—Es un terrible secreto que guardar —musitó.
Las mejillas de Elayne enrojecieron. ¿Por qué, en nombre de la Luz…? ¡Ah, claro!
—Elayne, no tengo intención de preguntar sobre… nadie de quien supuestamente no sé nada.
La joven rubia dio un brinco.
—Yo… Quizá pueda hablar de ello. Después. Mañana. Quizá. Egwene, tienes que prometerme que no le contarás nada a nadie a no ser que te diga que puedes hacerlo. Veas lo que… veas.
—Si es lo que quieres. —Egwene no entendía por qué su amiga estaba tan agitada. De verdad que no. Elayne tenía un secreto que ella compartía, pero sólo porque lo había descubierto por casualidad, y desde entonces ambas habían fingido que Elayne seguía siendo la única que lo sabía. Elayne había conocido a Birgitte, la heroína legendaria, en el Tel’aran’rhiod; quizá todavía se reunía con ella allí. Un momento ¿qué era lo que Nynaeve había dicho? Que Birgitte estaba enterada de lo de Moghedien. ¿Se había referido a la mujer que aguardaba en el Tel’aran’rhiod a que la llamada del Cuerno de Valere la hiciera regresar al mundo? ¿Que Nynaeve compartía el secreto que Elayne se había negado a admitir ante ella incluso cuando la pilló in fraganti? No. No quería convertir esto en una tanda de acusaciones y desmentidos.
—Elayne, soy la Amyrlin, de verdad, y ya tengo planes. Las Sabias que encauzan ejecutan muchos de sus tejidos de manera diferente de las Aes Sedai. —Elayne estaba enterada de lo de las Sabias, aunque, ahora que lo pensaba, Egwene ignoraba si las Aes Sedai lo sabían también; mejor dicho, las otras Aes Sedai—. A veces lo que hacen es más complicado o más burdo, pero de vez en cuando es más sencillo de lo que nos han enseñado en la Torre y funciona igual de bien.
—¿Quieres que las Aes Sedai estudien con las Aiel? —Los labios de la heredera del trono se curvaron brevemente en una sonrisa divertida—. Egwene, jamás accederán a eso, ni aunque vivas un millar de años. Sin embargo, supongo que todas querrán hacer la prueba a las muchachas Aiel para convertirlas en novicias en el momento en que se enteren.
Egwene rebulló en los cojines, vacilante. Las Aes Sedai estudiando con las Sabias. ¿Como aprendizas? Eso no pasaría nunca, pero a Romanda y a Lelaine no les vendría mal aprender un poco del ji’e’toh. Y a Sheriam y a Myrelle y a… Encontró una forma más cómoda de sentarse y dejó de lado esas ideas absurdas.
—Dudo que las Sabias accedan a que las muchachas Aiel se hagan novicias. —Tal vez lo hubiesen hecho en otros tiempos, pero no ahora, desde luego. El trato de ahora era el más civilizado que Egwene esperaba de ellas hacia las Aes Sedai—. En lo que he pensado es en una especie de asociación. Elayne, hay menos de mil Aes Sedai. Si contamos las que quedan en el Yermo, creo que hay más Sabias que encauzan que Aes Sedai. Tal vez muchas más. En cualquier caso, no se les pasa por alto una sola joven que posea el don innato. —¿Cuántas mujeres habían muerto a este lado de la Pared del Dragón porque de repente pudieron encauzar, quizá sin darse cuenta en absoluto de lo que estaban haciendo y no tener a nadie que las enseñara?—. Quiero agrupar a más mujeres, Elayne. ¿Qué pasa con esas capacitadas para aprender pero a las que las Aes Sedai encontraron cuando ya se las consideraba demasiado mayores para convertirse en novicias? Pues yo digo que si quieren aprender hay que dejarles que lo intenten, aunque tengan cuarenta o cincuenta años o sus nietas tengan nietos.
Elayne rió con tantas ganas que se rodeó con los brazos, sujetándose los costados.
—Oh, Egwene, a las Aceptadas les «encantará» dar clase a unas novicias así.
—Pues tendrán que discurrir cómo hacerlo —repuso firmemente su amiga. No veía qué problema había en ello. Las Aes Sedai habían dicho siempre que una podía ser demasiado mayor para novicia, pero si esa mujer quería aprender… En realidad, ya habían cambiado de idea en parte; entre la multitud había visto rostros con más edad que Nynaeve sobre las ropas blancas de novicia—. La Torre ha sido siempre demasiado estricta en rechazar a la gente, Elayne. Si una no es bastante fuerte, la rechazan. Si se niega a pasar una prueba, la mandan a casa. Si falla una prueba, adiós. Deberían permitirles quedarse y aprender si ellas lo desean.
