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—¡Veintiséis! —espetó Nynaeve. Después de aguantar que gran parte del Círculo de Mujeres en Campo de Emond pensaran que era demasiado joven para ser Zahorí, había tomado por costumbre alardear de cada año cumplido—. Tengo veintiséis años y soy Aes Sedai del Ajah Amarillo. —Aun sentía un escalofrío de orgullo diciendo eso—. Elayne tendrá dieciocho años, pero también es Aes Sedai, del Ajah Verde. ¿Creéis que Merilille o Vandene nos permitirían llevar estos anillos en plan de broma? Son muchas las cosas que han cambiado, Tylin. La Sede Amyrlin, Egwene al’Vere, no es mayor que Elayne.

—¿De veras? —dijo la reina en un tono inexpresivo—. No se me informó de ese detalle. Cuando las Aes Sedai que me aconsejaban desde el día en que ocupé el trono y que aconsejaron a mi padre antes que a mí de repente parten hacia la Torre sin dar explicaciones y después me entero de que los rumores de una Torre dividida son ciertos; cuando los seguidores del Dragón parecer brotar de la tierra; cuando se elige una Amyrlin para oponerse a Elaida y se reúne un ejército bajo el mando de uno de los más grandes capitanes, dentro de Altara, antes de que yo tenga noticia alguna sobre ello… Cuando todo eso ha pasado no podéis esperar que me entusiasmen las sorpresas.

Nynaeve confiaba en que su rostro no trasluciera lo mal que se sentía. ¿Por qué no aprendía a quedarse calladita de vez en cuando? De repente fue consciente de haber dejado de sentir la Fuente Verdadera; la ira y el azoramiento no casaban bien. Probablemente era lo mejor que podía ocurrir porque, de haber sido capaz de encauzar, a buen seguro que habría hecho una tontería aun mayor.

Elayne se lanzó a suavizar las cosas sin demora.

—Sé que habréis oído antes esto —le dijo a Tylin—, pero permitidme que sume mis disculpas a las de Merilille y las otras. Reunir un ejército dentro de vuestras fronteras sin antes pediros permiso fue una desmesura y una desfachatez. Sólo puedo decir en descargo de un acto así que los acontecimientos se sucedieron rápidamente y que en Salidar nos desbordaron, pero eso no lo disculpa. Os juro que no hay intención alguna de perjudicar a Altara y que tampoco se quiso insultar al Trono de los Vientos. Mientras hablamos ahora, Gareth Bryne conduce a ese ejército hacia el norte, fuera de las fronteras de Altara.

Tylin la miró fijamente, sin pestañear.

—No he oído una sola palabra de disculpa ni ninguna explicación hasta ahora. Pero cualquier dirigente de Altara tiene que aprender a tragarse los insultos de potencias mayores aunque le sepan a acíbar. —Inhaló profundamente e hizo un gesto con la mano—. Sentaos, sentaos. Sentaos la dos. Reclinaos sobre vuestro cuchillo y dejad libre vuestra lengua. —Su repentina sonrisa tuvo mucho de mueca—. Ignoro cómo decís eso en Andor. Poneos cómodas y hablad sin rodeos.

Nynaeve se alegró de ver que los azules ojos de Elayne se abrían sorprendidos, ya que ella misma dio un respingo que se oyó. ¿Y ésta era la mujer que según Merilille encarnaba el más estricto protocolo cincelado en mármol pulido? Nynaeve agradeció poder sentarse. Considerando todas las corrientes subterráneas que existían en Salidar se preguntó si Tylin estaba intentando… ¿Qué? Había llegado a un punto en que sospechaba que cualquier persona que no fuese una amiga íntima estuviera tratando de manipularla. Elayne se sentó al borde de la silla y con la espalda muy erguida.

—Lo he dicho en serio —insistió Tylin—. Cualquier cosa que expreséis no lo tomaré como un insulto. —Por el modo en que sus dedos tamborileaban sobre la enjoyada empuñadura del puñal, sin embargo, habríase dicho que sí consideraría como tal el silencio.

—No sé bien por dónde empezar —comenzó con tiento Nynaeve. Ojalá Elayne no hubiese hecho un gesto de asentimiento, corroborando sus palabras; se suponía que era ella la que sabía cómo tratar con reyes y reinas. ¿Por qué no decía algo?

—Por el porqué —instó, impaciente, la soberana—. ¿Por qué cuatro Aes Sedai más de Salidar vienen a Ebou Dar? La razón no puede ser eclipsar la embajada de Elaida. De hecho, Teslyn ni siquiera la da ese nombre, y sólo han venido ella y Joline. Vaya, ¿no lo sabíais? —Se echó hacia atrás en la silla, riendo, y llevó los dedos de una mano a sus labios—. ¿Estáis enteradas de la presencia de los Capas Blancas? ¿Sí? —Su mano libre hizo un gesto como descargando un latigazo en el aire—. ¡Eso para los Capas Blancas! Empero, he de escuchar a todos los que acuden para ser recibidos en audiencia, al Inquisidor Carridin igual que al resto.

