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—Eso es precisamente lo que intento evitar, Mahiro. La única razón por la que estoy aquí es llevar y traer mensajes entre Merana y palacio, pero entro allí sin tener ni idea de en qué me estoy metiendo. No sé por qué las hermanas interrumpieron las visitas diarias ni por qué las han reanudado ni la razón de que hayan ido hoy un puñado en lugar de tres. Podría muy bien ocurrir que saliera de todo esto con algo más que las orejas arrancadas por no saber a qué atenerme. Merana no va a decírmelo; no me dice nada salvo que vaya allí y haga esto o aquello. ¿Ni siquiera una pequeña pista, Mahiro? ¡Por favor!

El hombre se puso a estudiar el rompecabezas, pero Min sabía que estaba pensando porque las piezas encajadas se movían entre sus largos dedos sin que se soltara ninguna.

Un movimiento en la parte trasera de la sala atrajo la atención de Min y la joven estuvo a punto de girar instintivamente la cabeza hacia allí, pero frenó el gesto en el último momento. Dos Aes Sedai volvían de tomar un baño a juzgar por su apariencia. La última vez que había visto a aquellas dos había sido muchos meses atrás, antes de que salieran de Salidar porque Sheriam tenía el pálpito de que Rand estaba en alguna parte del Yermo de Aiel. Y hacia allí era donde se habían encaminado Bera Harkin y Kiruna Nachiman; al Yermo de Aiel, no a Caemlyn.

Salvo por el rostro intemporal, Bera habría podido pasar por una ama de casa campesina, con el cabello castaño cortado de manera que enmarcaba su cara cuadrada, pero en este momento aquel semblante mostraba una firme y sombría determinación. Kiruna, elegante y escultural, no dejaba duda alguna de lo que era exactamente, hermana del monarca de Arafel y una dama poderosa por derecho propio. Sus grandes y oscuros ojos relucían como si fuese a ordenar una ejecución en cualquier momento y a disfrutar con el espectáculo. Imágenes y halos aparecían y desaparecían sobre ellas del modo que ocurría siempre con las Aes Sedai y sus Guardianes. Una de ellas atrajo la mirada de Min cuando surgió alrededor de ambas mujeres en el mismo instante, una aureola amarillo pardusco y púrpura intenso. Los colores en sí no significaban nada, pero aquel halo cortó la respiración a Min.

La mesa no estaba lejos del pie de la escalera, pero las dos mujeres ni siquiera dirigieron una mirada de pasada a Min cuando se dispusieron a subir los peldaños. Tampoco le habían hecho caso en Salidar, además de que ahora iban enfrascadas en su conversación.

—Alanna tendría que haberlo puesto en su sitio hace mucho tiempo. —Kiruna Nachiman mantenía un tono de voz bajo, pero rebosante de ira—. Yo lo habría hecho en su lugar. Cuando llegue, pienso decírselo así, y al infierno con los convencionalismos.

—Habría que imponerle el sometimiento —se mostró de acuerdo Bera con voz inflexible—, y antes de que pueda hacer más daño a Andor. —Era andoreña—. Cuanto antes, mejor.

Mientras las dos mujeres subían la escalera Min advirtió que Mahiro la estaba observando.

—¿Cómo han llegado aquí? —preguntó; se sorprendió de que su voz sonara perfectamente natural. Con Kiruna y Bera sumaban trece. Trece Aes Sedai. Y estaba lo de aquel halo.

—Siguiendo los rumores sobre al’Thor. Se encontraban a mitad de camino hacia Cairhien cuando se enteraron de que estaba aquí. Yo en tu lugar las evitaría, Min. Sé por sus Gaidin que ninguna de las dos está de buen humor.

Kiruna tenía cuatro Guardianes y Bera, tres. Min se las ingenió para sonreír. Deseaba salir corriendo de la posada, pero con ello levantaría muchos comentarios y sospechas, incluso de Mahiro.

—Eso suena como un buen consejo. ¿Y qué dices de la pista?

El hombre vaciló un instante y después soltó el rompecabezas.

—No diré lo que es ni lo que no, pero un oído atento podría interpretar una palabra… Quizá deberías esperar encontrar molesto a al’Thor. Quizá deberías incluso plantearte pedir que otra persona llevara cualquier mensaje, tal vez uno de nosotros. —Se refería a los Guardianes—. Quizá las hermanas hayan decidido darle una pequeña lección de humildad a al’Thor. Y con eso, repollo, quizás haya dicho más de lo que debería. ¿Lo pensarás?

