—Más de las que imaginé que vería. —Vanin volvió a escupir—. Entré en el pueblo a pie y había rostros Aes Sedai por todas partes. Doscientas o trescientas, tal vez. Puede que cuatrocientas. No quería llamar la atención por ir contando. —Antes de que Mat tuviese tiempo de recobrarse de esta impresión, el explorador soltó otra información conmocionante—. También tienen un ejército, principalmente acampado en el norte. Más hombres de los que están a vuestro mando. Quizás el doble.
Talmanes, Nalesean y Daerid se habían acercado mientras tanto, sudorosos y espantando moscas y bitemes a manotazos.
—¿Lo habéis oído? —preguntó Mat, a lo que respondieron con graves asentimientos de cabeza. Todo eso de su suerte en la batalla estaba muy bien, pero verse superados en dos a uno, con cientos de Aes Sedai tomando parte en la fiesta, podía resultar demasiado por mucho que le sonriera la fortuna—. Bien. No estamos aquí para luchar —les recordó, aunque las caras largas no desaparecieron. Para ser sincero, su comentario tampoco lo hizo sentirse mejor. Lo que contaba era si las Aes Sedai querían que ese ejército suyo luchara o no. La decisión era de ellas.
—Que la Compañía se prepare para un ataque —ordenó—. Despejad todo el terreno que podáis y utilizad los troncos para levantar barricadas. —Talmanes torció el gesto casi tanto como Nalesean; les gustaba estar montados y moviéndose cuando combatían—. Pensad una cosa: quizás haya Guardianes vigilándonos en este momento. —Le sorprendió ver que Vanin asentía con un cabeceo y echaba una ojeada hacia la derecha de un modo elocuente—. Si nos ven preparándonos para defendernos, entonces es evidente que no nos proponemos atacar. Tal vez baste para que decidan dejarnos en paz y, si no es así, al menos estaremos preparados. —Lo juicioso de tal decisión por fin les entró en la cabeza, a Talmanes antes que a Nalesean. Daerid había estado asintiendo desde el principio.
—¿Qué te propones hacer, entonces? —inquirió Nalesean al tiempo que se atusaba la untada barba—. ¿Quedarte sentado y esperar a que vengan?
—Eso es exactamente lo que vais a hacer vosotros —respondió Mat. «¡Maldito Rand y su quizá cincuenta Aes Sedai! ¡Así se abrasen él y su imponte un poco, intimídalas!». Esperar allí mismo hasta que alguien saliera del pueblo para preguntar quiénes eran y qué querían parecía una buena idea. Nada del tirón del ta’veren esta vez. Si había una batalla tendría que venir a él, porque no estaba dispuesto a caer en eso como un tonto.
—¿Están en esa dirección? —preguntó Aviendha mientras señalaba. Sin esperar respuesta, se acomodó el hatillo a la espalda y echó a andar hacia el oeste.
Mat la siguió con la mirada. Condenada Aiel. Probablemente algún Guardián intentaría cogerla también y el tipo acabaría sin cabeza. Bueno, tal vez no, siendo como eran los Guardianes; si Aviendha trataba de clavarle el cuchillo a uno de ellos, podría salir herida. Además, si lograba llegar hasta Elayne y se enzarzaba con ella por Rand tirándole del pelo o, peor aún, hincándole el cuchillo… La Aiel se alejaba a rápidas zancadas, casi trotando, ansiosa por llegar a Salidar. ¡Rayos y centellas!
—Talmanes, te quedas con el mando hasta que yo regrese, pero no mováis ni un dedo a menos que alguien lance un ataque abierto contra la Compañía. Estos cuatro te pondrán al corriente de la situación. Vanin, tú vienes conmigo. Olver, quédate cerca de Daerid por si necesita mandar algún mensaje. Puedes enseñarle a jugar a zorros y serpientes —añadió al tiempo que dedicaba una sonrisa a Daerid—. Me ha dicho que le gustaría aprender.
El aludido se quedó boquiabierto, pero Mat se puso en camino sin esperar más. Estaría bonito si acababa entrando en Salidar arrastrado por un Guardián y con un buen chichón en la cabeza. ¿Cómo reducir la posibilidad de que ocurriera eso? Los estandartes atrajeron su mirada.
