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Si entre Min y Faile había un frío desinterés, decir que entre Min y Berelain había animosidad era quedarse corto. Cuando Somara anunció a la Principal la segunda tarde de su estancia en Cairhien, Rand se puso la chaqueta, salió a la antesala y tomó asiento en el sillón dorado del estrado antes de decirle a Somara que la hiciera pasar. Min, por su parte, se dirigió con parsimonia a la cámara. Berelain entró, tan hermosa como de costumbre, con un vestido de color azul pastel y un escote tan bajo como siempre; su mirada cayó sobre Min, que llevaba la chaqueta y las polainas rosa pálido. Durante unos largos instantes fue como si Rand no existiera. Berelain miró a Min de arriba abajo descaradamente. Min se olvidó de ir a la cámara; se puso en jarras y se quedó plantada allí con una rodilla doblada, estudiando a Berelain con idéntico descaro. Se sonrieron; Rand sintió que el pelo se le ponía de punta cuando hicieron aquello. Le recordaban a dos gatas desconocidas que acaban de descubrir que se han quedado encerradas en un cuarto pequeño. Decidiendo aparentemente que ya no tenía sentido esconderse, Min caminó a través de la antesala —contonearse sería un término más adecuado; ¡pero si en comparación los andares de Berelain parecían varoniles!— y se sentó con una pierna cruzada sobre la rodilla de la otra, todavía sonriendo. ¡Luz, y cómo sonreían esas mujeres!

Finalmente Berelain se volvió hacia Rand extendiendo los vuelos de la falda y haciendo una profunda reverencia. Rand oyó a Lews Therin ronronear dentro de su cabeza, disfrutando del espectáculo de una bellísima mujer que mostraba más que generosamente sus encantos. También Rand apreció lo que veía a despecho de estar preguntándose si no debería desviar la mirada al menos hasta que la mujer se incorporara de nuevo, pero si se había sentado en el estrado era porque tenía una razón. Trató de que su voz sonara razonable y firme por igual.

—Rhuarc dejó escapar que estabais descuidando vuestros deberes, Berelain. Al parecer permanecisteis retirada en vuestros aposentos durante días después de mi última visita. Tengo entendido que tuvo que hablar seriamente con vos para haceros salir de allí. —En realidad Rhuarc no había dicho exactamente eso, pero era la impresión que daban sus palabras. Las mejillas de la mujer se pusieron rojas como la grana, sugiriendo que Rand había dado en el clavo—. Sabéis la razón de que seáis vos quien está a cargo aquí y no él. Se supone que debéis escuchar sus consejos, no dejarlo todo en sus manos. Lo último que necesito en este momento es que los cairhieninos se rebelen porque crean que he designado a un Aiel para gobernarlos.

—Yo… estaba preocupada, milord Dragón. —A despecho de la vacilación en su voz y el enrojecimiento de sus mejillas, su voz sonaba serena—. Desde que llegaron las Aes Sedai los rumores han brotado como las malas hierbas. ¿Puedo preguntar quién os proponéis que gobierne aquí?

—Elayne Trakand, la heredera del trono de Andor. La reina de Andor, ahora. —O, al menos, muy pronto—. Ignoro a qué rumores os referís, pero vos ocupaos de poner orden en Cairhien y dejad que yo me preocupe por las Aes Sedai. Elayne os agradecerá la labor que hayáis hecho aquí.

Por alguna razón, Min aspiró sonoramente el aire por la nariz.

—Es una buena elección —manifestó pensativamente Berelain—. Los cairhieninos la aceptarán, creo, y puede que también lo hagan los rebeldes de las colinas. —Aquélla era una buena noticia; Berelain era astuta para juzgar las corrientes políticas, tan buena como cualquier cairhienino. La mujer respiró hondo, consiguiendo que el ronroneo de Lews Therin cesara—. En cuanto a las Aes Sedai… Según los rumores han venido para escoltaros a la Torre Blanca.

