Todos los ojos fueron hacia Mesaana, quien hizo una profunda inhalación. Cualquiera de ellos habría dado… en fin, casi cualquier cosa por un angreal o sa’angreal apropiado. Todos eran más fuertes que cualquiera de esas criaturas medio instruidas que en la actualidad se llamaban a sí mismas Aes Sedai, pero si un número suficiente de aquellas chiquillas a medio entrenar se coaligaban entre sí podían aplastarlos a todos ellos. Salvo por que, naturalmente, ya no recordaban cómo hacerlo; y tampoco disponían de los medios para llevarlo a cabo, en cualquier caso. Para los varones se necesitaba una coligación superior a trece, y para más de uno haría falta superar las veintisiete. En realidad, esas chiquillas —las mayores le parecían niñas; había vivido más de trescientos años, aparte del tiempo encerrada en la Perforación, y sólo se la consideraba una mujer de mediana edad—, esas muchachitas no representaban un peligro real, pero ello no aminoraba el deseo de los allí presentes de contar con angreal o, mejor aún, los más poderosos sa’angreal. Con aquellas reliquias de su propia Era podrían encauzar cantidades de Poder que de otro modo los abrasaría hasta reducirlos a cenizas. Cualquiera de los Elegidos arriesgaría mucho con tal de conseguir uno de esos preciados objetos. Pero no todo. No sin que hubiese verdadera necesidad. Empero, tal circunstancia no atenuaba el deseo.
De manera automática, Mesaana adoptó un tono aleccionador:
—La Torre Blanca tiene ahora centinelas y salvaguardas en los cuartos de seguridad, además de que se cuenta todo cuatro veces cada día. La Gran Reserva, en la Ciudadela de Tear, también está protegida con una salvaguarda, algo muy peligroso que me habría inmovilizado firmemente si hubiese intentado atravesarlo o deshacerlo. No creo que se pueda destejer salvo por quien lo dispuso, y hasta entonces es una trampa para cualquier mujer capaz de encauzar.
—Un revoltijo polvoriento de basura inútil, según tengo entendido —adujo Demandred con desdén—. Los tearianos recogieron cualquier cosa relacionada con el Poder, aunque sólo fuese un rumor.
Mesaana sospechaba que el hombre sabía más de lo que daba a entender y que no estaba basado únicamente en rumores. También sospechaba que había igualmente una trampa para varones en la Gran Reserva o, en caso contrario, a aquellas alturas Demandred tendría su sa’angreal y haría mucho que habría arremetido contra Rand al’Thor.
—Sin duda tiene que haber algunos en Cairhien y Rhuidean; pero, aun en el caso de que no toparas con al’Thor, esos dos lugares están llenos de mujeres que encauzan.
—Muchachas ignorantes —resopló desdeñosamente Graendal.
—Si una pinche de cocina te clava un cuchillo en la espalda, ¿estarás por eso menos muerta que si caes en un duelo sha’je en Qal? —replicó Semirhage.
—Cierto —convino Mesaana—. Y ello sólo deja lo que quiera que pueda haber enterrado en antiguas ruinas u olvidado en un desván. Si quieres confiar en encontrar algo por casualidad, hazlo, pero yo no. A no ser que alguien conozca el paradero de una cámara estática. —En esta última frase hubo cierto timbre de acritud. Las cámaras estáticas tendrían que haber subsistido al Desmembramiento del Mundo, pero lo más probable es que dicho cataclismo las hubiese sumergido en el fondo de algún océano o enterrado bajo montañas. Era muy poco lo que quedaba del mundo que habían conocido aparte de unos cuantos nombres y leyendas.
—Siempre pensé que tendrías que haber sido maestra —dijo Graendal, toda mieles y sonrisas—. Oh, discúlpame. Lo olvidé.
El semblante de Mesaana se ensombreció. El primer paso en su camino hacia el Gran Señor lo dio cuando le fue negado un puesto en el Collam Daan, tantos años atrás. No apta para la investigación, le dijeron, pero podía seguir enseñando. Y eso fue lo que hizo ¡hasta que halló el modo de darles a todos una lección!
—Aún estoy esperando oír lo que el Gran Señor ha dicho —murmuró Semirhage.
