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—Vandene le dijo: «Bien, si realmente lo deseas, pequeña, pues claro que lo haremos» —masculló Juilin, que relataba el incidente—. Cualquiera pensaría que alguien que era simplemente una Aceptada hasta hace dos días estaría complacida con eso, pero los ojos de Elayne me recordaron una tormenta invernal. Nynaeve rechinaba los dientes tan fuerte que creí que se los iba a romper.

Se encontraban en la sala común de El Cuchillo de Esponsales. Vanin, Harnan y otros ocupaban los bancos en otras mesas, junto con algunos lugareños. Los hombres vestían chalecos largos, algunos de colores tan chillones que nada tendrían que envidiar a las ropas de los gitanos, y a menudo sin llevar camisa debajo; las mujeres, vestidos de escotes bajos a pico, con las faldas recogidas hasta las rodillas por un lado para enseñar enaguas de tonalidades lo bastante fuertes para hacer parecer desvaídos los chalecos de sus hombres. Muchos varones y todas las mujeres lucían grandes pendientes de aro y en las manos, generalmente, tres o cuatro anillos con relucientes cristales de colores. Tanto ellos como ellas toqueteaban los cuchillos curvos que llevaban metidos en el cinturón y dirigían miradas sombrías a los forasteros. Había dos caravanas de mercaderes de Amadicia en El Cuchillo de Esponsales, pero los mercaderes habían comido en sus habitaciones y los carreteros no se habían movido de los vehículos. Elayne, Nynaeve y las demás mujeres también estaban en el piso de arriba.

—Las mujeres son… diferentes —dijo Nalesean, riendo, en respuesta a Juilin, aunque sus palabras iban dirigidas a Mat. Por lo general no se mostraba tan estirado con los plebeyos, pero Juilin era además teariano y eso, al parecer, marcaba una diferencia, sobre todo considerando que Juilin tenía por norma mirarlo de hito en hito cuando hablaba con él—. Existe un dicho populachero en Tear: «Bajo la piel de una Aes Sedai se esconden diez mujeres». El vulgo es sabio en ocasiones, voto a tal.

—Al menos ninguna ha hecho nada, digamos, drástico —comentó Thom—. Aunque creo que faltó poco cuando a Elayne se le escapó que había hecho a Birgitte su primer Guardián.

—¿La cazadora? —exclamó Mat. Varios lugareños lo miraron duramente y el joven bajó la voz—. ¿También es Guardián? ¿Guardián de Elayne? —Desde luego, aquello explicaba unas cuantas cosas.

Thom y Juilin intercambiaron miradas por encima del borde de sus jarras.

—Le producirá una gran satisfacción saber que has deducido que era una cazadora del Cuerno —manifestó el juglar, que se limpió la espuma del bigote—. Pues sí, es Guardián, y buena agarrada se montó cuando lo supieron. Jaem empezó a tratarla enseguida como a una hermana pequeña, pero Vandene y Adeleas… —Soltó un borrascoso suspiro—. Ninguna estaba muy contenta de que Elayne hubiese elegido ya un Guardián; por lo visto la mayoría de las Aes Sedai tardan años antes de encontrar uno. Sobre todo no les hizo pizca de gracia que hubiese elegido a una mujer. Y su desagrado ha reforzado la actitud de Elayne.

—Al parecer no les gusta que se hagan cosas que nunca se han hecho —añadió Juilin.

—Una mujer Guardián —murmuró Nalesean—. Sabía que todo cambiaría con la llegada del Dragón Renacido, pero ¿una mujer Guardián?

Mat se encogió de hombros.

—Supongo que cumplirá bien su labor siempre y cuando sepa realmente disparar ese arco que lleva. ¿Se te ha ido por el otro lado? —le preguntó a Juilin, que se había atragantado con la cerveza y estaba tosiendo—. A mí dame un buen arco y déjate de espada. Una vara de combate sería mejor, pero me conformo con un arco. En fin, espero que no intente interponerse en mi camino cuando llegue el momento de que lleve a Elayne con Rand.

