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Siempre lo tocaba. No descaradamente, sólo rozándole la mano con los dedos un momento o posando éstos en su brazo o en su hombro. Apenas perceptible. El tercer día se le ocurrió una idea que hizo que se le pusiera de punta el vello de la nuca: cuando se doma un caballo que nunca ha sido montado, se empieza con ligeros toques hasta que el animal aprende que ese leve roce no va a hacerle daño y aguanta tranquilo bajo la caricia de la mano; después viene el sudadero y después la silla de montar. Embridarlo era siempre lo último.

Perrin empezó a temer el aroma del perfume de Berelain traído por el aire alrededor de una esquina. Empezó a dirigirse en dirección opuesta a esa primera vaharada, pero no podía dedicar cada segundo a estar alerta a ello.

Para empezar, parecía haber un gran número de jovenzuelos cairhieninos, necios y fanfarrones, que entraban y salían de palacio, en su mayor parte mujeres. ¡Mujeres armadas con espadas! Algunos grupos de estos chiflados, hombres o mujeres, se plantaban deliberadamente en su camino con ganas de pelea, pero él los evitaba y se apartaba a un lado; en dos ocasiones tuvo que derribar a un tipo cuando el muy idiota no dejó que los esquivara, insistiendo en ponerse delante de él. Se sintió mal por ello —casi todos los cairhieninos eran considerablemente más pequeños que él— pero uno no debe correr riesgos con un hombre que tiene la mano sobre la empuñadura de la espada. Una vez, una joven hizo eso y, después de que él le quitó el arma, se puso a dar la lata hasta que se la devolvió, cosa que pareció conmocionarla, y después fue tras él gritando que no tenía honor hasta que unas Doncellas se la llevaron hablándole con ferocidad.

Y, en segundo lugar, la gente sabía que era amigo de Rand. Aun en el caso de que no hubiese llegado como lo hizo, algunos de los Aiel y tearianos lo recordaban de la Ciudadela y se corrió la voz. Lores y ladys que no había visto en su vida se presentaban a sí mismos en los pasillos, y Grandes Señores tearianos que lo habían mirado por encima del hombro en Tear, ahora en Cairhien se dirigían a él como si fuera un viejo amigo. La mayoría olía a miedo y a otra cosa que no sabía identificar. Se dio cuenta de que todos querían lo mismo.

—Me temo que el lord Dragón no siempre recurre a mí para hacerme confidencias, milady —le dijo cortésmente a una mujer de ojos fríos llamada Colavaere—, y cuando lo hace no esperaréis que viole esa confidencia.

La sonrisa de la mujer parecía venir de muy arriba; daba la sensación de que se estaba preguntando qué tal frazada para las rodillas haría su piel si lo despellejaba. Tenía un raro olor, intenso y suave y de algún modo… elevado.

—Realmente no sé qué se propone hacer Rand —le dijo a Meilan. El hombre casi repitió su habitual mirada despectiva, aunque sonreía tanto como Colavaere. También tenía el olor, igualmente fuerte—. Tal vez deberíais preguntarle a él.

—Si lo supiera, desde luego no iría publicándolo por toda la ciudad —le contestó a un hombre de pelo blanco que enseñaba los dientes de un modo que recordaba una comadreja. Para entonces ya se estaba hartando de los intentos de sonsacarle. Maringil también desprendía el olor, hasta la última brizna tan intenso como el de Colavaere o el de Meilan.

Los tres lo tenían mucho más que cualquiera de los otros, un olor peligroso; lo notaba en los huesos, como el resquebrajado pico de una montaña antes de la avalancha.

Entre andar ojo avizor con los necios jóvenes y tener metido en la nariz aquel olor, no habría distinguido el aroma de Berelain hasta que la mujer se había acercado sigilosamente lo suficiente para saltar sobre él. Bueno, en honor a la verdad, Berelain se deslizaba por los pasillos como un cisne en un estanque remansado, pero desde luego la sensación que daba era que le saltaba encima.

Perrin mencionó a Faile tantas veces que perdió la cuenta, pero Berelain no parecía oírlo. Le pidió que parara de una vez y ella le preguntó que a qué se refería. Le dijo que lo dejara en paz, y por toda respuesta tuvo una risa y una palmadita en la mejilla al tiempo que le preguntaba qué era lo que suponía que tenía que dejar de hacer. Y por supuesto tuvo que ser en ese preciso momento cuando Faile salió del pasillo que se cruzaba con el corredor en que estaban ellos y justo un instante antes de que él retrocediera bruscamente. A Faile debió de parecerle que se retiraba porque la había visto. Sin vacilación alguna, Faile giró suavemente sobre sus talones sin alterar el ritmo de su paso en lo más mínimo, ni más rápido ni más lento.

Corrió en pos de ella, la alcanzó y caminó a su lado en medio de un dolido silencio. Difícilmente un hombre podía decir lo que tenía que decir en un sitio donde la gente podía oírlo. Faile mantuvo una agradable sonrisa todo el camino hasta sus aposentos, pero, oh, aquel punzante, espinoso olor…

—Eso no era lo que parecía —dijo tan pronto como se hubo cerrado la puerta a sus espaldas. Ella no dijo una palabra; simplemente enarcó las cejas en una muda pregunta—. En fin, sólo… