Mat Cauthon miró a las otras dos mujeres y Egwene apretó fuertemente los labios un momento. No se había andado con rodeos, pero Mat parecía no tener la más mínima idea de lo que estaba hablando. Elayne le contestó con una tensa sonrisa y un contundente cabeceo. No entendía muy bien adónde quería ir a parar Egwene, pero se daba perfecta cuenta de que no hablaba por hablar. Nynaeve, todavía esforzándose por mantener un gesto severo y tirando fuertemente de la trenza, se limitó a asestarle una mirada fulminante, pero tal vez eso era incluso mejor. Aunque empezaba a sudar; cuando Nynaeve se ponía furiosa perdía la concentración.
—Ahora escúchame tú, Egwene —dijo Mat, y ella pensó que quizá ninguna de esas respuestas había sido suficiente. Mat se las arregló para combinar un tono razonable con un dejo de superioridad de lo más ofensivo—. Si quieres llamarte Amyrlin, puedes hacerlo. Rand te recibirá con los brazos abiertos en Caemlyn aunque no le lleves a todas esas Aes Sedai, pero sé que estaría contentísimo si lo hicieras. Sean cuales sean tus problemas con Elaida, él los resolverá. Esa mujer sabe que es el Dragón Renacido. Luz, tienes que recordar su carta. Diantre, tendrás tu Torre Blanca recompuesta en menos que canta un gallo. Nada de batallas. Nada de derramamiento de sangre. Sabes perfectamente que no quieres derramamiento de sangre, Egwene.
No, no lo quería. Si se llegaba a una lucha cruenta entre Salidar y Tar Valon, sería difícil unificar de nuevo la Torre. Si se derramaba sangre Aes Sedai, sería imposible. Con todo, Elaida tenía que ser depuesta y Egwene haría lo que tuviera que hacer. Sólo que no le gustaba. Y tampoco le gustaba que Mat le dijera que lo sabía, sobre todo porque tenía razón. Y aun menos le gustaba que empleara ese tono. Tuvo que hacer un denodado esfuerzo por mantener quietas las manos sobre la mesa. Habría querido levantarse y abofetearlo.
—Trate como trate con Rand —manifestó fríamente—, puedes estar seguro de que no será llevando Aes Sedai a jurar fidelidad ni a él ni a ningún hombre. —Sin acaloramiento ni discusión; exponiendo unos simples hechos con tranquilidad—. Y cómo me encargo de Elaida es asunto mío, no os concierne a ninguno de vosotros. Si tienes un poco de sentido común, Mat, mantendrás la boca cerrada mientras permanezcas en Salidar e irás con pies de plomo. Empieza a decir a otras Aes Sedai lo que Rand va a hacer tan pronto como se arrodillen ante él, y puede que no te gusten las respuestas que recibas. Habla de llevarme contigo, o a Nynaeve o a Elayne, y serás muy afortunado de no acabar ensartado en una espada.
Mat se irguió bruscamente, con aire desafiante.
—Volveré a hablar contigo cuando estés dispuesta a atender a razones, Egwene. ¿Está Thom Merrilin por aquí?
La Amyrlin respondió con un seco cabeceo. ¿Qué quería de Thom? Seguramente empaparlo en vino. Bueno, pues lo tenía difícil si buscaba una taberna allí.
—Cuando atiendas a razones —repitió sombríamente él y se encaminó a largas zancadas, y renqueando, hacia la puerta.
—Mat —llamó Elayne—. Yo que tú no intentaría marcharme. Entrar en Salidar es mucho más fácil que salir.
Mat le lanzó una sonrisa insolente y, del modo en que la miró de arriba abajo, tuvo suerte de que no le atizara un tortazo lo bastante fuerte para soltarle los dientes.
—A ti, mi exquisita dama, voy a llevarte a Caemlyn aunque para ello tenga que atarte en un fardo que entregaré a Rand, y así me aspen si no lo hago. Y me marcharé cuando me dé la jodida gana. —Su reverencia fue burlona, tanto para Elayne como para Egwene. Nynaeve sólo recibió otra mirada fulminante y otro gesto admonitorio con el índice.
—¿Cómo puede tener Rand como amigo a un patán tan despreciable e insufrible? —preguntó Elayne a nadie en particular antes de que la puerta se hubiese cerrado del todo tras él.
—Desde luego su lenguaje no puede ser más vulgar —rezongó, iracunda, Nynaeve al tiempo que movía la cabeza para echarse la trenza hacia atrás. Egwene supuso que su amiga tenía miedo de arrancársela de un tirón si no la ponía fuera de su alcance.
