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Las cinco tenían los labios prietos ostensiblemente, pero Elayne hizo caso omiso de la tensión reinante.

—Gracias —dijo con una sonrisa que no sentía.

Aviendha se cargó a la espalda un oscuro hatillo, pero vaciló hasta que Elayne le pidió que la siguiera.

—Te pido disculpas por eso —empezó la heredera del trono una vez que estuvieron en la calle—. Me ocuparé de que no vuelva a pasar. —Estaba segura de que podría conseguirlo; al menos, Egwene sí—. Me temo que no hay muchos sitios donde hablar en privado. En mi cuarto hace mucho calor a esta hora del día. Podemos buscar alguna sombra o tomar un poco de té, si es que no te han llenado a reventar ya.

—En tu cuarto. —No fue exactamente cortante, pero resultaba obvio que Aviendha no quería hablar todavía. Inesperadamente corrió hacia un carro que pasaba lleno con leña y cogió una rama que habría que cortar para utilizarla en las chimeneas, más larga que su brazo y más gruesa que su pulgar. Se reunió de nuevo con Elayne y empezó a pelar la rama con el cuchillo; la afilada hoja cortó las menudas ramificaciones como una cuchilla de afeitar. El gesto de dolor había desaparecido de su semblante, que ahora reflejaba una firme determinación.

Elayne la observó de reojo mientras caminaban. No podía creer que Aviendha quisiera hacerle daño, dijera lo que dijese el patán de Mat Cauthon. Claro que… Sabía muy poco sobre el ji’e’toh; Aviendha les había explicado algo cuando estuvieron juntas en la Ciudadela. Quizá Rand había dicho o hecho algo. Quizás aquel complejísimo laberinto de honor y obligación requería que Aviendha… No, no parecía posible. Pero, tal vez…

Cuando llegaron a su habitación Elayne decidió adelantarse y sacar el tema. Se puso frente a la otra mujer, sin abrazar el saidar de manera deliberada.

—Mat asegura que has venido aquí para matarme —dijo.

Aviendha parpadeó.

—Los habitantes de las tierras húmedas entienden todo al revés —comentó, sin salir de su asombro. Soltó el palo a los pies de la cama de Nynaeve y dejó el cuchillo al lado con todo cuidado—. Mi medio hermana, Egwene, me pidió que vigilara a Rand al’Thor por ti, cosa que prometí hacer. —El hatillo y el chal fueron a parar al suelo, junto a la puerta—. Tengo toh con ella, pero es mucho mayor el que tengo contigo. —Se desató las lazadas de la blusa, se la sacó por la cabeza y después se bajó la camisola hasta la cintura—. Amo a Rand al’Thor y una vez me permití yacer con él. Tengo toh y te pido que me ayudes a cumplirlo. —Se volvió de espaldas y se arrodilló en el reducido espacio libre—. Puedes usar el palo o el cuchillo, como quieras; el toh es mío, pero la elección te corresponde a ti. —Alzó la barbilla, estirando el cuello. Tenía los ojos cerrados—. Sea cual sea tu elección, la acepto.

Elayne creyó que las rodillas le iban a fallar. Min había dicho que la tercera mujer sería peligrosa, pero ¿Aviendha? «¡Un momento! Dijo que ella… ¡Con Rand!» Su mano hizo intención de ir hacia el cuchillo dejado sobre la cama, y Elayne se cruzó de brazos para sujetarse las manos.

—Levántate. Y ponte la blusa. No voy a golpearte… —¿Sólo unos pocos vergajazos? Apretó los brazos para dejar quietas las manos donde estaban—… y por supuesto no pienso tocar ese cuchillo. Por favor, quítalo de ahí. —Debería entregárselo ella misma, pero no estaba segura de ser capaz de tocar el arma en ese momento y no hacer una locura—. No tienes toh conmigo. —Creía que ésa era la fórmula correcta—. Amo a Rand, pero no me importa que tú lo ames también. —La mentira le quemaba la lengua. ¿Aviendha se había acostado con él?

La Aiel giró sobre sus rodillas y frunció el entrecejo.

—No estoy segura de entenderlo. ¿Me estás proponiendo que lo compartamos? Elayne, somos amigas, creo, pero tenemos que ser primeras hermanas si vamos a ser hermanas conyugales. Llevará tiempo saber si podemos ser eso.

Dándose cuenta de que estaba boquiabierta, Elayne cerró la boca.

