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—¿Y por qué nadie querría hacerle daño a esta mujer, excepto Aviendha? —replicó en tono grave—. Dedicó demasiado tiempo a soñar despierta contigo en lugar de enseñarte lo que tendrías que saber. —Sacudió la cabeza y masculló—: Mi señor Dragón.

Rand supuso que esto último debería haber sido un murmullo que él no tendría que haber oído. Después, la Aiel estuvo a punto de caerse de bruces dos veces al hacer la reverencia; se irguió enseguida y al salir cerró con un fuerte portazo.

Min giró la cabeza para mirarlo.

—No creo haber visto nunca a una doncella igual… ¡Rand, creo que si hubiese tenido un cuchillo te lo habría clavado!

—Una patada, tal vez —rió él—, pero nunca una cuchillada. Me cree su hermano perdido mucho tiempo atrás. —El desconcierto se reflejó en el semblante de Min, y Rand adivinó en sus ojos un centenar de preguntas—. Es una larga historia. Te la contaré en otro momento.

Una parte al menos. Nadie sabría jamás lo que tenía que aguantar de Enaila, Somara y unas cuantas otras. Es decir, las Doncellas ya lo sabían, pero nadie más.

Melaine entró al estilo Aiel, es decir, que asomó la cabeza por la puerta, miró en derredor, y a continuación pasó. Rand nunca había discernido qué hacía que un Aiel decidiese entrar o no. Los jefes, las Sabias y las Doncellas se habían metido en la habitación pillándolo en paños menores, en la cama, en el baño. La Sabia de cabello dorado se acercó y se sentó, cruzada de piernas, sobre la alfombra, a pocos pasos enfrente de donde estaba él y con mucho tintineo de brazaletes mientras se arreglaba la falda con cuidado a su alrededor. Los verdes ojos contemplaban a Min inexpresivamente.

Esta vez, Min no hizo la menor intención de levantarse. De hecho, por el modo en que se recostaba contra él, con la cabeza apoyada sobre su pecho y respirando pausadamente, Rand se preguntó si no se habría quedado dormida. Después de todo, le había dicho que había llegado a Caemlyn de noche. De repente fue plenamente consciente de su mano ceñida en torno a su cintura y la retiró prestamente para ponerla sobre el brazo del sillón. Ella suspiró casi con pesar y se acurrucó contra él. Se había dormido, no cabía duda.

—Tengo noticias que darte —anunció Melaine—, y no sé bien cuál de ellas es la más importante. Egwene se ha marchado de las tiendas. Va a un sitio llamado Salidar, donde hay Aes Sedai. Esas Aes Sedai son las que podrían respaldarte. A petición de Egwene no te hablamos antes de ellas, pero ahora te diré que son obstinadas, indisciplinadas, discutidoras y engreídas hasta lo indecible. —Su tono de voz sonaba acalorado al final de la parrafada y su cabeza estaba echada hacia adelante.

Así que una de las caminantes de sueños de Cairhien había hablado con Melaine en sus sueños. Eso era lo más que Rand sabía respecto a las habilidades de las caminantes de sueños y, a pesar de que podría serle muy útil, rara vez se mostraban dispuestas a poner ese talento a su disposición. Lo nuevo para él era eso de obstinadas y todo lo demás. La mayoría de los Aiel actuaban como si pensaran que las Aes Sedai podrían golpearlos, creían que se lo tenían merecido si tal cosa ocurriese e intentarían aceptar el golpe sin encogerse. Hasta las Sabias hablaban respetuosamente de las Aes Sedai las contadas veces que se referían a ellas. Obviamente algunas cosas habían cambiado.

—Lo sé —fue cuanto contestó, sin embargo. Si Melaine tenía intención de explicarle por qué, lo haría sin que él se lo preguntara. Y, si no era su intención, preguntar no le serviría de nada—. Respecto a Egwene y a Salidar también. Hay nueve de Salidar en Caemlyn ahora mismo. Min vino con ellas.

La joven rebulló contra su pecho y murmuró algo. Lews Therin estaba rezongando otra vez, demasiado bajo para entender lo que decía, pero Rand se alegró de esa distracción. Sentir a Min era… agradable. Se pondría hecha una furia si lo supiera. Aunque, teniendo en cuenta lo que había dicho de hacérselo pagar, a lo mejor se echaba a reír. A lo mejor. A veces sus cambios de humor eran bruscos e imprevisibles.

