Merana estaba convencida de que pensaban lo mismo que ella cuando miraban a Min. Seonid, indiscutiblemente, debería entenderlo, aunque ¿quién podría afirmarlo? Era muy metódica y práctica con respecto a sus Guardianes, casi como una mujer dueña de una pareja de valiosos perros lobos por los que sentía cierto afecto. Masuri tal vez lo entendía. Le gustaba bailar e incluso coquetear, aunque era muy capaz de olvidarse del pobre hombre cuando oía algún rumor sobre un manuscrito antiguo que estaba escondido. La propia Merana no había estado enamorada desde bastante antes del Quinto Tratado de Falme, pero recordaba lo que se sentía, de manera que sólo hizo falta una mirada a Min mientras ésta contemplaba a al’Thor para ver a una mujer que había arrojado todo sentido común por la ventana y había dado rienda suelta a su corazón.
No había pruebas de que Min hubiese hecho caso omiso de sus advertencias y le hubiese contado todo a al’Thor, pero lo cierto es que él conocía la existencia de Salidar, sabía que Elayne estaba allí y se había mostrado divertido —¡divertido!— por sus evasivas. Aparte de la posibilidad de que Min hubiese revelado cosas que eran reservadas —a partir de ahora habría que tener cuidado con lo que se decía estando ella delante, en cualquier caso— junto con todo lo demás resultaba aterrador. Merana no estaba acostumbrada a sentir miedo. Sí lo había experimentado, y a menudo, durante el año siguiente a la muerte de Basan; jamás había vinculado a otro Guardián, en parte al menos porque no quería pasar por lo mismo otra vez y en parte porque estaba demasiado ocupada para buscar al hombre adecuado. Pero ésa fue la última vez que había sentido algo más que aprensión, antes de la Guerra de Aiel. Ahora sentía miedo y no le gustaba. Todavía era posible que todo saliera bien ya que no había ocurrido nada desastroso, pero el propio al’Thor conseguía que sus rodillas flaquearan.
El carruaje alquilado se detuvo con un bamboleo frente al establo de La Corona de Rosas y los mozos de cuadra, con sus libreas adornadas con rosas bordadas, acudieron presurosos para coger las bridas del tiro y abrir las puertas.
La sala común estaba a la altura del resto de la posada, con sus tres pisos de fina piedra blanca; un revestimiento de oscuros paneles cubría las paredes de la sala y las altas chimeneas estaban recubiertas de mármol blanco. En la repisa de una de ellas había un reloj con finos adornos dorados que tocaba las horas. Las camareras llevaban vestidos azules, y blancos delantales con un círculo de rosas bordado; todas sonreían y eran amables y eficientes, y aquellas a las que les faltaba belleza poseían atractivo. La Corona de Rosas era la posada preferida de los nobles que llegaban del campo y no tenían mansiones propias en Caemlyn, pero ahora las mesas se hallaban ocupadas exclusivamente por Guardianes. Y por Alanna y Verin, sentadas al fondo de la sala; si las cosas hubiesen podido hacerse a gusto de Merana, las dos mujeres habrían estado esperando en la cocina, con los sirvientes. Todas las otras hermanas se encontraban fuera. No había tiempo que perder.
—Si no os importa —dijo Min—, me gustaría dar un paseo y ver algo de Caemlyn antes de que oscurezca.
Merana dio su conformidad y, cuando la joven volvió a salir a buen paso, Seonid, Masuri y ella intercambiaron una mirada, preguntándose cuánto tardaría Min en regresar a palacio.
La señora Cinchonine apareció de inmediato, tan oronda como cualquier posadera que Merana conocía, haciendo reverencias y secándose las sonrosadas manos.
—¿Puedo serviros en algo, Aes Sedai? ¿Queréis que os traiga algo? —Ya había tenido albergada a Merana a menudo, tanto antes como después de enterarse de que era Aes Sedai, y la había atendido bien.
—Un té de bayas —respondió Merana, sonriendo—. En la salita privada del piso de arriba. —La sonrisa desapareció en el momento en que la posadera se alejó presurosamente al tiempo que llamaba a una de las camareras. Merana llamó con un gesto brusco a Alanna y a Verin para que se reunieran con ellas al pie de la escalera; las cinco Aes Sedai subieron en silencio.