Min ignoraba si la «pequeña lección» era lo sucedido en palacio o algo que aún no había ocurrido, pero todo encajaba ahora. Y ese halo.

—También eso suena como un buen consejo. Mahiro, si Merana viene buscándome para que lleve un mensaje, ¿querrás decirle que he ido a dar un paseo por la Ciudad Interior durante los próximos cinco días?

—Un largo paseo —rió el hombre con amable sorna—. Todavía acabarás secuestrando un esposo si no vas con cuidado.

El orejudo mozo de cuadra la miró de hito en hito cuando Min insistió en que sacara del establo a Galabardera y volviera a ensillarla. Salió de las cuadras al paso, pero tan pronto como perdió de vista La Corona de Rosas en una esquina Min taconeó a la yegua, y a su paso la gente tuvo que saltar a los lados para quitarse de en medio mientras galopaba hacia palacio todo lo deprisa que Galabardera podía llevarla.

—Trece —repitió fríamente Rand y sólo decirlo bastó para que Lews Therin intentara arrebatarle de nuevo el control del saidin. Era una lucha silenciosa con una bestia desaforada. Cuando Min informó que en realidad había trece Aes Sedai en Caemlyn, Rand había conseguido por los pelos aferrar la Fuente antes que Lews Therin. El sudor le corría por la cara y en su chaqueta había manchas oscuras. No había lugar para hacer ninguna otra cosa salvo evitar que el saidin cayera en poder de Lews Therin. El esfuerzo hacía que un músculo de la mejilla se contrajera de manera espasmódica. La mano derecha le temblaba.

Min dejó de pasear de un lado al otro de la alfombra de la sala de estar y empezó a brincar sobre las puntas de los pies.

—No es sólo eso, Rand —añadió, frenética—. Es el halo: sangre, muerte, el Poder Único, esas dos mujeres y tú, todo en el mismo sitio y en el mismo momento. —Sus ojos brillaban otra vez, pero en esta ocasión las lágrimas corrieron por sus mejillas, incontenibles—. A Kiruna y a Bera no les gustas. ¡Ni pizca! ¿Recuerdas lo que vi a tu alrededor? Mujeres capaces de encauzar que te hacían daño. Son los halos y que su número ascienda a trece y todo lo demás, Rand. ¡Es demasiado!

Min afirmaba que sus visiones siempre se cumplían aunque ignoraba si sería dentro de un día o de un año o de diez. Si se quedaba en Caemlyn, Rand sospechaba que sería lo primero. Aun con sólo aquella especie de gruñido continuo dentro de su cabeza, sabía que Lews Therin deseaba atacar a Merana y a las otras antes de que ellas lo atacaran a él. A fuer de ser sincero, la idea le resultaba inquietantemente atractiva al propio Rand. Tal vez sólo era una casualidad, tal vez su influencia de ta’veren en el azar había actuado en su contra, pero el hecho seguía existiendo. Merana había decidido desafiarlo justo el mismo día en que el número de Aes Sedai reunidas era trece.

Se puso de pie y entró en su dormitorio, donde permaneció sólo el tiempo suficiente para coger su espada de la parte posterior del armario y abrocharse el cinturón con la hebilla en forma de dragón.

—Vas a venir conmigo, Min —le dijo a la joven al tiempo que recogía el Cetro del Dragón y se encaminaba hacia la puerta.

—¿Ir adónde? —demandó ella mientras se enjugaba las lágrimas con un pañuelo, pero fue tras él, que ya había salido al pasillo. Jalani se incorporó de un brinco una fracción de segundo más deprisa que Beralna, la huesuda pelirroja de ojos azules y sonrisa feroz.

Siendo Doncellas las únicas personas presentes, Beralna, como siempre, lo miró como considerando si hacerle o no el gran favor de llevar a cabo lo que le pedía, pero Rand le asestó una penetrante mirada a su vez. El vacío conseguía que su voz sonara distante y fría. La voz de Lews Therin había quedado reducida a apagados lloriqueos, pero Rand no osaba bajar la guardia. En Caemlyn no; ni en ningún lugar cerca de Caemlyn.