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—Un excelente bailarín —repitió—. Recuérdalo cuando bailes la próxima vez y lo harás aun mejor. —Y se marchó riendo, para volver al baile con un tipo al que sacó entre los espectadores.

Mat decidió que había tenido de sobra para una sola noche. Regresó al establo y se fue a dormir, con la silla de montar como almohada. Sus sueños habrían sido agradables salvo por que todos estaban relacionados con Myrelle, Siuan, Leane y Halima. En lo tocante a los sueños, un hombre simplemente no tenía sentido común para quitarse la bota y vaciar el agua que le había entrado en ella.

El día siguiente tenía que ser mejor, pensó, sobre todo cuando al despertar vio a Vanin en el sobrado, dormido con la cabeza apoyada en su silla de montar. Talmanes lo entendía y se quedaría donde estaba; se habían visto Guardianes observando los preparativos de la Compañía, sin duda dejándose ver a propósito, pero nadie se había acercado al ejército acampado. Recibió una sorpresa menos agradable al encontrar la montura gris de Olver en el patio que había detrás del establo y al chico acurrucado en un rincón, envuelto en sus mantas.

—Necesitas que alguien te guarde la espalda —le dijo sombríamente a Mat—. No hay que fiarse de ella.

Mat no tuvo que preguntar para saber que se refería a Aviendha. Olver no mostró el menor interés en jugar con los niños, así que Mat tuvo que aguantar las miradas y las sonrisas que le dirigieron cuando lo vieron por todo Salidar con el chico pegado a los talones, el cual hacía todo lo posible por imitar el paso ágil de un Guardián y vigilaba en diez direcciones diferentes a la vez por si aparecía Aviendha. Quien por cierto seguía sin dar señales de vida; y menos aun Elayne o Nynaeve. Y «la Amyrlin» todavía estaba ocupada. También estaban «ocupados» Thom y Juilin. Vanin se las ingenió para enterarse de unas cuantas cosas, pero nada que hiciera feliz a Mat. Si Nynaeve había curado realmente a Siuan y a Leane, entonces estaría más insoportable que nunca. Siempre había tenido una gran opinión de sí misma; de modo que, después de haber logrado lo que no podía hacerse, los humos se le habrían subido a la cabeza y estaría más envanecida que un pavo real. Aun así, eso era lo más digerible de todo. Lo de Logain y el Ajah Rojo lo hizo encogerse; aquélla era la clase de cosa que las Aes Sedai no perdonarían. Si Gareth Bryne tenía el mando de su ejército, entonces éste no estaba formado por una chusma de granjeros ni escoria de las calles con unos pocos Guardianes para darle un poco de enjundia. Si a eso se añadían las vituallas que Vanin había visto empaquetar y guardar en barriles para un viaje, todo apuntaba un problema. El peor tipo de problema que podría imaginar, aparte de encontrar a uno de los Renegados frente a él al otro lado de una mesa y una docena de trollocs entrando por la puerta. En resumen, nada de esto los hacía menos estúpidos; sólo unos estúpidos peligrosos. El maldito Thom y su «ayudarlas a que su plan funcione». Si el juglar salía alguna vez de su escondrijo, ya le ajustaría las cuentas.

A última hora de la tarde, Myrelle volvió a hablarle de convertirse en Guardián y hubo cierta tensión alrededor de sus ojos cuando Mat le dijo que la suya era la quinta oferta que había rechazado desde la salida del sol. No estaba seguro de si lo creyó; la mujer se marchó con un aire indignado y enfurruñada como Mat nunca había visto a una Aes Sedai. Sin embargo, era verdad. La primera propuesta le vino cuando todavía intentaba tomar su desayuno, y la hizo la mismísima Delana para quien trabajaba Halima, una mujer fornida de cabello muy claro y lagrimosos ojos azules y que casi llegó a amenazarlo para que aceptara. Esa noche no se acercó al baile y se quedó dormido con el sonido de la música y las risas; pero esta vez era un sonido amargo.

La tarde estaba mediada durante su segundo día completo en Salidar cuando una chica con vestido blanco, bonita y pecosa, que se esforzaba a más no poder para adoptar un aire de fría dignidad, le llevó una citación, porque eso era exactamente.

—Os presentaréis de inmediato ante la Amyrlin.

Punto. Ni una palabra más. Mat le hizo un gesto para que lo precediera; le pareció lo más apropiado, y a ella pareció que le gustaba que lo hiciera.