Las ventanas de la salita ofrecían una buena vista de la calle para quienes quisieran disfrutar de ella, cosa que no estaba en el ánimo de Merana. Cerró las ventanas, apagando así parte del ruido, y dio la espalda a la calle. Seonid y Masuri se habían sentado, en tanto que Alanna y Verin permanecían de pie, entre las otras dos. El oscuro vestido de lana de Verin tenía aspecto de estar arrugado, aunque no era así; había una mancha de tinta en la punta de la nariz de la Marrón, pero sus ojos brillaban y tenían una expresión alerta. También los de Alanna brillaban, pero seguramente se debía a la ira, y de vez en cuando sus manos temblaban levemente, aferrando los vuelos de la falda de su vestido azul con corpiño amarillo; daba la impresión de haber dormido con él puesto. Tenía cierta justificación, claro, pero no era suficiente.
—Todavía no sé si tus actos han tenido alguna consecuencia adversa, Alanna —empezó firmemente Merana—. No sacó a relucir el tema de tu vinculación en contra de su voluntad, pero se mostró muy cortante, mucho, y…
—¿Ha puesto más restricciones? —interrumpió Verin, ladeando la cabeza—. A mi modo de ver todo va bien. No ha huido al saber vuestra llegada; os ha recibido a tres y con cierta cortesía o, de otro modo, estaríais echando chispas. Está un poco asustado de nosotras, lo que es positivo, o en caso contrario no habría puesto limitaciones; pero, a menos que las haya incrementado, seguimos teniendo tanta libertad como antes, así que no está aterrado. Por encima de todo, no debemos asustarlo excesivamente.
La dificultad radicaba en que Verin y Alanna no formaban parte de la delegación, de modo que Merana no tenía autoridad sobre ellas. Les habían contado lo de Logain y las Rojas y estaban de acuerdo en que no podía permitirse que Elaida continuara en la Sede Amyrlin, pero eso no significaba nada. Por supuesto, Alanna no representaba realmente un problema, sólo potencialmente. Ella y Merana estaban tan igualadas en fuerza con el Poder que el único modo de establecer cuál de ellas era superior sería una competición, el tipo de cosa que hacían las novicias hasta que se las pescaba in fraganti. Alanna había sido novicia seis años, mientras que Merana lo había sido durante sólo cinco; empero, lo más importante era que Merana ya era Aes Sedai desde hacía diez años cuando la comadrona había puesto a Alanna en brazos de su madre. Aquello zanjaba la polémica. La antigüedad otorgaba preeminencia a Merana. En realidad ninguna de ellas pensaba en esos términos a menos que algo la obligara, pero las dos lo sabían y se amoldaban automáticamente. Ello no significaba que Alanna aceptara órdenes, pero cierta deferencia instintiva la mantendría bajo control hasta cierto punto. Eso y ser consciente de lo que había hecho.
El problema era Verin, que igualaba a Merana en fuerza y en antigüedad. Merana tanteó de nuevo la fuerza de la otra mujer con el Poder, aunque naturalmente sabía de antemano lo que encontraría. Imposible distinguir cuál de las dos era más fuerte. Cinco años de novicia en ambos casos, seis como Aceptadas; esos datos eran algo que todas las Aes Sedai sabían de las demás, aunque no estuviesen enteradas de nada más. La diferencia estribaba en que Verin era mayor que ella, puede que tanto como ella con relación a Alanna. Las hebras grises en el cabello de Verin lo dejaban claro. De haber sido Verin parte de la embajada, no habría existido el problema, pero no era el caso, y Merana se sorprendió escuchando atentamente a la otra mujer, mostrándole deferencia sin ser consciente de ello. Esa mañana había tenido que recordarse a sí misma dos veces que Verin no tenía el mando. Lo único que salvaba un poco la situación y la hacía tolerable era que Verin debía de pensar que tenía parte de culpa en lo de Alanna. En caso contrario, a buen seguro se habría sentado en una silla al mismo tiempo que las otras dos mujeres y no se habría quedado de pie junto a Alanna. Ojalá hubiese algún modo de hacer que se quedara en El Sabueso de Culain día y noche para velar por ese maravilloso tesoro de muchachas de Dos Ríos.