—Sabe dispararlo, sí. —Thom se inclinó sobre la mesa para palmear la espalda a Juilin—. Y creo que es buena, Mat.

Empero, si Nynaeve y las otras estaban pensando en tirarse de los pelos —y Mat no quería estar en quince kilómetros a la redonda de algo así, ni con cabeza de zorro ni sin ella—, a él no se lo dieron a entender. Por el contrario, presentaban un frente sólido; además, se repitieron las tentativas de encauzar sobre él, que empezaron mientras ensillaba a Puntos la mañana siguiente al primer intento. Por suerte, Mat estaba muy ocupado apartando a Nerim, quien pensaba que ensillar el caballo de Mat era trabajo de él, además de dar a entender que podía hacerlo mejor. La repentina sensación de frío duró sólo un momento, así que Mat no dio señal alguna que indicara que había notado nada. Ésa, decidió, sería su respuesta. Ni miradas intensas ni ojeadas furiosas ni acusaciones. Haría caso omiso de ellas, y que se cocieran en su propia salsa.

Tuvo ocasiones de sobra para no hacerles caso. El medallón de plata se puso helado otras dos veces antes de que llegaran a la calzada y después ocurrió varias veces más durante el transcurso del día y de la tarde, y de todos los días y las tardes a partir de entonces. En ocasiones surgía y desaparecía en dos segundos, y otras Mat estaba seguro de que duraba incluso hasta una hora. Ignoraba cuál de ellas era la responsable, claro está. O, más bien, casi nunca lo sabía. Una vez, cuando el calor había hecho que le saliera un sarpullido en la espalda y el pañuelo anudado al cuello parecía estar ahogándolo, sorprendió a Nynaeve mirándolo en el momento en que el medallón se puso frío. La expresión ceñuda de la mujer era tal que un granjero que pasaba por la calzada azuzó a su buey con un palo para que acelerara la marcha mientras miraba hacia atrás como si temiera que Nynaeve volviera los ojos hacia él y matara a su buey allí mismo, entre las lanzas del carro. Únicamente cuando Mat le devolvió una mirada igualmente ceñuda, Nynaeve dio tal respingo que por poco se cae de la yegua, y la sensación de frío desapareció. En cuanto a las otras, no tenía ni idea. A veces veía a dos o tres de ellas observándolo, incluida Aviendha, que seguía caminando y conduciendo por las riendas a su montura. Las demás, para cuando Mat posaba los ojos en ellas, ya estaban charlando entre sí o mirando hacia cualquier otra parte, ya fuera un águila que planeaba en el cielo despejado o un gran oso negro, erguido sobre las patas traseras, entre los árboles de una ladera empinada que se veía desde la calzada. Lo único bueno de ello era que Mat tenía la impresión de que Elayne no estaba nada contenta. Ignoraba la razón y tampoco le importaba. ¡Mira que pasar revista a sus hombres! ¡Felicitarlos, como quien da palmaditas en la cabeza a un niño bueno! Si fuera la clase de hombre que hacía una cosa así, le habría dado una buena patada en el trasero.

A decir verdad, sin embargo, Mat empezaba a sentirse más que contento consigo mismo. Fuera lo que fuera lo que estuviesen haciendo, no tenía ningún efecto en él que no pudiesen curar las friegas en el pecho con un ungüento de Nerim; éste le aseguró que no quedarían marcas de lo que parecía una congelación. Siguió sintiéndose muy ufano hasta la cuarta tarde. Acababa de dejar a Puntos en el establo de El Aro Sureño, una posada destartalada de dos pisos de ladrillos enjalbegados en un destartalado poblacho lleno de moscas llamado So Tehar, cuando algo blando lo golpeó entre los omóplatos. Con el olor a estiércol de caballo metido en las narices, Mat giró sobre sus talones dispuesto a comerse al mozo del establo o a uno de esos patanes de mirada huraña de So Tehar, sin necesidad de trocearlo antes con un cuchillo. No había ni mozo de establo ni patán; sólo estaba Adeleas, que garabateaba afanosamente en su libreta y asentía con la cabeza. Tenía las manos totalmente limpias; ni rastro de estiércol.