Выбрать главу

Moghedien parecía ansiosa, desesperada, por colaborar, sobre todo desde que Siuan les había enseñado el truco para hacer caso omiso del calor. Por lo visto la Renegada había mentido a Nynaeve y a Elayne respecto a eso. Para convencer a Egwene de que no considerara aquello como «una mentira» sobre la que le había advertido, la mujer se había postrado de rodillas, sollozando y suplicando, con los dientes castañeteándole, y había besado el repulgo de sus faldas. Ansiosa o no por colaborar, la intensidad de su terror había alcanzado nuevas cotas, y el constante y nauseabundo chaparrón de terror gimoteante resultó ser simplemente excesivo. En contra de su intención, el brazalete del a’dam descansaba ahora en el fondo de la bolsita del cinturón de Elayne. Se lo habría entregado a Nynaeve —y contenta de librarse de él— pero estar pasándose unas a otras esa cosa delante de terceras personas acabaría levantando comentarios antes o después.

Alejando de su mente esas ideas, advirtió a su amiga:

—Nynaeve, quizá te convendría evitar a Mat hasta que se le pase el malhumor. —No tenía la certeza de que Mat pretendiera realmente llevar a cabo su amenaza; pero, si había alguien capaz de incitarlo a hacerlo, ésa era Nynaeve; y después de algo así no habría modo de convencerla a ella—. O al menos asegúrate de que haya mucha gente cerca cuando hables con él. Creo que unos cuantos Guardianes sería lo más indicado.

Nynaeve abrió la boca, pero un instante después volvía a cerrarla; sus mejillas palidecieron ligeramente mientras la mujer tragaba saliva. Había entendido a lo que se refería Egwene.

—Sí. Sí, creo que será lo mejor, madre.

Sheriam observó cómo se cerraba la puerta; tenía un ligero ceño que no desapareció cuando se volvió hacia Egwene.

—¿Hubo palabras duras, madre?

—Sólo las que uno puede esperar cuando viejos amigos se encuentran después de mucho tiempo. Nynaeve recuerda a Mat como un bribonzuelo, pero él ya no tiene diez años y se ha dado por ofendido. —Obligadas por el Juramento que prohibía mentir, las Aes Sedai habían hecho de la verdad a medias, de la verdad a una cuarta parte y de la verdad sobrentendida todo un arte. Un arte muy útil, en opinión de Egwene. En especial con las Aes Sedai. Los Tres Juramentos no le hacían ningún favor a nadie, y a las Aes Sedai a quienes menos.

—A veces cuesta trabajo recordar que la gente cambia. —Tomando asiento en una silla sin ser invitada a hacerlo, Sheriam se arregló con cuidado la falda azul—. Imagino que quienquiera que tenga el mando de los seguidores del Dragón envió al joven Mat con un mensaje de Rand al’Thor, ¿no? Confío en que no dijeseis nada que pueda interpretarse como una promesa, madre. Un ejército de seguidores del Dragón a quince kilómetros de distancia nos coloca en una situación delicada que nos trastorna. No sería de mucha ayuda que su comandante crea que incumplimos promesas.

Egwene observó atentamente a la otra mujer un momento. Nada trastornaba a Sheriam. Al menos, no lo dejaba entrever. Sabía mucho sobre Mat, así como otras cuantas hermanas de Salidar. ¿Serviría eso para empujarlo en la dirección correcta o lo haría salir corriendo? «Mat para después —se dijo firmemente—. Y Sheriam ahora».

—¿Queréis, por favor, pedir a alguien que traiga un poco de té, Sheriam? Tengo un poco de sed.

El semblante de la otra mujer sólo reflejó una leve alteración, una mera tensión alrededor de los rasgados ojos, tan ligera que apenas malogró su aparente serenidad. Egwene casi podía ver la pregunta que pugnaba por salir de sus labios, sin embargo. ¿Qué le había dicho a Mat que no quería hablar de ello? ¿Qué promesas había hecho de las que Sheriam tendría que salvarla sin perder terreno a favor de Romanda o de Lelaine?

No obstante, Sheriam se limitó a decir unas breves palabras a alguien que había fuera y, cuando tomó de nuevo asiento, Egwene no le dio oportunidad de abrir la boca. Por el contrario, le disparó entre ceja y ceja, por decirlo de algún modo.

