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—¡Alto! —gritó Rand y todo el mundo se quedó petrificado en el sitio; los andoreños parpadeaban desconcertados en tanto que las Doncellas se limitaron a quedarse plantadas de puntillas. Bashere no había hecho ningún otro movimiento aparte de volver a recostarse en el sillón, con la pierna echada sobre el reposabrazos.

Rand asió la daga suspendida en el aire y cortó el contacto con la Fuente. A pesar de la infección que se retorcía en sus entrañas, la corrupción que acababa destruyendo a los hombres que encauzaban, desprenderse del saidin resultaba difícil. Con el Poder dentro de él veía con mayor claridad, oía con más agudeza. Era una paradoja que no comprendía, pero cuando se encontraba flotando en ese vacío aparentemente ilimitado, con las sensaciones corporales y los sentimientos amortiguados de algún modo, la percepción de todos sus sentidos se intensificaba; sin el Poder se sentía sólo medio vivo. Y parte de la infección parecía quedarse dentro de él, pero no la mitigadora gloria del saidin. La mortal gloria que lo mataría si vacilaba un ápice en su lucha contra ella.

Girando la daga en sus manos caminó lentamente hacia Bashere.

—Si hubiese reaccionado una fracción de segundo más tarde ahora estaría muerto —dijo suavemente—. Podría mataros donde estáis sentado, y ninguna ley de Andor o de cualquier otra parte diría que había hecho mal. —Cayó en la cuenta de que estaba dispuesto a hacerlo. Una fría cólera había reemplazado el hueco dejado por el saidin. El que se conociesen desde hacía unas pocas semanas no ponía a cubierto al saldaenino por un acto así.

Los rasgados ojos del mariscal exteriorizaban tanta calma como si se encontrase arrellanado en su propia casa.

—A mi esposa no le gustaría eso. Ni a vos, dicho sea de paso. Seguramente Deira se pondría al mando y reemprendería la persecución de Taim. No aprueba mi acuerdo con vos de apoyaros.

Rand sacudió ligeramente la cabeza, suavizada su ira un tanto por la calmada compostura del hombre. Y por sus palabras. Había sido una sorpresa enterarse que entre los nueve mil jinetes saldaeninos de Bashere todos los nobles habían traído a sus esposas, así como también la mayoría de los otros oficiales. Rand no comprendía cómo podía un hombre meter a su esposa en peligro, pero era una tradición en Saldaea, excepto cuando se iba de campaña al interior de la Llaga.

Evitó mirar a las Doncellas. Eran guerreras de la cabeza a los pies, pero también mujeres. Y les había prometido no mantenerlas lejos del peligro, aunque fuese de muerte. Pero no había prometido no sentir angustia por ello, y cuando llegaba el momento de ordenarles algo peligroso sentía como si se desgarrase por dentro, pero cumplía sus promesas. Hacía lo que debía hacer aun cuando se odiase por ello. Soltó un suspiro y arrojó la daga a un lado.

—¿Por qué hicisteis esa pregunta? —inquirió educadamente.

—Porque sois quien sois —repuso lisa y llanamente Bashere—. Porque vos, y supongo que también esos hombres que estáis reuniendo, sois lo que sois. —Rand sintió que a su espalda se movían pies con inquietud; por mucho que lo intentaran los andoreños jamás podrían ocultar su horror ante esa amnistía—. Podéis repetir lo que hicisteis con la daga todas las veces que sea preciso —continuó Bashere mientras bajaba la pierna apoyada en el reposabrazos y se echaba hacia adelante—, pero para que cualquier asesino llegue hasta vos antes tiene que salvar la guardia de vuestras Aiel. Y de mis jinetes, dicho sea de paso. Si algo consigue llegar cerca de vos, no será humano. —Extendió las manos y volvió a recostarse en el sillón—. En fin, si queréis practicar con la espada, adelante. Un hombre necesita hacer ejercicio. Y relajarse. Pero sin que acabéis con el cráneo roto. Es mucho lo que depende de vos, y no veo por aquí ninguna Aes Sedai que pueda realizaros una Curación. —El bigote casi ocultó su repentina sonrisa—. Además, si morís no creo que nuestros amigos andoreños mantengan su cálida acogida hacia mí y mis tropas.

