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La risa de la mujer sonó un tanto nerviosa. Realmente estaba alterada por lo de la granja.

—Ya cuidaba de mí misma cuando tú todavía te ocupabas del hato de ovejas, palurdo. —De repente aparecieron en sus manos unos cuchillos que, con idéntica rapidez, volvieron a su escondrijo en las mangas de la chaqueta, aunque no con tanta agilidad. Luego, en un tono mucho más serio, añadió—: Tienes que cuidarte más, Rand. Descansa. Pareces estar agotado. — Inopinadamente, se puso de puntillas y estiró el cuello para rozarle los labios con un beso—. También me alegro de verte, pastor. —Y tras soltar otra risa, ésta gozosa, se marchó.

Mascullando entre dientes, Rand se puso la chaqueta y entró en el dormitorio para recoger la espada del fondo del armario, un mueble oscuro con rosas talladas y lo bastante alto y ancho para guardar las ropas de cuatro hombres. Realmente se estaba volviendo un chivo lujurioso, se increpó, al recordar sus reacciones. Min sólo estaba bromeando, divirtiéndose a su costa. Se preguntó cuánto tiempo se proponía seguir tomándole el pelo por haber tenido un pequeño lapsus.

Algo tintineó en el interior de una bolsa de tela, no muy grande, cuando la cogió de debajo de los calcetines, en un cajón de una consola taraceada con lapislázuli; la metió en uno de los bolsillos de la chaqueta y a continuación guardó otra bolsa mucho más pequeña, de terciopelo, todo ello encima de su angreal. El platero que había hecho lo que contenía la más grande se había mostrado más que satisfecho de trabajar para el Dragón Renacido e intentó no cobrar por ello aduciendo que el honor de servirle era pago suficiente. El orfebre que había hecho la única pieza de oro que iba en la otra bolsa exigió un precio cuatro veces superior a lo que valía realmente el trabajo, según Bashere, y fue necesario que un par de Doncellas estuviesen presentes en todo momento hasta que la pieza estuvo terminada.

Hacía tiempo que Rand tenía pensado hacer esta visita a la granja. No le gustaba Taim, y Lews Therin se encrespaba cuando el hombre estaba cerca, pero no podía continuar eludiendo ir allí. Sobre todo ahora. Que él supiera, Taim había cumplido bien la orden de mantener a los estudiantes alejados de la ciudad —al menos, no había tenido noticia de ningún incidente y se habría enterado si los hubiese habido— pero las nuevas respecto a la llegada de Merana y la embajada acabarían llegando a la granja a través de las carretas de suministros o de nuevos estudiantes y, tal como sucedía con los rumores, nueve Aes Sedai pasarían a ser nueve hermanas Rojas o noventa buscando hombres a los que amansar. Tanto si el resultado de ello era que los estudiantes salían huyendo en plena noche como si, por el contrario, acudían a la ciudad aprovechando la oscuridad para atacar primero, Rand tenía que cortarlo antes de que empezara.

Por Caemlyn corrían ya demasiados rumores sobre Aes Sedai, otra de las razones por las que había planeado la visita. Si se daba crédito a lo que se hablaba en las calles, Alanna, Verin y las jóvenes de Dos Ríos eran más de la mitad de la Torre Blanca; y había muchas más historias sobre Aes Sedai colándose subrepticiamente en la ciudad, entrando a escondidas por las puertas en mitad de la noche. Los chismes respecto a una Aes Sedai que curaba gatos eran tan persistentes que incluso él casi se lo creyó, pero todos los esfuerzos de Bashere para rastrear el rumor no sacaron nada en limpio y parecía infundado como la historia de que las mujeres que escoltaban al Dragón Renacido a todas partes eran realmente Aes Sedai disfrazadas.

En un gesto inconsciente, Rand se volvió hacia la pared ornamentada con relieves de leones y rosas, como si mirara a través de ella. Alanna ya no se encontraba en El Sabueso de Culain. Estaba nerviosa; de no haber sido Aes Sedai Rand habría dicho que tenía los nervios destrozados. La noche anterior se había despertado, convencido de que la mujer estaba llorando, tan intensa había sido la sensación. A veces casi olvidaba que Alanna estaba allí… hasta que ocurría algo, como lo de despertarlo. Suponía que uno acababa acostumbrándose a todo. Esa mañana Alanna también se sentía… anhelante; era el término que parecía describir mejor su estado de ánimo. Apostaría todo Caemlyn a que la línea recta que iba desde sus ojos hasta la mujer acababa exactamente en La Corona de Rosas. Apostaría a que Verin se encontraba con ella. Nueve Aes Sedai no: once.