Melaine no pareció sorprendida de que lo supiera, ni siquiera se ajustó el chal. Desde que se había casado con Bael parecía haberse… «Calmado» no era el término correcto; resultaba excesivamente plácido refiriéndose a Melaine. Más bien, su irritabilidad era menos acusada.

—Ésa era mi segunda noticia. Debes tener cuidado con ellas, Rand al’Thor, y mostrar mano firme. No respetarán nada más.

Definitivamente, las cosas habían cambiado.

—Tendrás dos hijas —musitó Min—. Gemelas como dos gotas de agua.

Si Melaine no había demostrado sorpresa antes, ahora lo compensó. Abrió los ojos como platos y dio un respingo que casi la levantó de suelo.

—¿Cómo puedes…? —empezó con incredulidad, pero calló al punto para recobrar la compostura. Aun así, cuando volvió a hablar parecía faltarle resuello—. Yo misma no tenía la seguridad de que estaba embarazada hasta esta misma mañana. ¿Cómo puedes saberlo tú?

Min se levantó entonces y le dirigió una mirada que Rand conocía muy bien. Por alguna razón, la culpa era de él. Aunque las faltas de Min fueran pequeñas, tampoco estaba libre de ellas. La muchacha toqueteó nerviosamente su chaqueta mientras miraba a todas partes excepto hacia Melaine y cuando por fin sus ojos se detuvieron de nuevo sobre Rand la mirada era una simple variación de la primera. Él la había metido en este apuro, de modo que era su obligación sacarla de él.

—No te preocupes, Min —dijo—. Es una Sabia e imagino que saben cosas que te pondrían el pelo de punta. —Lástima, porque ahora estaba muy bonita con esos rizos. ¿Cómo harían eso las mujeres?—. Estoy convencido de que prometerá guardar tu secreto y te aseguro que puedes confiar en su palabra.

A Melaine casi se le enredó la lengua en su premura por pronunciar la promesa. Aun así, Rand recibió otra mirada —ésta quizá de reproche— antes de que Min se sentara junto a Melaine. ¿Y cómo demonios esperaba que la sacase del atolladero? Melaine no olvidaría lo que había dicho porque él se lo pidiera, pero sí cumpliría una promesa de guardarlo en secreto. Bastantes había mantenido hacia él.

A pesar de su reticencia, una vez que Min empezó a hablar ofreció una explicación mucho más amplia de las que jamás le había dado a él de un solo tirón, tal vez debido igualmente a las constantes preguntas de la otra mujer, así como al cambio de actitud de la Aiel. Era como si Melaine empezara a sentir que la habilidad de Min la convertía en una igual, en cierto sentido, en absoluto una habitante de las tierras húmedas.

—Es increíble —dijo la Sabia finalmente—. Cómo interpretar los sueños sin soñar. ¿Dos, dices? ¿Niñas? Bael estará encantado. Dorindha le ha dado tres hijos varones, pero las dos sabemos que le gustaría tener una hija.

Min parpadeó y sacudió la cabeza con fuerza. Claro; no sabía nada sobre las hermanas conyugales.

A partir de ese momento, las dos mujeres pasaron de inmediato a hablar sobre el parto en sí. Ninguna había dado a luz, pero ambas habían ayudado a parteras.

Rand carraspeó sonoramente. No porque le incomodara ninguno de los detalles, por supuesto. Había ayudado a ovejas a parir corderos, a las yeguas, potros, y a las vacas, terneros. Lo que lo irritaba era que estuviesen sentadas allí, juntas las cabezas, como si él no existiera. Ninguna de las dos alzó la vista hacia él hasta que carraspeó por segunda vez, y tan fuerte que se preguntó si no se habría dañado las cuerdas vocales.

Melaine se acercó más a Min y habló en un susurro que se habría escuchado en la habitación contigua:

—Los hombres siempre se desmayan.

—Y siempre en el peor momento —abundó Min en el mismo tono.

¿Qué pensarían si lo hubiesen visto en el establo del padre de Mat, pringado de sangre y líquido amniótico hasta los codos y con tres costillas rotas donde la yegua le había dado una coz porque nunca había parido y estaba asustada? Había sido un potro precioso y la yegua ya no coceó la vez siguiente.