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—Está bien —suspiró Nynaeve—. Entonces, confiaba en recibir otro trato. Por fin soy Aes Sedai, una verdadera Aes Sedai, y nadie parece creerlo. Realmente esperaba que al dejar Salidar las cosas cambiarían.

Su reunión con Merilille Ceandevin no había ido bien. O, mejor dicho, su presentación; porque, después de que Vandene las presentara someramente, las despacharon, para que así las verdaderas Aes Sedai pudiesen hablar. Merilille había dicho que sin duda deseaban refrescarse, pero en realidad era una invitación a que se retiraran, con la elección de marcharse como obedientes Aceptadas o negarse a hacerlo como niñas enfurruñadas. Sólo recordarlo mandaba al traste todos los intentos de Nynaeve de recobrar la calma; el sudor empezó a resbalarle por la cara.

A decir verdad, echarlas de la reunión no había sido lo peor. Merilille era una cairhienina esbelta y elegante, de lustroso cabello negro y grandes y brillantes ojos, una Gris que parecía como si nada la hubiese sorprendido jamás y nada pudiera hacerlo. Sólo sus oscuros ojos se habían abierto por la sorpresa al comunicarle que Nynaeve y Elayne eran Aes Sedai y se abrieron aun más al oír que Egwene era la Sede Amyrlin. Que Birgitte se hubiese convertido en Guardián la dejó pasmada, aunque a esas alturas de la presentación ya se las arregló para limitar su reacción a una mirada intensa y un gesto fugaz de apretar los labios. Aviendha salió mejor parada; Merilille le dedicó únicamente una frase amable sobre lo mucho que disfrutaría siendo novicia. Después vino la despedida. Y una sugerencia, más con naturaleza de orden, de que dedicaran varios días a «recuperarse» de los «rigores» del viaje.

Nynaeve sacó el pañuelo guardado en una manga y empezó a abanicarse con él, sin muchos resultados debido a su tamaño minúsculo y al hecho de que era casi todo de puntillas.

—Sigo pensando que ocultan algo.

—Oh, vamos, Nynaeve. —Elayne sacudió la cabeza—. Me gusta tan poco como a ti el modo en que nos tratan, pero tú pareces empeñada en hacer una montaña de un grano de arena. Si Vandene y Adeleas quieren buscar fugitivas, deja que lo hagan. ¿Os es que preferirías que se encargaran de la localización del cuenco?

A lo largo del viaje apenas habían hablado del ter’angreal que buscaban por miedo a que las otras dos mujeres hicieran eso precisamente.

En cualquier caso, Nynaeve seguía pensando que ocultaban cosas. Lo que pasaba era que Elayne se negaba a admitirlo, nada más. Adeleas no se había dado cuenta de que Nynaeve había oído por casualidad el comentario sobre ir tras fugitivas una vez que llegaran a Ebou Dar, y cuando la antigua Zahorí les preguntó si de verdad pensaban que iban a encontrar alguna, Vandene respondió con una rapidez un tanto excesiva que siempre estaban ojo avizor para descubrir jóvenes que habían huido de la Torre. No tenía sentido. Nadie había escapado de Salidar, pero las novicias huían en ocasiones —era una vida dura, sobre todo cuando esperaban años de obediencia antes de que una pudiera siquiera pensar por sí misma— y también estaban los contados casos de Aceptadas que empezaban a perder la esperanza de llegar a alcanzar el chal e intentaban escabullirse, pero hasta Nynaeve sabía que muy pocas lograban ir más allá de la isla de Tar Valon y casi todas eran conducidas de vuelta a la Torre. Podían echar a una novicia en cualquier momento, ya fuera por carecer de la fuerza suficiente para seguir adelante o por negarse a pasar —o no superar— la prueba para ascender a Aceptada o la que otorgaba el rango de Aes Sedai, la cual se habían saltado Elayne y ella, pero marcharse nunca dependía de una a no ser que ya se tuviera el chal.

De modo que si las fugitivas que tenían éxito eran tan contadas ¿por qué Vandene y Adeleas creían que podrían encontrar alguna en Ebou Dar? ¿Y por qué se habían cerrado como ostras cuando les preguntó? Temía saber la respuesta a esto último. No darse tirones de la trenza requirió un gran autocontrol; creía que en eso iba mejorando.

