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El viento sopló hacia el oeste, agitó las hojas marchitas de los árboles y rizó la superficie de los menguados arroyos flanqueados por barro recocido. En Andor no había ruinas calcinadas, pero los pueblerinos observaban el hinchado sol con inquietud y los granjeros intentaban no mirar los campos que no habían producido cosechas otoñales. Sopló hacia el oeste hasta pasar sobre Caemlyn e hizo ondear los dos estandartes del Palacio Real, en el corazón de la Ciudad Interior construida por los Ogier. Una de las banderas era roja como la sangre, con un círculo dividido por una línea sinuosa, una mitad blanca y la otra negra. La otra bandera flameaba en el cielo blanca como la nieve. En ella había bordada una figura semejante a un reptil de cuatro patas, crin y ojos dorados y cubierto de escamas escarlatas y oro que parecía cabalgar al viento. Difícil afirmar cuál de las dos despertaba más temor. A veces, el mismo pecho que albergaba el miedo también abrigaba esperanza. La esperanza de salvación y el miedo a la destrucción, nacidos en la misma fuente.

Muchos decían que Caemlyn era la segunda ciudad más bella del mundo, y no lo afirmaban sólo andoreños, quienes a menudo la colocaban la primera, superando a la mismísima Tar Valon. Altas torres redondas se elevaban a intervalos a lo largo de la gran muralla exterior de piedra gris con vetas blancas y plateadas, y en el interior se erguían torres aun más altas, y cúpulas blancas y doradas que resplandecían bajo el implacable sol. La ciudad se extendía sobre colinas en la zona central, la parte más antigua de la Ciudad Interior, rodeada por su propia muralla blanca y brillante, con sus propias torres y cúpulas púrpuras, blancas y doradas y relucientes mosaicos que se asomaban a la Ciudad Nueva, la cual contaba sus buenos dos mil años.

Al igual que la Ciudad Interior era el corazón de Caemlyn, y no sólo por ser su centro geográfico, el Palacio Real era a su vez el corazón de la Ciudad Interior, unas esbeltas torres, blancas como nieve, y las cúpulas doradas y los trabajos de piedra tallada tan delicados como un encaje que parecían salidos del cuento de un juglar. Un corazón que latía a la sombra de esos dos estandartes.

Desnudo de cintura para arriba y manteniendo fácilmente el equilibrio sobre las punteras de los pies, en este momento Rand era tan inconsciente de encontrarse en el patio de baldosas blancas de palacio como de los espectadores que observaban desde las columnatas que lo rodeaban. El sudor le pegaba el pelo en el cráneo y le corría por el torso. La rosácea cicatriz a medio curar de su costado le dolía terriblemente, pero él rehusaba darse por enterado. Unas figuras iguales a la del estandarte blanco que ondeaba en lo alto se enroscaban en sus antebrazos y emitían un brillo metálico, rojo y dorado. Los Aiel los llamaban dragones, y otros empezaban a adoptar ese apelativo al hablar de ellos. Rand era vagamente consciente de las garzas marcadas en sus palmas, pero sólo porque las notaba contra la larga empuñadura de la espada de prácticas hecha de madera.

El arma y él eran una sola cosa, de manera que Rand pasaba de una posición a otra sin pensar, mientras sus pies se desplazaban suavemente sobre las baldosas del suelo. El león en la colina dio paso a Arco de luna, que a su vez se convirtió en Torre de la mañana. Sin pensar. Cinco hombres sudorosos, con el torso al aire, lo rodeaban y esquivaban cautamente pasando de posición a posición a la par que blandían las espadas de práctica. Rand sólo era consciente realmente de esos hombres. Con rostros severos que traslucían seguridad en sí mismos, eran los mejores que había encontrado hasta ahora. Los mejores desde que Lan se había marchado. Sin pensar, como Lan le había enseñado. Era uno con la espada, con los cinco hombres.

Inesperadamente se movió hacia adelante con rapidez, y los hombres que lo rodeaban se desplazaron al instante para mantenerlo dentro del círculo. Justo en el momento en que el equilibrio parecía a punto de romperse, cuando al menos dos de los cinco hombres habían empezado a moverse con tal propósito, de pronto Rand giró sobre sí mismo y se desplazó en dirección contraria. Ellos intentaron reaccionar, pero era demasiado tarde. Con un sonoro impacto paró el golpe descendente de una espada de práctica interponiendo su propia arma; de manera simultánea su pie derecho asestó un punterazo en el vientre del hombre de pelo canoso que estaba más cerca, quien se dobló por la mitad al tiempo que exhalaba un gruñido. Manteniendo las espadas trabadas, Rand obligó a su oponente, que tenía la nariz rota, a girar y descargó otra patada al hombre doblado mientras realizaba el giro. El tipo canoso se desplomó, boqueando para coger aire. El adversario de Rand intentó recular para utilizar su espada, pero esa maniobra dejó libre el arma de Rand para hacer un movimiento envolvente en torno a la de él —La parra enroscada— y arremeter después con fuerza contra su pecho, lo suficiente para hacerlo caer.

Sólo habían transcurrido unos segundos, tan breves que sólo ahora los tres restantes empezaban a acercarse a él. El primero, un hombre bajo y robusto, muy rápido, lanzó un grito y, en contra de lo que podía esperarse de su corta estatura, saltó por encima del tipo de la nariz rota mientras éste se desplomaba. La espada de prácticas de Rand se interpuso en su camino a la altura de las espinillas, medio tumbándolo, y a continuación se descargó sobre su espalda y lo derribó sobre las losas del pavimento.

Sólo quedaban dos, pero eran los dos mejores, un tipo flexible como una vara verde cuya espada se movía como la lengua de una serpiente, y un hombretón fornido, con la cabeza afeitada, que jamás cometía un error. Se separaron de inmediato para atacarlo por dos flancos, pero Rand no esperó. Se acercó velozmente al tipo delgado; sólo disponía de escasos segundos antes de que el otro rodeara a sus compañeros caídos.

El larguirucho era bueno además de rápido; Rand había ofrecido oro para los mejores, y habían acudido. Era alto para ser andoreño, aunque Rand lo superaba en un palmo, pero la altura tenía poco que ver con la destreza para manejar una espada. A veces la fuerza sí, de modo que Rand lanzó contra él un ataque con toda su potencia; la alargada cara del hombre se puso tensa al tiempo que cedía terreno. El jabalí baja corriendo la montaña se descargó violentamente a través de Partir la seda, rompió Rayo de tres púas, y el manojo de palos atados que hacía las veces de cuchilla se estrelló duramente contra el lateral del cuello del hombre, que cayó exhalando un gruñido ahogado.

De inmediato Rand se zambulló de cabeza hacia la derecha, rodó sobre sí mismo y terminó el giro incorporado sobre las rodillas en las piedras del pavimento al tiempo que ejecutaba con la espada El río socava la orilla. El hombre de la cabeza rapada no era veloz, pero de algún modo había previsto la maniobra; y, mientras el arma de Rand pasaba rozando el prominente estómago del tipo, la espada de éste cayó con fuerza sobre la cabeza de Rand.