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Ya había empezado a contraatacar el creciente poder de al’Thor. Además de los emisarios a los dirigentes, había enviado hombres a Tarabon y Arad Doman; unos pocos hombres en busca de los oídos adecuados en los que susurrar que todos sus problemas podían achacarse a los partidarios del Dragón, esos necios y Amigos Siniestros que se habían declarado a favor de al’Thor. Y podían achacarse asimismo a la Torre Blanca. Ya llegaban muchos rumores de Tarabon respecto a Aes Sedai involucradas en la lucha; rumores que prepararían los oídos de los hombres para que escucharan la verdad. Ahora era el momento de poner en marcha la siguiente fase de su nuevo plan, de señalar a los indecisos que nadaban entre dos aguas qué bando elegir. Tiempo. ¡Tenía tan poco! Con todo, no pudo menos de sonreír. Hubo quienes, ahora ya muertos, dijeron una vez: «Cuando Niall sonríe, va a lanzarse sobre la yugular».

—Altara y Murandy van a sufrir una plaga de partidarios del Dragón.

La estancia tenía la apariencia de una sala de estar de un palacio, con el abovedado techo de escayola ornamentado, las alfombras de exquisita manufactura sobre el suelo de baldosas blancas, y los paneles de las paredes profusamente trabajados, aunque distaba mucho de ser un palacio. En realidad distaba mucho de cualquier cosa y de cualquier lugar en el sentido en que la mayoría de los humanos podría entender. El vestido de seda bermeja de Mesaana hizo frufrú cuando se desplazó alrededor de una mesa con incrustaciones de lapislázuli, en la que se entretenía colocando fichas de dominó de marfil en hileras con las que formaba una compleja torre, cada nivel más ancho que el inmediato inferior. Se preciaba de hacer esto merced al mero conocimiento de puntos de tensión y apalancamiento, no con la ayuda del Poder. La torre tenía ya nueve niveles.

En realidad, más que entretenerse lo que hacía era eludir la conversación con sus compañeros. Semirhage estaba sentada en un sillón de respaldo alto, tapizado en rojo, haciendo una labor; los largos y delgados dedos daban minúsculas puntadas con destreza para crear un complejo dibujo de florecillas. No dejaba de sorprenderle que a esa mujer le gustase una actividad tan… corriente. Su vestido negro marcaba un fuerte contraste con el sillón. Ni siquiera Demandred se atrevía a sugerirle en su cara que vestía de negro tan a menudo porque Lanfear llevaba ropas blancas.

Por enésima vez, Mesaana intentó analizar por qué se sentía tan incómoda en presencia de la otra mujer. Mesaana conocía muy bien sus puntos fuertes y sus debilidades, tanto en el Poder como en cualquier otro terreno. Estaba bastante a la par con Semirhage en casi todos los aspectos, y, si había en algunos que no, contaba con otras facetas fuertes contra las debilidades de Semirhage. No era por tal razón. Semirhage disfrutaba siendo cruel, sentía un puro placer en infligir dolor, pero sin duda no era ése el problema. Mesaana podía ser cruel cuando la ocasión lo requería y le importaba poco lo que Semirhage hacía a otros. Tenía que haber un motivo, pero no era capaz de descifrarlo.

Irritada, colocó otra ficha de dominó y la torre se vino abajo con un ruidoso repiqueteo, desperdigando fichas de marfil por el suelo. Mesaana chasqueó la lengua y le dio la espalda a la mesa mientras se cruzaba de brazos.

—¿Dónde está Demandred? Hace diecisiete días que se fue a Shayol Ghul, pero hasta ahora no nos ha informado que hay un mensaje y después no aparece.

Ella había estado en la Fosa de la Perdición dos veces en ese tiempo; había realizado aquel recorrido que destrozaba los nervios, con los colmillos pétreos rozándole el cabello. Y todo para encontrar únicamente a un Myrddraal extraordinariamente alto que se negaba a hablar. La Perforación estaba allí, por supuesto, pero el Gran Señor no había respondido. No se quedó mucho tiempo ninguna de las dos veces. Había creído que estaba más allá del miedo, al menos de la clase que inspiraba la mirada de un Semihombre, pero por dos veces la impasible mirada sin ojos del Myrddraal había conseguido que se marchara a un paso vivo que sólo un férreo autocontrol evitó que se convirtiera en una carrera. Si encauzar allí no hubiese sido un modo seguro de morir, habría destruido al Semihombre o habría salido de la Fosa utilizando el Talento conocido como Viaje.