—Pero las pruebas son precisamente para asegurarse de que se es lo bastante fuerte —protestó Elayne—. No sólo en el Poder Único, sino como persona. Sin duda no querrás tener Aes Sedai que se vengan abajo en el momento en que se las someta a cierta presión, ¿verdad? O unas Aes Sedai apenas capaces de encauzar, ¿eh?
Egwene aspiró por la nariz sonoramente. A Sorilea la habrían echado de la Torre sin hacerle siquiera la prueba para Aceptada.
—Tal vez no puedan ser Aes Sedai, pero eso no significa que sean inútiles. Después de todo, se les da cierta instrucción para que manejen el Poder con discreción o de otro modo no les permitirían que abandonaran Tar Valon. Mi sueño es que todas las mujeres que pueden encauzar estén conectadas con la Torre de algún modo. Hasta la última.
—¿Las Detectoras de Vientos? —Elayne se encogió cuando Egwene asintió.
—No las has traicionado, Elayne. Me resulta increíble que hayan podido guardar su secreto durante tanto tiempo.
—En fin, lo hecho, hecho está. —La heredera del trono suspiró con fuerza—. No se puede volver a meter la miel en el panal, como dice Lini. Sin embargo, si a tus Aiel se les dan ciertas prerrogativas, las mujeres de los Marinos deberían tenerlas también. Que sean las Detectoras de Vientos quienes enseñen a sus jóvenes. Ninguna Atha’an Miere deberá ser llevada a la Torre por las Aes Sedai, se pongan como se pongan.
—Trato hecho. —Egwene se escupió la palma de la mano y se la tendió a su amiga. Al cabo de un momento, ésta escupió en la suya y sonrió cuando se las estrecharon para cerrar el trato.
La sonrisa se desdibujó poco a poco.
—¿Tiene esto algo que ver con la amnistía de Rand, Egwene?
—En parte. Elayne, ¿cómo puede ese hombre ser tan…?
No había modo de terminar la frase y tampoco necesitaba contestación. La otra joven asintió con una cierta tristeza, ya fuera con comprensión o mostrando su acuerdo o ambas cosas.
La puerta se abrió y apareció una mujer corpulenta vestida con ropas de lana oscura; llevaba una bandeja en las manos con tres copas de plata y una jarra de vino de cuello largo, también de plata. Su rostro estaba ajado, como el de una campesina, pero sus oscuros ojos relucieron al observar a Egwene y a Elayne alternativamente. Egwene sólo dispuso de un momento para extrañarse de que la mujer llevara un ajustado collar de plata, en contraste con su sencillo y oscuro vestido, antes de que Nynaeve entrara tras ella y cerrara la puerta. Debía de haber corrido como el viento, porque había encontrado tiempo para cambiarse el vestido de Aceptada por otro de seda azul oscuro, bordado con volutas doradas en el cuello y en el repulgo. El escote no era tan bajo como los que Berelain lucía, pero aun así bastante más de lo que habría esperado ver en Nynaeve.
—Ésta es «Marigan» —dijo la antigua Zahorí mientras hacía un movimiento con la cabeza y se echaba la trenza sobre el hombro con la fácil soltura de la práctica. Su anillo de la Gran Serpiente brillaba en su mano derecha.
Egwene iba a preguntar por qué pronunciaba el nombre de la mujer con énfasis, pero de pronto se dio cuenta de que el collar de «Marigan» hacía juego con el brazalete que llevaba Nynaeve en la muñeca. No pudo evitar observarla de hito en hito. Desde luego, la mujer no tenía ni mucho menos el aspecto que uno esperaría que tuviese una Renegada. Así lo dijo, y Nynaeve se echó a reír.
—Observa, Egwene.
Ésta hizo algo más que observar; faltó poco para que se levantara de un salto y abrazó el saidar. No bien acababa de hablar Nynaeve, el fulgor dorado envolvió a «Marigan». Sólo fue durante un instante, pero antes de que se apagara, la mujer del sencillo vestido de lana experimentó un cambio absoluto. De hecho, fueron cambios muy pequeños, pero en conjunto hicieron una mujer distinta, atractiva más que hermosa aunque ni por asomo ajada; una mujer que era orgullosa, incluso regia. Sólo los ojos continuaron igual, relucientes, pero por mucho que la mirada fuera huidiza a Egwene no le costó admitir que ésta era Moghedien.