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Tras hacer una gentil reverencia a Rand y pronunciar un quedo «mi señor Dragón», tendió una mano a la otra mujer.

—Vamos, Min.

La reverencia de Min denotó inexperiencia y resultó mucho menos grácil, pero consiguió que Rand diera un respingo de sobresalto.

Antes de llegar a las puertas, una de las hojas se abrió con tanta violencia que golpeó contra la pared y una mujer uniformada entró con una bandeja de plata en la que traía copas y una jarra de la que salía olor a vino y a melaza de melón. A Perrin se le abrieron mucho los ojos. A despecho del vestido rojo y blanco, podría haber sido la madre de Chiad o incluso la abuela, con aquel corto y rizado cabello blanco. Siguiendo con mirada ceñuda a las mujeres que salían de la sala, se encaminó a la mesa más cercana y soltó la bandeja; su semblante era una máscara de humildad que parecía petrificada.

—Me dijeron para cuatro, mi señor Dragón —manifestó de un modo extraño; sin duda intentaba hablar con sumiso respeto, pero era como si se le atragantara—, así que traje servicio para cuatro.

Su reverencia hizo que la de Min pareciera elegante y al salir cerró de un portazo. Perrin miró a Rand.

—¿A ti no te parece que las mujeres son… raras?

—¿Y por qué me lo preguntas a mí? Tú eres el que está casado. —Rand llenó una copa de plata cincelada con ponche y se la tendió—. Si no lo sabes tú, tendrás que preguntarle a Mat. Por lo que a mí respecta, cada día las entiendo menos.

—Igual que yo. —Perrin suspiró. El ponche estaba realmente fresco, y Rand no parecía sudar ni una gota—. Por cierto, ¿dónde está Mat? Si tuviera que adivinar, diría que en la taberna más próxima y con iguales posibilidades de tener un cubilete de dados en la mano o una chica en sus rodillas.

—Más le vale que no sea así —comentó sombríamente Rand mientras dejaba su copa de ponche sin probarla—. Se supone que tiene que estar de camino hacia aquí con Elayne, para que sea coronada. Y con Egwene y Nynaeve, espero. Luz, queda tanto que hacer antes de que llegue ella. —Meció la cabeza como un oso acorralado y después miró a Perrin—. ¿Querrías ir a Tear por mí?

—¡A Tear! Rand, llevo más de dos meses en los caminos. Mi trasero está cogiendo la forma de la silla de montar.

—Puedo dejarte allí esta noche. Hoy. Podrías dormir en la tienda de un general y no acercarte a una silla de montar durante tanto tiempo como quieras.

Perrin lo miró de hito en hito; parecía hablar en serio. De repente se encontró pensando si Rand seguía estando cuerdo. Luz, tenía que estarlo, al menos hasta el Tarmon Gai’don. Tomó un buen trago de ponche para quitarse el mal sabor de boca. Vaya forma de pensar en un amigo.

—Rand, aunque pudieras dejarme en la Ciudadela de Tear ahora mismo, seguiría diciendo que no. Tengo que hablar con alguien aquí, en Caemlyn. Y me gustaría ver a Bode y a las otras.

Rand no parecía estar escuchándolo. Se dejó caer en una de las sillas doradas y se quedó mirando a Perrin con gesto sombrío.

—¿Recuerdas el modo en que Thom solía hacer juegos malabares con todas aquellas bolas haciendo que pareciera tan fácil? Bueno, pues yo estoy haciendo juegos malabares ahora por la cuenta que me trae y, te lo aseguro, no es nada fácil. Sammael está en Illian y los demás Renegados sabe la Luz dónde. A veces ni siquiera creo que ellos sean lo peor de todo. Hay rebeldes que me creen un falso Dragón. Hay seguidores del Dragón que piensan que pueden quemar pueblos en mi nombre. ¿Has oído hablar del Profeta, Perrin? Bah, da igual; no es peor que el resto. Tengo aliados que se devoran unos a otros y el mejor general que puedo nombrar para enfrentarse a Illian sólo piensa en lanzarse a la carga y hacer que lo maten. Elayne tendría que estar aquí quizá dentro de mes y medio, con suerte, pero entre tanto puede que me encuentre con una rebelión en las manos. Luz, quiero entregarle Andor intacto. Me planteé ir a buscarla yo mismo, pero era lo peor que podría haber hecho. —Se frotó la cara con las dos manos y habló sin retirarlas—. Lo peor, con mucho.

