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»Estoy enterado de lo de su ejército, pero yo también tengo uno. Si está tan loca como para pensar que puede arrebatarle la Torre a Elaida… En fin, seguramente no se arriesgará a tener bajas sólo para lograr reteneros a las tres aquí. Tú abres el acceso, Egwene, y os tendré en Caemlyn sanas y salvas mañana o, todo lo más tarde, pasado mañana, y estas dementes pueden correr de cabeza a su muerte a manos de Elaida si es lo que quieren. Quizás haya más que deseen acompañaros. Es imposible que todas estén locas. Rand está dispuesto a ofrecerles asilo bajo su protección. Una reverencia, un simple juramento de fidelidad y se ocupará de impedir que Elaida exhiba sus cabezas en picas en Tar Valon. No pueden pedir más. ¿Y bien? ¿No tenéis nada que decir? —Que él viera, ni siquiera pestañearon. Bastaría con un simple «gracias, Mat». Pero, no. Ni una palabra. Ni un parpadeo.

Una tímida llamada a la puerta precedió la entrada de una novicia, una bonita muchacha de ojos verdes que hizo una profunda reverencia, los ojos muy abiertos en una expresión de maravillado asombro.

—Me envían para ver si queréis algo, madre. Para el… el general, quiero decir. Vino o… o…

—No, Tabitha. —Egwene sacó la estola rayada de debajo del sombrero y se la puso en los hombros—. Deseo hablar un poco más con el «general» Cauthon en privado. Dile a Sheriam que la llamaré dentro de un rato para consultarla.

—Cierra la boca, Mat, antes de que te entren moscas —dijo Nynaeve con un tono de profunda satisfacción.

39

Surgen nuevas posibilidades

Egwene observó a Mat mientras se ajustaba la estola. Esperaba verlo reaccionar como un oso acorralado, pero estaba sudoroso y como si hubiese recibido un mazazo en la cabeza. Habría querido preguntarle muchas cosas —¿Cómo se había enterado Rand de la existencia de Salidar? ¿Cómo demonios sabía que había descubierto el Viaje? ¿Quién se creía que era para decirle lo que tenía que hacer?— pero decidió no plantearlas. Mat y su Compañía de la Mano Roja suscitaban un montón de ideas que no dejaban de darle vueltas en la cabeza. Quizá Rand había puesto en sus manos lo que era como un regalo caído del cielo.

—¿Te importa desocupar mi silla? —pidió en voz queda. Confiaba en que Mat hubiese advertido que no sudaba, como tampoco Elayne ni Nynaeve; en fin, ésta no mucho. Siuan les había revelado el truco, algo que no tenía nada que ver con el Poder, sino simplemente con concentrarse de cierto modo. Nynaeve, no era de extrañar, se había puesto furiosa porque Siuan no se lo hubiese enseñado antes, pero la antigua Amyrlin se limitó a responder tranquilamente que era algo exclusivo para Aes Sedai, no para Aceptadas. Hasta ahora Egwene se las había ingeniado para no traslucir lo que pensaba cuando había hermanas cerca, y un rostro sereno y fresco en lugar de otro sudoroso parecía influir un tanto en su actitud hacia ella. Al menos de algunas. De modo que, con Mat, tendría que hacer maravillas. Si es que dejaba de mirar sin ver y se fijaba—. Mat, mi silla, por favor.

Mat dio un respingo y después se levantó y se apartó a un lado, mirando alternativamente a Elayne, a Nynaeve y a ella sin decir palabra, como si fueran una especie de rompecabezas. Bueno, en realidad Nynaeve y Elayne lo observaban a él del mismo modo aunque, desde luego, con mayor motivo.

Egwene sacudió el polvo de los cojines antes de colocarlos de nuevo en el asiento mientras dedicaba un pensamiento afectuoso a Chesa. Después de dos días ya no los necesitaba realmente, pero o renunciaba al baño o aceptaba los cojines hasta que no quedara en su cuerpo rastro alguno de cardenales. Chesa los quitaría si se lo ordenaba; con rostro sudoroso o seco, era la Amyrlin, ante quien reyes y reinas se inclinaban aunque ninguno lo hubiese hecho todavía; quien haría juzgar y ejecutar a Elaida a no tardar y arreglaría las cosas nefastas acontecidas en la Torre Blanca y, por ende, en el mundo. Sí, Chesa los quitaría; y le lanzaría unas miradas tan dolidas y llenas de reproche por no permitirle cuidar de ella, que era mucho mejor dejar los cojines donde estaban.