—Al parecer Mat es el comandante, Sheriam, y, en cierto modo, el ejército es el mensaje. Por lo visto a Rand le gustaría que todas acudiéramos ante él en Caemlyn. Se mencionó algo sobre juramentos de fidelidad.

Sheriam levantó bruscamente la cabeza, abriendo mucho los ojos, aunque su gesto se debió sólo en parte a una reacción ofendida. Había también un atisbo de… En fin, en cualquier otra persona que no fuera una Aes Sedai, Egwene lo habría llamado miedo. De ser así, resultaba muy comprensible. Si había prometido tal cosa —al fin y al cabo eran del mismo pueblo; uno de los puntos que la hacía «útil» como Amyrlin era que había crecido con Rand— sería como haberse caído en un pozo sin fondo del que no podrían salir. Se correría la voz por mucho que Sheriam hiciese; algunas de las Asentadas podrían muy bien echarle la culpa a ella o utilizarlo como un pretexto.

Romanda y Lelaine no eran las únicas Asentadas que habían prevenido a Egwene respecto a seguir los consejos de Sheriam sin antes consultar con la Antecámara. En realidad, Delana era la única que realmente parecía apoyar plenamente a Sheriam, pero también le había aconsejado que prestara oídos a Romanda y a Lelaine, como si de verdad fuera posible ir en tres direcciones distintas a la vez. E, incluso si podía arreglarse la situación con la Antecámara, una vez que la noticia de esa promesa y su retirada le llegara a Rand, les sería diez veces más difícil manejarlo. Cien veces.

Egwene esperó a que los labios de Sheriam se entreabrieran y de nuevo se le anticipó:

—Le contesté que era ridículo, por supuesto.

—Por supuesto. —La voz de Sheriam no era tan firme como antes. Estupendo.

—Pero tenéis razón. La situación es delicada. Qué lástima. Vuestro consejo sobre cómo tratar con Romanda y Lelaine era bueno, pero no creo que acrecentar los preparativos para movernos sea suficiente ahora.

Romanda la había acorralado y le había dado una charla con actitud severa respecto a que el apresuramiento conducía al desastre; el ejército de Gareth Bryne debía incrementarse, hacerse lo bastante grande para que la mera noticia de su magnitud intimidara a Elaida. Y, por cierto, Romanda no pudo hacer más hincapié en recalcarle de nuevo que había que llamar de vuelta a las embajadas enviadas a los dirigentes; no debía permitirse que nadie salvo las Aes Sedai supiera más sobre los problemas en la Torre que lo inevitable.

A Lelaine le importaban bastante poco el ejército de lord Bryne y los gobernantes —eran intrascendentes— aunque sí le aconsejó prudencia y paciencia. Los contactos adecuados con las Aes Sedai de la Torre a buen seguro darían resultados positivos; Elaida sería destituida de la Sede Amyrlin y Egwene ocuparía el cargo de tal modo que nadie, salvo una pocas hermanas, sabría nunca con seguridad lo que realmente había pasado. Con el tiempo, el hecho de que la Torre Blanca hubiese estado dividida una vez pasaría a considerarse un simple chisme de campesinos.

Tal vez podría haber funcionado si hubiesen tenido tiempo suficiente. Y si quedarse esperando no diera a Elaida la misma oportunidad para captar hermanas de aquí hacia su bando.

La otra diferencia entre Romanda y Lelaine había sido que ésta lo había dicho todo con una sonrisa; una sonrisa muy apropiada para una novicia o Aceptada predilecta de la que se sintiera muy orgullosa. El redescubrimiento del Viaje hecho por Egwene había causado muchas sonrisas en Aes Sedai, aunque sólo un puñado era lo bastante fuerte para crear un acceso lo suficientemente grande para pasar una mano a través de él y la mayoría ni siquiera eso. Romanda quería utilizar accesos para coger la Vara Juratoria y otros objetos —Egwene no sabía cuáles exactamente— de la Torre, para así poder hacer verdaderas Aes Sedai en Salidar mientras privaban a Elaida de la posibilidad de hacer lo mismo; sin duda Egwene deseaba ser una verdadera Aes Sedai. Lelaine se mostró de acuerdo con esto último, pero no en lo de utilizar accesos en la Torre Blanca; había muchas posibilidades de que la detectaran y si las que estaban en la Torre aprendían el Viaje entonces ellas perderían la gran ventaja que poseían. Esos puntos habían tenido mucho peso en la opinión de la Antecámara, cosa que no le hizo pizca de gracia a Romanda.