—¿Y qué dice Moraine de todo esto?

Rand bajó las manos lo suficiente para mirar a su amigo por encima de ellas.

—Moraine ha muerto, Perrin. Mató a Lanfear y murió ella. Se acabó ese apoyo.

Perrin tomó asiento. ¿Moraine muerta? No podía creerlo.

—Bueno, si Alanna y Verin están aquí… —Hizo rodar la copa entre las palmas. Era incapaz de confiar en ninguna de esas dos mujeres—. ¿Les has pedido consejo?

—¡No! —Rand hizo un ademán cortante con la mano—. Se mantienen lejos de mí, Perrin. Eso es algo que les dejé bien claro.

Perrin decidió pedirle a Faile que hablara con Alanna y Verin para indagar lo que estaba pasando. Las dos Aes Sedai lo hacían sentirse incómodo a menudo, pero Faile parecía entenderse bien con ellas.

—Rand, sabes tan bien como yo lo peligroso que es enfurecer a una Aes Sedai. Moraine vino a buscarnos, o a ti, en cualquier caso, pero hubo veces en que pensé que estaba dispuesta a matarnos a Mat, a mí y a ti. —Rand no dijo nada, pero al menos ahora parecía estar prestando atención, con la cabeza un poco ladeada—. Si una décima parte de las historias que hemos oído desde que salimos de Baerlon son medio ciertas, éste puede ser el peor momento posible para despertar las iras de una Aes Sedai. No pretendo saber lo que está ocurriendo en la Torre, pero…

Rand se sacudió y se inclinó hacia adelante.

—La Torre está dividida completamente, Perrin. La mitad piensa que soy un cerdo que se compra en el mercado, y la otra mitad… No sé lo que piensa exactamente. Durante tres días seguidos me he reunido con algunas componentes de su embajada. Se supone que tengo que sostener otra reunión con ellas esta tarde y todavía no he conseguido sacar nada en claro con ellas. Hacen muchísimas más preguntas de las que contestan y no parecen muy complacidas de que les dé tan pocas respuestas como ellas a mí. Al menos Elaida, que es la Amyrlin por si todavía no te has enterado, y sus representantes dicen algo, aunque parecen creer que me impresionará tanto que unas Aes Sedai me hagan reverencias que no profundizaré demasiado.

—Luz —musitó Perrin—. ¡Luz! ¿Me estás diciendo que parte de las Aes Sedai se han rebelado realmente y que te has puesto justo entre la Torre y las rebeldes? ¡Dos osos prestos a luchar y tú estás recogiendo frambuesas en medio! ¿Te has parado a pensar alguna vez que tendrías problemas de sobra con las Aes Sedai sin necesidad de esto? Te lo digo en serio, Rand. Siuan Sanche conseguía que los dedos de los pies se me encogieran dentro de las botas, pero al menos uno sabía dónde pisaba con ella. Me hacía sentir como si fuera un caballo y ella estuviese intentando decidir si serviría para una carrera de fondo, pero al menos dejaba muy claro que no tenía intención de ensillarme ella misma.

La risa de Rand sonó demasiado ronca para que trasluciera algo de alegría.

—¿De verdad crees que las Aes Sedai me dejarían en paz sólo porque yo hiciese lo mismo? ¿A mí? La división de la Torre es lo mejor que me ha podido pasar, un golpe de suerte. Están demasiado ocupadas observándose las unas a las otras para volcar toda su atención en mí. Sin eso, me toparía con veinte Aes Sedai cada vez que diera media vuelta. O cincuenta. Tengo a Tear y a Cairhien respaldándome, en cierto modo, y un punto de apoyo aquí. Sin la ruptura, cada vez que abriese la boca tendría a alguien objetando: «Sí, pero las Aes Sedai dicen…». Perrin, Moraine hizo todo lo posible por manejarme hasta que le dije basta y, en honor a la verdad, ni siquiera estoy seguro de que dejara de intentarlo entonces. Cuando una Aes Sedai dice que te aconsejará y que luego tú decidirás, significa que sabe lo que deberías hacer y que te obligará a hacerlo si puede. —Cogió su copa y bebió un largo trago. Cuando la soltó, parecía más tranquilo—. Si la Torre estuviese unida, a estas alturas tendría muchas cuerdas atadas con las que me dirigirían, no podría mover ni un dedo sin antes pedirles permiso a seis Aes Sedai.