—Y yo repito que dejéis el tema de las Aes Sedai en mis manos. —No es que no se fiara de ella; le había confiado la regencia de Cairhien hasta que Elayne ocupara el Trono del Sol, e incluso confiaba lo bastante para creer que no albergaba ambiciones de querer el trono para sí misma. Aun así, también sabía que cuantas menos personas estuviesen al tanto de que tenía algún plan respecto a las Aes Sedai, menos posibilidades habría de que Coiren se enterara de que veía más allá del oro y las joyas que le había ofrecido.

Tan pronto como las puertas se cerraron detrás de Berelain, Min volvió a aspirar sonoramente por la nariz. De hecho, esta vez fue más un resoplido desdeñoso.

—Me pregunto por qué se molesta en llevar ropa encima. En fin, sufrirá un desaire antes o después. No vi nada de utilidad para ti, sólo un hombre de blanco del que se enamorará locamente. ¡Algunas mujeres no tienen pizca de vergüenza!

Esa misma tarde, le pidió dinero para hacerse ropa ya que había salido de Caemlyn con lo puesto; a poco tenía todo un cuarto lleno de modistas que empezaron a hacer un montón de chaquetas y polainas y blusas en sedas y brocados de todos los colores. Algunas de las blusas tenían un escote muy bajo, aun cuando fueran debajo de la chaqueta, y algunas de las polainas eran tan ajustadas que Rand no entendía cómo podía meterse en ellas. También practicaba el lanzamiento de cuchillos a diario. Una vez vio a Nandera y Enaila enseñándole la lucha con manos y pies, que difería bastante del modo en que lo hacían los hombres; a las Doncellas no les gustaba que él estuviera mirando y rehusaron continuar hasta que se marchó. Quizá Perrin, con su experiencia, entendía todo aquel lío, pero Rand decidió por enésima vez que él no comprendía a las mujeres y que jamás lo haría.

A diario Rhuarc acudía a los aposentos de Rand o éste iba al estudio que el Aiel compartía con Berelain. A Rand lo complació ver a la mujer trabajando de firme con informes de cargamentos de cereales y reasentamientos de refugiados y reparaciones de los daños sufridos durante lo que algunos cairhieninos habían dado en llamar la Segunda Guerra de Aiel. Rhuarc afirmaba haber decidido pasar por alto lo que él denominaba el juego cairhienino a imitación del ji’e’toh, aunque todavía rezongaba cada vez que veía a una cairhienina con una espada o a jóvenes de ambos sexos vestidos de blanco. Aparentemente los rebeldes continuaban a la expectativa en las colinas, incrementando su número, pero tampoco ellos le quitaban el sueño. Los que sí le preocupaban eran los Shaido y cuántas lanzas seguían desplazándose hacia el sur a diario, de camino a Tear. Los exploradores, aquellos que lograban regresar, informaban que había agitación en los campamentos Shaido de La Daga del Verdugo de la Humanidad. No había indicios de en qué dirección se proponían ir ni cuándo. Rhuarc mencionó el número de Aiel que todavía cedían al marasmo y arrojaban sus lanzas, el de los que rehusaban desprenderse de las ropas de gai’shain cuando habían cumplido su plazo, y hasta el de aquellos pocos que todavía se dirigían al norte para reunirse con los Shaido; viniendo del jefe de clan era una señal de inquietud. Curiosamente, Sevanna había estado en las tiendas, incluso en la propia ciudad, y se había marchado el día después de que Rand llegara. Rhuarc mencionó esto último sólo de pasada.

—¿No habría sido mejor detenerla? —preguntó Rand—. Rhuarc, sé que se supone que es una Sabia, pero no puede serlo, tal y como yo lo entiendo. No me sorprendería que los Shaido se avinieran a razones al no estar ella.

—Lo dudo —repuso secamente Rhuarc. Estaba sentado en uno de los cojines, apoyado contra la pared del estudio, fumando su pipa—. Amys y las otras intercambian miradas a espaldas de Sevanna, pero la reciben como a una Sabia. Si las Sabias dicen que Sevanna es una de ellas, entonces lo es. Conozco jefes en los que no habría malgastado un odre de agua aunque me hubiera encontrado en medio de diez manantiales, pero seguían siendo jefes.