—Sí, supongo que sí —musitó débilmente. Min no dejaba de repetir que lo compartirían, pero ¡ciertamente no de ese modo! ¡Hasta la idea resultaba indecente!—. Es un poco más complicado de lo que imaginas. Hay otra mujer que también lo ama.

Aviendha se puso de pie tan rápidamente que dio la impresión de estar en un instante en un sitio y al siguiente en el otro.

—¿Cómo se llama? —Sus verdes ojos echaban chispas, y la joven tenía empuñado el cuchillo.

Elayne casi se echó a reír. «Hace un momento hablaba de compartir y ahora está tan furiosa como… como… Como yo —terminó, en absoluto complacida con la idea. Esto podría haber sido mucho peor. Podría haberse tratado de Berelain. Puesto que tenía que haber alguien más, podía muy bien ser Aviendha—. Y también yo podría enfrentarme a la situación y aceptarla en lugar de tener una pataleta como una niñita mimada». Se sentó en la cama y entrelazó las manos sobre el regazo.

—Enfunda esa arma y siéntate, Aviendha. Y, por favor, ponte la blusa. Tengo mucho que contarte. Hay una mujer, amiga mía, mi medio hermana, llamada Min…

Aviendha se vistió, pero pasó un buen rato antes de que se sentara, y bastante rato más antes de que Elayne la convenciese de que no debían aunar fuerzas para liquidar a Min. Al menos, accedió a esto último.

—He de conocerla —dijo finalmente la Aiel—. No lo compartiré con una mujer a la que no pueda querer como una primera hermana. —Habló mientras miraba escrutadoramente a Elayne, que suspiró.

Aviendha estaba dispuesta a considerar el compartirlo con ella. Min ya había asumido compartirlo. ¿Es que era ella la única normal de las tres? Según el mapa que guardaba debajo del colchón, Min llegaría pronto a Caemlyn o quizá ya estaba allí. Ignoraba lo que quería que pasara en la capital de Andor; lo único que sabía con certeza era que deseaba que Min utilizara su don para ayudarlo. Lo que significaba que Min tendría que estar cerca de él. Y, mientras tanto, ella viajaría a Ebou Dar.

—¿Hay algo fácil en la vida, Aviendha?

—No cuando hay hombres involucrados.

Elayne no supo qué la sorprendió más, si encontrarse de repente riendo o que lo hiciera Aviendha.

41

Una amenaza

Cruzando Caemlyn a caballo, despacio, bajo un sol de justicia a media mañana, Min realmente vio muy poco de la ciudad. Apenas reparó en la gente y en las sillas de mano, carretas y carruajes que abarrotaban las calles salvo para guiar a su yegua castaña a fin de sortearlos. Siempre había soñado con vivir en una gran urbe y viajar a lugares exóticos, pero ese día las espectaculares torres cubiertas con tejas relucientes y las fascinantes vistas que surgían a medida que la calle rodeaba una colina casi le pasaron inadvertidas. Grupos de Aiel caminando entre la muchedumbre, que dejaba un hueco despejado a su alrededor, atrajeron algo más su atención, así como las patrullas de jinetes de nariz aguileña y a menudo con barba, pero sólo porque le recordaron los rumores que habían empezado a oír estando todavía en Murandy. Merana se había puesto furiosa a causa de esas historias y también por la evidencia, en forma de restos calcinados, de la presencia de seguidores del Dragón con que habían topado en dos ocasiones; sin embargo Min creía que algunas de las otras Aes Sedai estaban preocupadas. Cuanto menos hablaran de lo que pensaban sobre la amnistía de Rand, mejor.

Al borde de la plaza, frente al Palacio Real, sofrenó a Galabardera y se enjugó el sudor de la cara con un pañuelo orlado con puntilla que volvió a guardar en la manga de la chaqueta. Sólo había unas cuantas personas dispersas por el amplio espacio ovalado, tal vez debido a que los Aiel montaban guardia a las puertas principales del palacio. Más Aiel ocupaban balconadas de mármol o se desplazaban con gráciles movimientos por las altas pasarelas cubiertas con columnatas, como leopardos. El León Blanco de Andor ondeaba con la brisa sobre la cúpula más alta del palacio. Otra bandera carmesí tremolaba en una de las torres, un poco más abajo que la de la cúpula blanca, agitada por el leve soplo del aire justo lo suficiente para que se viese el antiguo símbolo de los Aes Sedai, blanco y negro.