Los andoreños habían envainado las espadas, pero sus ojos permanecieron clavados en Bashere con expresión malévola. Y no porque hubiese estado a punto de matar a Rand. Por lo general guardaban buenos modales hacia Bashere, a pesar de que era un general forastero con un ejército forastero en territorio andoreño. El Dragón Renacido quería que Bashere estuviese allí, y aquella pandilla le habría sonreído a un Myrddraal si así lo hubiese querido Rand. Pero si éste se volvía contra él… Entonces ya no hacía falta disimular. Eran buitres que habían estado dispuestos a alimentarse con Morgase antes de que muriera, y harían lo mismo con Bashere si se les daba la más mínima oportunidad. Y con Rand. Éste tenía unas ganas locas de librarse de ellos, de perderlos de vista.

«El único modo de vivir es morir». La idea acudió a su mente de manera repentina. Le habían dicho eso en una ocasión y de un modo que no pudo menos de creerlo, pero la idea no era suya. «Debo morir. Sólo merezco la muerte». Le dio la espalda a Bashere mientras se aferraba con fuerza la cabeza.

El mariscal se incorporó al instante y agarró el hombro a Rand aunque le quedaba a la altura de la cabeza.

—¿Qué ocurre? ¿Es que ese golpe os ha abierto realmente la cabeza?

—Me encuentro bien. —Rand bajó las manos; nunca había dolor en esto, sólo la conmoción de tener los pensamientos de otro hombre en el interior de su cerebro.

Bashere no era el único que lo observaba. Casi todas las Doncellas lo miraban tan atentamente como vigilaban el patio, sobre todo Enaila y la rubia Somara, la más alta de ellas. Esas dos seguramente le llevarían alguna clase de tisana tan pronto como hubiesen acabado su turno de servicio y no dejarían de darle la lata hasta que se la tomara. Elenia, Naean y los demás andoreños respiraban agitadamente, agarrando prietamente chaquetas y faldas, observando a Rand con los ojos muy abiertos por el miedo de quien quizás está viendo los primeros síntomas de locura.

—Me encuentro bien —dijo a todos los presentes en el patio. Sólo las Doncellas se tranquilizaron, y Enaila y Somara no mucho.

A los Aiel no les importaba «el Dragón Renacido»; para ellos Rand era el Car’a’carn, el que —según estaba profetizado— los uniría y los destruiría. Se lo tomaban con calma, aunque también les preocupaba, y al parecer el hecho de que encauzara y todo lo que conllevaba también lo tomaban con calma. Los demás —«los de las tierras húmedas», pensó secamente— lo llamaban el Dragón Renacido y nunca se planteaban lo que tal cosa significaba. Creían que era la reencarnación de Lews Therin Telamon, el Dragón, el hombre que había sellado el agujero abierto en la prisión del Oscuro y que había puesto fin a la Guerra de la Sombra hacía más de tres mil años. Y que también había acabado con la Era de Leyenda, cuando el último contraataque del Oscuro infectó el saidin y todos los hombres capaces de encauzar empezaron a volverse locos, empezando por el propio Lews Therin y sus Cien Compañeros. Lo llamaban Rand el Dragón Renacido sin sospechar en ningún momento que una parte de Lews Therin podía estar dentro de su cabeza, tan demente como el día en que había dado inicio a la Época de Locura y al Desmembramiento del Mundo, tan demente como cualquiera de esos Aes Sedai varones que habían cambiado la faz del mundo hasta dejarlo irreconocible. Lo había comprendido poco a poco; pero, cuanto más aprendía Rand sobre el Poder Único y más fuerte se hacía con el saidin, más fuerte se volvía la voz de Therin y con más ahínco tenía que luchar Rand para impedir que los pensamientos de un hombre muerto se apoderasen de él. Ésa era una de las razones por las que le gustaba practicar con la espada; la ausencia de pensamientos era una barrera para conservar su propia identidad.