Lews Therin murmuró algo, inquieto. Era el susurro de un hombre preguntándose si no estaría acorralado. También Rand se lo preguntaba. Once, y con trece podrían cogerlo como quien coge a un niño en brazos. Si les daba la oportunidad de hacerlo. Lews Therin empezó a reír quedamente, un sonido ronco y lloroso; otra vez se había ido por las ramas.

Se planteó si avisaba o no a Somara y Enaila, pero después abrió un acceso allí mismo, sobre la alfombra de dibujos azules y dorados de su dormitorio. Con el humor de perros que tenían ese día, a buen seguro que cualquiera de ellas esperaba alguna inconveniencia antes de dar por terminada la visita a la granja y, recordando lo ocurrido en visitas anteriores, no quería que los estudiantes estuvieran echando ojeadas hacia atrás, asustados por una veintena o más de Doncellas. Ese tipo de cosas no ayudaba precisamente a reforzar la seguridad de un hombre, y ellos necesitaban estar seguros de sí mismos para poder sobrevivir.

Taim tenía razón en una cosa: cuando aferraba el saidin, un hombre sabía que estaba vivo y no sólo por el hecho de que los sentidos se agudizasen. A despecho de la infección del Oscuro, a despecho de la sensación de que una suciedad aceitosa se adhería a los huesos, aunque el Poder intentaba fundirlo a uno en el sitio, congelarlo hasta que se rompiera en pedazos, aunque un paso en falso o un momento de debilidad significaban la muerte… Luz, uno sabía que estaba vivo. Aun así, Rand apartó la Fuente tan pronto como hubo cruzado el acceso; y no lo hizo únicamente para librarse de la infección antes de que la náusea lo hiciese vomitar; últimamente parecía haber empeorado, ser más repulsiva, si tal cosa era posible. La verdadera razón de cortar el contacto con el Poder era que no se atrevía a encontrarse frente a Taim henchido de saidin y con Lews Therin en su cabeza.

El claro estaba más agostado que la última vez; bajo sus botas crujían más hojas secas y eran menos las que quedaban en los árboles. Algunos de los pinos estaban totalmente amarillos y varias piceas habían muerto, grises y peladas. Pero si el claro estaba distinto, el cambio experimentado por la granja hacía el lugar casi irreconocible.

La casa tenía un aspecto muy remozado con el nuevo techado de bálago y el establo se había reconstruido por completo; era mucho más grande que antes y no estaba ladeado en absoluto. Los caballos llenaban un amplio cercado situado junto al establo, y el redil de las ovejas y el corral de las vacas se habían desplazado a más distancia. Las cabras también estaban guardadas ahora en apriscos, en tanto que unas ordenadas filas de gallineros guardaban las gallinas. Se habían talado árboles, haciendo retroceder la línea del bosque. Una docena de grandes tiendas blancas formaba una hilera detrás del establo, y muy cerca se alzaban los armazones de dos edificios mucho más grandes que el establo, donde un grupo de mujeres se había sentado fuera para hacer labores y vigilar a una veintena de niños que hacían rodar aros, se lanzaban pelotas o jugaban con muñecas.

El cambio más drástico era el experimentado por los estudiantes, casi todos ellos vestidos con chaquetas negras de cuello alto y corte ajustado; y muy pocos sudaban. Debían de ser bastantes más de cien, de todas las edades. Rand no tenía ni idea de que los reclutamientos de Taim hubiesen tenido tan buenos resultados. La sensación del saidin parecía henchir el aire. Algunos hombres practicaban la ejecución de tejidos, prendiendo fuego a tocones o haciendo añicos las piedras o inmovilizándose unos a otros con ataduras de Aire. Otros encauzaban para sacar agua del pozo, los pozales aferrados con Aire, o empujaban carretillas de estiércol desde el establo o apilaban leña. No todos encauzaban. Henre Haslin observaba con ojo crítico a una fila de hombres desnudos de cintura para arriba que ejercitaban los movimientos de esgrima con espadas de práctica. Con su ralo pelo blanco y su bulbosa y roja nariz, Haslin sudaba más que sus pupilos y a buen seguro echaba de menos un trago de vino, pero observaba y corregía los errores con tanta dureza como cuando era Maestro de Armas de la Guardia de la Reina. Saeric, un canoso Goshien de los Agua Roja al que le faltaba la mano derecha, tenía bajo su pétrea mirada a otra fila de hombres sin camisa. Uno de ellos lanzaba patadas hacia arriba, a la altura de la cabeza, giraba sobre sí mismo y daba otra patada; después volvía a girar y pateaba con la otra pierna, así una y otra vez, mientras los demás asestaban puñetazos al aire frente a ellos tan deprisa como podían. En resumen, que los hombres distaban mucho de ser aquel lamentable puñado de ineptos que Rand había visto la última vez que había acudido a la granja.