—Tendría que haberle dejado hacer lo que quería, Nynaeve. Debes recordar que ahora eres Aes Sedai. No puedes ir por ahí dando patadas a la gente ni propinando bofetadas ni pinchándola con un palo. —La antigua Zahorí la miró fijamente, abriendo y cerrando la boca, y sus mejillas enrojecieron por momentos. Elayne se puso a mirar atentamente la alfombra, como si fuera lo más interesante del mundo.
Egwene suspiró, dobló la estola rayada y la dejó a un extremo de la mesa. Era su modo de recordar a Elayne y a Nynaeve que estaban solas; a veces la prenda hacía que empezaran a hablar a la Sede Amyrlin en lugar de a Egwene al’Vere. Como siempre, el truco funcionó. Nynaeve respiró profundamente.
Antes de que pudiese decir nada, sin embargo, Elayne se le anticipó:
—¿Te propones unirlos a él y a su Compañía de la Mano Roja con Gareth Bryne?
Egwene sacudió la cabeza. Los Guardianes habían informado que había seis o siete mil hombres en la Compañía de Mat, más de los que había visto en Cairhien, y era un número considerable aunque ni de lejos tanto como habían afirmado los dos hombres capturados; no obstante, los soldados de Bryne no verían con buenos ojos la colaboración con seguidores del Dragón. Además, tenía sus propios planes, que empezó a explicar mientras sus amigas acercaban las otras sillas a la mesa. Se parecía mucho a sentarse en una cocina para charlar. Retiró un poco más la estola.
—Es brillante. —La sonrisa de Elayne revelaba que decía lo que sentía. Claro que Elayne hablaba siempre sin tapujos—. Tampoco creía que lo otro fuera a funcionar, pero esto es realmente brillante, de veras.
Nynaeve resopló con irritación.
—¿Y qué te hace pensar que Mat te seguirá el juego? Es de los que metería un palo entre los radios de una rueda sólo por divertirse.
—Porque creo que hizo una promesa —respondió llanamente Egwene, a lo que Nynaeve asintió. Despacio, a regañadientes, pero asintió. Elayne, ni que decir tiene, parecía confundida; ella no conocía a Mat—. Elayne, Mat hace exactamente lo que le place. Siempre lo ha hecho.
—Por muchos nabos que tuviera que pelar en castigo o por muchos varejonazos que recibiera —rezongó Nynaeve.
—Sí, ése es Mat. —Egwene suspiró. Había sido el chico más irresponsable de Campo de Emond, puede que de Dos Ríos—. Pero, si da su palabra, la cumple. Y creo que ha prometido a Rand llevarte a Caemlyn, Elayne. Te habrás fijado que claudicó respecto a mí… lo hizo, en cierto sentido…, pero en tu caso no cedió un ápice. Me parece que tratará de estar tan cerca de ti como si fuera tu bolsita del cinturón. Pero no le dejaremos que te vea siquiera a menos que haga lo que queremos. —Hizo una breve pausa—. Elayne, si quieres ir con él, adelante. Con Rand, quiero decir. Tan pronto como hayamos sacado todo el provecho posible de Mat y de su Compañía.
Elayne sacudió la cabeza sin vacilación, pero con gran firmeza.
—No, Ebou Dar es demasiado importante. —Aquélla había sido una victoria obtenida sorprendentemente con una mera sugerencia. Elayne y Nynaeve iban a reunirse con Merilille en la corte de Tylin—. Al menos, si es cierto que se mantiene cerca de mí, dispondré de unos días para estudiar el ter’angreal que lleva. Tiene que ser eso, Egwene. No hay ninguna otra explicación.
Egwene estaba totalmente de acuerdo. Había intentado envolverlo en Aire para inmovilizarlo en el sitio y así enseñarle a quién trataba de mangonear, pero los flujos, al tocarlo, se habían disuelto. Era el único término para describirlo: se desvanecieron allí donde lo rozaron. Todavía sentía la impresión de ese momento, al recordarlo, y de pronto advirtió que no era la única que estaba alisando una falda que no lo necesitaba.
—Podríamos encargar a unos Guardianes que lo registraran y le vaciaran los bolsillos. —El tono de Nynaeve ponía de manifiesto lo mucho que le complacía esa idea—. Veríamos qué tal le sentaba eso a maese Mat Cauthon.