—Sí. ¿Tenemos que matar a al’Thor? —Mesaana advirtió que tenía las manos crispadas agarrándose la falda y aflojó los dedos. Qué extraño. Jamás permitía que nadie la sacara de quicio—. Si todo va bien, dentro de dos meses, tres como mucho, se encontrará donde podré llegar a él sin peligro, y estando indefenso.
—¿Donde podrás llegar a él sin peligro? —Graendal enarcó una ceja en un gesto socarrón—. ¿Dónde has montado tu guarida? Bah, no importa. A pesar de su planteamiento básico, es tan buen plan como cualquiera de los que he oído últimamente.
Demandred permaneció callado, inmóvil, observándolas. A Graendal no; sólo a Semirhage y a ella. Cuando por fin habló, casi para sí mismo, se dirigió a las dos:
—Cuando pienso en la encumbrada posición que habéis alcanzado una y otra no puedo menos de maravillarme. ¿Cuánto es lo que sabe el Gran Señor y desde cuándo? ¿Cuánto de lo que ha ocurrido ha sido por designio suyo desde el principio? —No había respuesta para esas preguntas. Finalmente, manifestó—: Así que queréis saber lo que me dijo el Gran Señor, ¿no? Muy bien, os lo contaré, pero todo quedará entre nosotros, en secreto. Puesto que Sammael prefiere mantener las distancias no se lo hará partícipe de nada. Ni a los otros, estén vivos o muertos. La primera parte del mensaje del Gran Señor era sencilla: «Dejad que el Señor del Caos gobierne», fueron sus palabras exactas.
Las comisuras de sus labios se torcieron levemente, una mueca lo más parecida a la sonrisa que Mesaana había visto en él. A continuación les contó el resto.
Mesaana se encontró tiritando sin saber si era por la excitación o por el miedo. Podía resultar; podía ponerlo todo en sus manos con sólo extenderlas, como quien coge una fruta madura al caer. Pero se necesitaba suerte, y jugarse algo al azar la ponía nerviosa. Demandred era el jugador. Tenía razón en algo: Lews Therin había forjado su propia suerte como se acuña una moneda. En opinión de Mesaana, Rand al’Thor había hecho lo mismo hasta el momento.
A menos que… A menos que el Gran Señor tuviese otro plan aparte del que había revelado. Y eso la asustaba más que cualquier otra posibilidad.
Un espejo con marco dorado reflejaba la estancia, los inquietantes dibujos de mosaicos en las paredes, los muebles dorados, las finas alfombras, los otros espejos y los tapices. Una estancia palaciega sin una sola ventana… ni una puerta. El espejo reflejaba una mujer vestida con un atuendo rojo oscuro que paseaba de un lado a otro de la habitación, con una combinación de rabia e incredulidad en su bello semblante. Todavía incredulidad. También reflejaba el rostro del observador, y ése le interesó mucho más que el de la mujer. No pudo evitar tocarse la nariz, la boca y las mejillas por centésima vez para asegurarse de que eran reales. No era un rostro joven, pero sí más que aquel que tenía cuando despertó del largo sueño y todas sus interminables pesadillas. Eran rasgos corrientes y vulgares, y él siempre había detestado ser corriente y vulgar. Identificó el sonido en su garganta como una risa en ciernes, una risita nerviosa, y la reprimió. No estaba loco. A despecho de todo, no lo estaba.
Se le había dado un nombre durante este segundo y mucho más horrendo sueño antes de que despertase con ese rostro y ese cuerpo: Osan’gar. Un nombre dado por una voz que conocía y que no osaba desobedecer. Su antiguo nombre, dado con menosprecio y adoptado con orgullo, había desaparecido para siempre. La voz de su señor había hablado y lo había decidido así. La mujer era Aran’gar, y quien había sido ya no era.
Qué interesante elección la de esos nombres. Osan’gar y Aran’gar eran las dagas de mano izquierda y mano derecha en un estilo de duelo que fue fugazmente popular al principio en aquel largo período desde que la Perforación se realizó hasta el comienzo de la Guerra del Poder. Sus recuerdos eran fragmentados, imprecisos —se había perdido mucho durante el largo sueño, y también durante el corto— pero eso sí lo recordaba. La popularidad de este tipo de duelo había sido breve porque casi inevitablemente los dos duelistas morían. Las cuchillas de las dagas estaban impregnadas de un veneno de efecto lento.