—Pero ¿por qué? —demandó Nynaeve—. Me complace que no os gusten los Capas Blancas, pero, en ese caso, ¿por qué tenéis que escuchar una sola palabra de lo que diga Carridin? Ese hombre es un carnicero. —Sabía que había cometido otro error. Lo comprendió por el modo repentino en que Elayne pareció examinar el inmenso hogar de mármol blanco, donde el profundo dintel estaba cincelado en forma de grandes olas; lo supo incluso antes de que el último vestigio de risa de Tylin se apagara como una vela.

—Te has tomado en serio lo que he dicho —manifestó la reina en voz queda—. Os animé a hablar con claridad y… —Aquellos oscuros ojos se quedaron fijos en las baldosas del suelo; parecía como si estuviese intentando recobrar la compostura.

Nynaeve miró a Elayne esperando algún indicio que le explicara qué había ido mal o, mejor aún, cómo arreglarlo, pero la heredera del trono se limitó a mirarla de reojo y a sacudir la cabeza una vez de un modo casi imperceptible antes de volver a la observación de las olas de mármol. ¿Debería evitar también mirar a Tylin? Sin embargo, la soberana atraía sus ojos como un imán. Con una mano, Tylin acariciaba la empuñadura de su cuchillo curvo y con la otra toqueteaba el puño más pequeño que reposaba sobre sus senos.

El cuchillo de esponsales revelaba mucho de Tylin; Vandene y Adeleas se habían mostrado muy dispuestas a explicar algunas cosas referentes a Ebou Dar, generalmente aquellas que hacían parecer peligrosa la ciudad para quien no fuera acompañado por una docena de guardias armados. La vaina blanca significaba que la reina había enviudado y no tenía intención de volver a casarse. Las cuatro perlas y una gota de fuego engastadas en la empuñadura de oro decían que había dado a luz cuatro hijos y una hija; el engaste blanco de la gota de fuego y el rojo de tres de las perlas revelaban que sólo uno de los hijos varones sobrevivía, que los otros cuatro tenían como poco dieciséis años al morir y que habían perecido en duelos ya que en caso contrario los engastes habrían sido negros. ¡Qué doloroso debía de ser llevar siempre encima un recordatorio así! Según Vandene, las mujeres tenían por un gran orgullo que los engastes fueran rojos o blancos, tanto si rodeaban perlas o gotas de fuego o simples cristales de colores. Vandene afirmaba que muchas mujeres ebudarianas arrancaban las piedras que representaban a sus hijos mayores de dieciséis años que rehusaban un duelo y que jamás volvían a reconocerlos como tal.

Finalmente, Tylin levantó la cabeza. Su semblante mostraba un gesto afable y su mano se apartó del cuchillo del cinturón, pero continuó toqueteando el cuchillo de esponsales con aire ausente.

—Beslan, mi hijo, tiene tu misma edad, Elayne. Quiero que me suceda en el Trono de los Vientos —confió en voz suave—. Tal cosa se daría por sentada si estuviésemos en Andor, aunque en ese caso tendría que ser una mujer —aquí sonrió, aparentemente con genuino regocijo—. Se daría por sentado en cualquier otro país excepto en Murandy, donde las cosas funcionan de un modo muy parecido a Altara. En el milenio transcurrido desde Artur Hawkwing, sólo una casa ha sido capaz de conservar el trono durante cinco generaciones seguidas, y la caída de Anarina fue tan en picado que al día de hoy la casa Todande es un perrillo faldero de quien quiera aceptarla como tal. Ninguna otra casa ha tenido más de dos generaciones en reinados sucesivos.

»Cuando mi padre ascendió al trono, otras casas ostentaban más poder que la de Mitsobar en la propia ciudad. Si hubiese salido de palacio sin ir acompañado por su guardia, lo habrían metido dentro de un saco con grandes piedras y lo habrían arrojado al río. Cuando murió, me entregó lo que ahora poseo. Poco, comparado con lo que tienen otros dirigentes. Un hombre cabalgando de continuo en caballos de refresco podría alcanzar en un solo día el límite del territorio bajo mi autoridad. Empero, no he permanecido ociosa. Cuando llegaron las nuevas sobre el Dragón Renacido, tuve la certeza de que podría transmitirle a Beslan el doble de lo que poseo ahora y, llamémoslos, ciertos aliados. La Ciudadela de Tear y Callandor lo cambiaron todo. Ahora le doy las gracias a Pedron Niall cuando arregla las cosas para que Illian se apropie de otra franja fronteriza de ciento cincuenta kilómetros en lugar de invadir Altara. Oigo a Carridin y a Teslyn y a Merilille, y rezo para que pueda legar algo a mi hijo en lugar de que me encuentren ahogada en el baño el día que Beslan sufra un accidente de caza.