—¿Dónde está? —repitió.

Semirhage levantó la vista de la labor; los oscuros ojos en su semblante suavemente moreno no parpadearon. Después dejó la labor a un lado y se incorporó con grácil agilidad.

—Llegará cuando sea —manifestó calmosamente. Su sosiego, al igual que su elegante gracia, era un rasgo siempre presente en ella—. Si no quieres esperar, vete entonces.

De manera inconsciente, Mesaana se irguió hasta casi ponerse de puntillas, pero aun así tuvo que alzar la cabeza para mirarla. Semirhage era más alta que la mayoría de los hombres, pero estaba tan bien proporcionada que no se reparaba en ese detalle hasta que se plantaba delante de uno, mirando hacia abajo.

—¿Que me vaya? Es lo que pienso hacer, y Demandred puede…

No hubo advertencia, por supuesto. Nunca la había cuando un hombre encauzaba. Una brillante línea vertical apareció en el aire y después se ensanchó lo suficiente para que Demandred cruzara el acceso; el recién llegado saludó con un gesto de cabeza a cada una de ellas. Iba vestido de gris oscuro, con un encaje pálido en el cuello; se adaptaba bien a las modas y tejidos de la Era presente.

Su perfil, de nariz aguileña, era bastante atractivo, aunque no exactamente del estilo que hace que el corazón de todas las mujeres palpite con más fuerza. En cierto sentido, esos «casi» y «no del todo» eran la historia de la vida de Demandred. Había tenido la desgracia de nacer un día después que Lews Therin Telamon, que se convertiría en el Dragón, mientras que Barid Bel Medar, como se llamaba entonces, pasó años igualando casi los logros de Therin, pero no igualando del todo su fama. Sin Lews Therin habría sido el hombre más aclamado de la Era. De haber sido designado como líder en lugar de serlo el hombre al que consideraba intelectualmente inferior a él, un necio excesivamente cauto que demasiado a menudo se las ingeniaba para evitar el desastre arañando un poco de suerte, ¿se encontraría hoy aquí? En fin, eso sólo eran conjeturas inútiles, aunque no era la primera vez que Mesaana se las hacía. No, lo importante era que Demandred despreciaba al Dragón, y ahora que el Dragón había renacido había transferido todo ese desprecio íntegro.

—¿Por qué…?

Demandred levantó una mano.

—Vamos a esperar hasta que estemos todos, Mesaana, y así no tendré que repetirme.

La Renegada percibió el primer fluido del saidar un instante antes de que la brillante línea apareciese y se convirtiera en un acceso. Graendal salió, por una vez sin la compañía de servidores medio desnudos, y dejó que la abertura se desvaneciera con tanta rapidez como Demandred había hecho un poco antes. Era una mujer rolliza, con el cabello rubio rojizo peinado en complejos rizos. De algún modo se las había arreglado para encontrar camalina para el vestido de cuello alto; de cuello alto, pero, en consonancia con su naturaleza, el tejido era transparente como niebla. A veces Mesaana se preguntaba si Graendal prestaba realmente atención a lo que no fuera sus placeres sensuales.

—Me preguntaba si estaríais aquí —dijo frívolamente la recién llegada—. Los tres habéis sido tan reservados… —Soltó una alegre risa, algo estúpida. No, sería un craso error juzgar a Graendal por lo que parecía a simple vista. La mayoría de los que la habían tomado por una necia llevaban muertos mucho tiempo, víctimas de la mujer de la que habían hecho caso omiso.

—¿Va a venir Sammael? —preguntó Demandred.

—Oh, no se fía de ti —contestó Graendal mientras agitaba displicentemente una mano repleta de anillos—. Creo que ya no se fía de nadie. —La camalina se oscureció, semejando una niebla encubridora—. Está reuniendo y situando a sus ejércitos en Illian, quejándose de no disponer de lanzas de descarga para equipar a las tropas. Y, cuando no se dedica a eso, está buscando angreal o sa’angreal utilizables. Algo que tenga una fuerza decente, se entiende.