Sheriam—. Theodrin y Faolain ciertamente serán ascendidas a Aes Sedai tan pronto como hayamos recobrado la Torre y la Vara Juratoria, y, muy probablemente, también Elayne. Pero Nynaeve sigue sin ser capaz de encender una vela a menos que antes se dé un tirón de la trenza mientras mira irritada a la gente.
—Ése es exactamente el punto que quería sacar a colación —dijo Romanda que entró sin llamar—. Madre —agregó tras una marcada pausa. Lelaine cerró la puerta tras ellas, casi en las narices de otras cuantas Asentadas.
—Me pareció necesario —manifestó Egwene, abriendo mucho los ojos—. Lo pensé anoche. Se me ha ascendido a Aes Sedai sin pasar la prueba y sin prestar los Tres Juramentos, y si era la única ello bastaría para hacerme destacar. Habiendo otras cuatro más, no resultaré una singularidad tan notable. Al menos, no para las gentes de aquí. Puede que Elaida trate de sacar provecho de ello cuando se entere, pero la mayoría de las personas saben muy poco sobre las Aes Sedai, y, en cualquier caso, no sabrán qué creer. Es la gente de aquí la que más importa. Ha de tener confianza en mí.
Cualquier otra persona que no fuera una Aes Sedai la habría mirado boquiabierta. En este caso, faltó poco para que Romanda echara espuma por la boca.
—Tal vez sea así —empezó, cortante, Lelaine al tiempo que daba un seco tirón a su chal azul, y después se quedó inmóvil. Nada de tal vez; era así. Peor aún, la Sede Amyrlin había decretado públicamente que esas mujeres eran Aes Sedai. La Antecámara tenía poder para mantenerlas como Aceptadas, o lo que quiera que fuesen Theodrin y Faolain en su caso, pero no podía borrar la memoria de la gente; y con ello no impediría que todo el mundo se enterase de que había actuado contra la Amyrlin su primer día de mandato. ¡Menuda confianza daría algo así!
—Espero, madre —dijo Romanda con voz tensa—, que la próxima vez consultaréis a la Antecámara antes de tomar una decisión. Ir contra la tradición puede traer consecuencias inesperadas.
—E ir contra la ley puede tener otras lamentables —abundó Lelaine sin andarse por las ramas, remachando la frase con un tardío «madre». Aquello era una estupidez o le faltaba poco. Las condiciones para ser ascendida a Aes Sedai estaban marcadas por la ley, cierto, pero la Amyrlin podía decretar casi cualquier cosa que deseara. Con todo, una Amyrlin sabia no echaba pulsos con la Antecámara si se podía evitar.
—Oh, consultaré en el futuro —les contestó con seriedad—. Pero me pareció lo más indicado que podía hacer. Por favor, si nos disculpáis, realmente he de hablar con la Guardiana.
Casi temblaban de rabia. Sus reverencias fueron breves y sus palabras de despedida perfectamente correctas en cuanto a las frases en sí, pero, en el caso de Romanda, pronunciadas entre dientes, y las de Lelaine tan aceradas que habrían podido cortar.
—Habéis llevado el asunto muy bien —opinó Sheriam cuando se hubieron ido. Parecía sorprendida—. Pero tenéis que recordar que la Antecámara puede ocasionar problemas a una Amyrlin. Una de las razones por las que soy vuestra Guardiana es para aconsejaros y alejaros de ese tipo de problemas. Deberíais preguntarme antes sobre cualquier decreto que queráis hacer. Y, si no estoy a mano, recurrid a Myrelle o Morvrin o las otras. Estamos aquí para ayudaros, madre.
—Entiendo, Sheriam. Prometo escuchar atentamente cualquier cosa que digáis. Me gustaría ver a Nynaeve y a Elayne, si es posible.
—Debería serlo —respondió la otra mujer, sonriente—, aunque quizá tenga que arrancar literalmente a Nynaeve de las manos de una Amarilla. Siuan va a venir para enseñaros todo lo relativo a la etiqueta en vuestra posición de Amyrlin, y no es poco lo que hay que aprender, pero le diré que acuda un poco más tarde.
Egwene se quedó mirando fijamente la puerta tras salir por ella Sheriam. Después se volvió y contempló la mesa. Absolutamente vacía de cualquier cosa. Ni un informe que leer, ni comunicados que examinar. Ni siquiera había pluma y tinta para escribir una nota y, mucho menos, un decreto. Y Siuan iba a venir a enseñarle etiqueta. Cuando sonó una tímida llamada a la puerta, seguía en la misma postura.
—Adelante —dijo, preguntándose si sería Siuan o quizás una sirvienta con un tentempié de pasteles de miel, cortados ya en convenientes trozos pequeños.
Nynaeve asomó la cabeza con vacilación, pero al momento entró al darle un empujón Elayne. La una al lado de la otra, hicieron una profunda reverencia extendiendo los blancos vestidos con las bandas de colores rematando el repulgo.
—Madre —murmuraron a la par.
—Por favor, no hagáis eso —instó Egwene. De hecho, fue más bien un gemido—. Sois las únicas amigas que tengo y si empezáis a… —¡Luz, estaba al borde de las lágrimas!