—Tú quédate aquí —le dijo al canoso portaestandarte. Después se dirigió a los otros—. Vosotros dos, acompañadme. Y mantened esas cosas plegadas.
Su extraño y reducido grupo alcanzó a Aviendha enseguida. Si había algo que convenciera a los Guardianes para dejarlos seguir adelante sin ponerles impedimentos, un vistazo bastaría. No había amenaza en una mujer y cuatro hombres que, obviamente, no hacían nada para pasar inadvertidos y que llevaban dos banderas. Echó una ojeada a los portaestandartes del segundo escuadrón. A pesar de que seguía sin haber un soplo de brisa, los hombres llevaban las enseñas agarradas contra los astiles. Sus rostros estaban tensos. Sólo un necio querría que, mientras iba al encuentro de un montón de Aes Sedai, un repentino golpe de viento hiciera ondear aquellas telas.
Aviendha lo miró de reojo y después trató de quitarle el pie del estribo.
—Súbeme —ordenó secamente.
En nombre de la Luz, ¿por qué quería ahora ir a caballo? En fin, no estaba dispuesto a que la Aiel intentara encaramarse a toda costa y seguramente derribarlo en el proceso; había presenciado un par de veces cómo montaban los Aiel. Tras dar un manotazo a otra mosca, se inclinó y la cogió de la mano.
—Agárrate —dijo y la aupó a la grupa del animal, soltando un gruñido por el esfuerzo. Aviendha era casi tan alta como él y pesaba como un cebón—. Rodéame la cintura con un brazo y no te caerás. —Ella se limitó a mirarlo y se giró torpemente hasta ponerse a horcajadas, con la falda levantada hasta las rodillas y sin que enseñar las piernas de ese modo le importara lo más mínimo. Las tenía bonitas, pero él nunca volvería a tener relaciones con una Aiel aunque, como era el caso, no estuviese loca por Rand.
—El chico, Olver —habló a su espalda poco después—. ¿Los Shaido mataron a su padre?
Mat asintió sin volverse para mirarla. ¿Vería siquiera a un Guardián antes de que fuera demasiado tarde? Encabezando la marcha, Vanin cabalgaba hundido en la silla como siempre, cual un sudoroso saco, pero su vista era muy aguda.
—¿Su madre murió de hambre? —preguntó Aviendha.
—De eso o quizá de una enfermedad. —Los Guardianes llevaban aquellas capas que se fundían con cualquier entorno. Uno podía pasar junto a cualquiera de ellos sin verlo—. Olver no fue muy claro en ese punto y no quise insistirle. Él mismo la enterró. ¿Por qué lo quieres saber? ¿Crees estar en deuda con él puesto que perdió a su familia a manos de unos Aiel?
—¿En deuda con él? —Parecía sobresaltada—. No maté a ninguno de los dos y, aunque lo hubiese hecho, eran Asesinos del Árbol. ¿Cómo iba a tener toh? —Sin hacer una pausa continuó como si estuviese hablando del mismo tema—: No lo cuidas adecuadamente, Mat Cauthon. Sé que los hombres no saben nada sobre niños, pero es demasiado joven para pasarse el día entero entre varones adultos.
Entonces sí que Mat volvió la cabeza para mirarla. La joven se había quitado el pañuelo ceñido a la frente y se pasaba afanosamente un peine de piedra verde pulida por el rojizo cabello. Esa tarea parecía requerir toda su atención; aparte de no caerse del caballo. También se había puesto un collar de plata minuciosamente trabajado, así como un ancho brazalete de marfil tallado.
Mat sacudió la cabeza y volvió a escudriñar el bosque a su alrededor. Aiel o no, todas eran iguales en ciertos aspectos. «Si está llegando el fin del mundo, una mujer querrá tener tiempo para arreglarse el cabello. Y aún encontrará un momento para reprocharle a un hombre algo que ha hecho mal». Aquella idea habría bastado para causarle risa si no hubiese estado tan ocupado preguntándose si los Guardianes estarían vigilándolo en ese mismo momento.