Se acomodó y juntó las manos, apoyándolas sobre la mesa.

—Mat —empezó, pero él la interrumpió de inmediato.

—Esto es realmente una locura ¿sabes? —manifestó sosegadamente, sin levantar la voz pero con mucha firmeza—. Acabarás sin cabeza, Egwene. Todas vosotras. De… ca… pi… ta… das.

—Mat —repitió más firmemente, pero él continuó como si no la hubiese oído.

—Escucha, aún estás a tiempo de escapar de todo esto. Si te consideran la Amyrlin, puedes acompañarme para… pasar revista a la Compañía, pongamos por caso. Abres un acceso y nos habremos marchado antes de que esta pandilla de lunáticas con la cabeza a pájaros tengan tiempo de parpadear.

Nynaeve había comprobado que el Poder no surtía efecto en él, pero se las había visto con hombres recalcitrantes mucho antes de aprender a encauzar. Al tiempo que gruñía entre dientes un «¿calentarme el trasero?», que Egwene imaginó se suponía no tendría que haberlo oído nadie, la antigua Zahorí se remangó las faldas y atizó una patada tremenda a Mat justo en sus posaderas, con tal ímpetu que el joven fue trastabillando todo el trecho hasta la pared antes de recuperar el equilibrio. Elayne soltó una carcajada y la reprimió de inmediato, pero sus hombros se agitaban y los ojos relucían con regocijo.

Egwene se mordió el labio inferior para no echarse a reír también, porque la escena era verdaderamente cómica. Mat giró despacio la cabeza para mirar a Nynaeve, los ojos muy abiertos en una expresión indignada y ultrajada. Después frunció el ceño y, dando tirones a la chaqueta desabrochada como para colocársela bien, caminó lentamente hacia ella. Y lo hizo lentamente porque cojeaba. Egwene se tapó la boca. Reírse sería lo peor que podía hacer en este momento.

Nynaeve adoptó una actitud erguida y severa. De repente se le ocurrieron varias cosas. Puede que estuviese lo bastante furiosa para encauzar, pero aparentemente el saidar era inútil con él. Mat era alto para la media de los hombres de Dos Ríos, bastante más alto que ella y bastante más fuerte; y, decididamente, en sus ojos había un brillo peligroso. Nynaeve lanzó una rápida mirada a Egwene al tiempo que se alisaba los pliegues de la falda, procurando mantener el gesto severo. Mat se aproximó, con una expresión tormentosa en el rostro. Otra rápida ojeada, en la que ya había un atisbo de preocupación, antes de retroceder un corto paso.

—Mat —dijo Egwene en tono sosegado. Él no se detuvo—. Mat, déjate de payasadas y atiéndeme. Estás en un buen aprieto, pero podría sacarte de él si atiendes a razones.

Por fin se detuvo. Tras asestar una mirada feroz a Nynaeve y sacudir el índice en un gesto admonitorio, le dio la espalda y apoyó los puños en la mesa.

—¿Que yo estoy en un buen aprieto? ¡Egwene, has saltado desde un árbol hacia la madriguera de un oso y crees que todo marcha bien porque aún no has aterrizado en ella!

Ella le sonrió sosegadamente.

—Mat, aquí, en Salidar, no hay muchos que tengan buena opinión de los seguidores del Dragón. Lord Bryne no, desde luego, ni sus soldados. Nos han llegado algunas noticias muy alarmantes. Y otras en verdad pavorosas.

—¡Seguidores del Dragón! —chilló él—. ¿Qué tienen que ver conmigo? ¡No soy un puñetero seguidor del Dragón!

—Pues claro que lo eres, Mat. —Lo dijo como si fuera lo más obvio del mundo. Y lo era, si uno lo pensaba—. Vas allí donde Rand te manda. ¿Qué otra cosa eres sino un seguidor del Dragón? Sin embargo, si me haces caso, puedo impedirles que pongan tu cabeza en una pica. A decir verdad, no creo que lord Bryne utilizase una pica, porque siempre está protestando de no tener bastantes, pero no me cabe la menor duda de que acabaría ocurriéndosele algo.