—Al menos a Mat le ha quedado muy claro que somos Aes Sedai —gruñó. Por lo menos podía encargarse de él. Que intentase algo, y no tardaría en comprobar lo que se sentía al ser golpeado por cualquier cosa sobre la que ella pudiera tejer un flujo—. Más le vale.

—¿Y es por eso por lo que lo has estado esquivando como un chelta eludiendo al recaudador de impuesto? —inquirió Birgitte esbozando una sonrisa.

Nynaeve sintió que sus mejillas se encendían; creía que había sabido ocultar sus sentimientos mejor.

—Es muy irritante, incluso para un varón —rezongó Aviendha—. Debes de haber viajado a lugares muy lejanos, Birgitte. A menudo te refieres a sitios de los que nunca he oído hablar. Algún día me gustaría viajar por las tierras húmedas y ver todos esos lugares extraños. ¿Dónde viven esos… cheltas?

Aquello borró de golpe la sonrisa de Birgitte; fueran quienes fueran, podían llevar muertos un millar de años o desde el principio de la Era. ¡Ella y sus deslices sobre cosas y lugares antiguos en su conversación! Nynaeve habría querido estar presente cuando tuvo que admitir ante Egwene lo que ésta ya sabía. Egwene había adquirido una firmeza de carácter realmente extraordinaria durante su estancia con los Aiel y tenía muy poco aguante con lo que consideraba necedades. De hecho, Birgitte había salido de la reunión con aire escarmentado.

Aun así, a Nynaeve le caía mucho mejor Birgitte que Aviendha, que la ponía nerviosa a veces con sus duras miradas y sus comentarios sanguinarios. Además, por muy irritante que pudiera ser Birgitte, Nynaeve había prometido ayudarla a guardar su secreto.

—Mat… me amenazó —confesó hablando muy deprisa. Era lo primero que se le había ocurrido para que Aviendha olvidara el desliz de Birgitte y lo último que habría deseado que supiera nadie. Sus mejillas volvieron a sofocarse. Elayne sonrió, aunque tuvo la delicadeza de ocultarlo llevándose la taza a los labios—. No de ese modo —se apresuró a añadir al ver que Aviendha se llevaba la mano al cuchillo del cinturón. La Aiel parecía pensar que la respuesta adecuada a todo era la violencia—. Sólo fue… —Aviendha y Birgitte la miraron con interés, todas oídos—. Simplemente dijo… —Igual que ella había echado un cable a Birgitte, Elayne hizo otro tanto con ella ahora.

—Me parece que hemos hablado demasiado de maese Cauthon —manifestó firmemente—. Sólo está aquí para quitárselo de encima a Egwene. Ya pensaré más adelante cómo resolver lo de su ter’angreal.

Apretó los labios un momento. No le había hecho gracia cuando Vandene y Adeleas empezaron a encauzar sobre Mat sin molestarse siquiera en pedirle permiso, y menos aun que el joven se hubiese escabullido a aquella posada. Naturalmente, ella no podía impedírselo. Estaba convencida de que por el mero hecho de decirle lo que debía hacer desde el principio acabaría acostumbrándose a obedecer. En fin, que tuviera mucha suerte, le deseó Nynaeve para sus adentros, aunque sin ningún convencimiento.

—Él es la parte menos importante de este viaje —añadió la heredera del trono con mayor firmeza si cabe.

—Sí. —Nynaeve consiguió que su voz no denotara alivio—. Sí, lo que realmente importa es el cuenco.

—Sugiero salir yo primero para explorar el terreno —intervino Birgitte—. Ebou Dar parece un lugar más peligroso de lo que recordaba y el distrito que describisteis podría serlo más que… —Se interrumpió y ni siquiera miró de reojo a Aviendha—. Que el resto de la ciudad —finalizó con un suspiro.

—Si hay que reconocer el terreno, quiero tomar parte en ello —dijo Aviendha—. Tengo un cadin’sor.

—Se supone que un explorador ha de pasar inadvertido en el entorno —manifestó suavemente Elayne—. Creo que deberíamos conseguir vestidos ebudarianos para todas nosotras y después podremos empezar a buscar las cuatro desde el principio, sin dejar a nadie fuera. Aunque Nynaeve será la que tendrá más fácil hacerse pasar por una nativa de aquí —añadió, sonriendo a Birgitte y a Aviendha. Los ebudarianos que habían visto hasta el momento tenían todos el cabello negro y la mayoría los ojos oscuros.