Estaban todas en aquella sala de la Torre Chica: Egwene, Nynaeve, Elayne y Aviendha. Aunque Mat tuvo que mirarla dos veces para reconocer a la Aiel, con un vestido de fina lana azul y puntillas en el cuello y los puños. Por lo menos Aviendha y Elayne no intentaban estrangularse la una a la otra, pero los rostros de ambas semejaban máscaras pétreas. Lo que las igualaba a Egwene y a Nynaeve. Ni el menor atisbo de expresión en ninguna de las cuatro, y todos los ojos clavados en él. Se las arregló para contener la lengua mientras Egwene enumeraba sus opciones, según las veía ella, sentada detrás de la mesa y con esa estola de rayas rodeándole los hombros.

—Si crees que no tienes por qué elegir ninguna —finalizó—, recuerda que puedo hacer que te aten a tu caballo y mandarte de regreso con tu Compañía de la Mano. No hay sitio en Salidar para vagos ni maulas. No lo permitiré. Para ti, Mat, sólo queda Ebou Dar con Elayne y Nynaeve o largarte de aquí y ver a quién impresionas con tus banderas y estandartes.

Lo que, en verdad, no le dejaba ninguna opción, por supuesto. Cuando lo dijo así, no hubo cambio de expresión en ninguna de ellas. Si acaso, la de Nynaeve se tornó más impertérrita. Y Egwene se limitó a comentar:

—Me alegra que lo hayas comprendido, Mat. Y ahora he de ocuparme de un millar de cosas. Intentaré verte antes de que te marches.

Así, despedido como un mozo de establo; la Amyrlin estaba muy ocupada. Sólo le había faltado lanzarle una moneda de cobre, de propina.

Tal fue la razón de que el tercer amanecer en Salidar encontrara a Mat en el terreno despejado que había entre el pueblo y el bosque.

—Seguramente seguirán aquí hasta que regrese —le dijo a Talmanes mientras miraba por encima del hombro hacia las casas. No tardarían en aparecer, y no quería que nada de esto llegara a conocimiento de Egwene. Ella trataría de frenar el plan con cualquier traba que tuviese a su alcance—. En fin, eso espero. Si se ponen en movimiento, seguidlas dondequiera que vayan, pero no tan cerca como para asustarlas. Y si una joven llamada Egwene aparece por aquí, no hagas preguntas, limítate a cogerla y regresar a galope a Caemlyn aunque para ello tengas que abrir un agujero a través de Gareth Bryne. —Claro que existía la posibilidad de que tuvieran intención de ir a Caemlyn; tal vez. Pero tenía miedo de que su punto de destino fuera Tar Valon; Tar Valon y el hacha del verdugo—. Y que Nerim se quede contigo.

Talmanes sacudió la cabeza.

—Ya que te llevas a Nalesean, me sentiré ofendido si no me permites que ponga mi asistente a tu servicio.

Mat deseó que Talmanes sonriera de vez en cuando; sería una ayuda para saber cuándo bromeaba y cuándo no. Ahora, desde luego, parecía hablar muy en serio.

Nerim se encontraba a corta distancia, sujetando las riendas de Puntos y de su propia yegua, marrón y cachigorda, así como dos animales de carga que llevaban unos capachos de mimbre llenos a reventar. El asistente de Nalesean, un tipo robusto llamado Lopin, sólo sujetaba las riendas de un animal de carga además de las de su castrado y las del negro semental propiedad de Nalesean.

No eran éstos, empero, todos los componentes de la partida. Nadie había tenido a bien darle más detalles aparte de dónde estar y cuándo; pero, en mitad de otra conversación sobre convertirse en Guardián, Myrelle le comunicó que no había inconveniente en que se pusiera en contacto con la Compañía siempre y cuando no intentara acercarla más a Salidar. Eso era lo último que se le ocurriría hacer. Vanin estaba allí esta mañana porque probablemente podría investigar el terreno que pisaba en cualquier parte, así como una docena de soldados de caballería elegidos entre los componentes de la Compañía por su imponente físico y por haber sabido mantener bien el orden como Brazos Rojos allá, en Maerone. Por lo que había dicho Nalesean, unos puños fuertes y rápidos y unos buenos garrotes deberían bastar para poner fin a cualquier inconveniente en el que Nynaeve y Elayne se metieran, al menos el tiempo suficiente para poder hacerlas desaparecer como por arte de magia. Y por último estaba Olver con su corcel gris, al que había puesto el nombre de Viento, que quizá se merecía el zanquilargo animal. Llevar a Olver había sido una decisión fácil. La Compañía podría encontrarse en problemas si finalmente tenía que seguir a ese montón de chifladas. Tal vez con Bryne no, pero serían muchos los nobles que se encresparían ante el paso de dos ejércitos por sus tierras, lo que daría pie a ataques nocturnos y flechas volando desde cualquier arbusto. Sin duda cualquier ciudad sería más segura para el chico que eso.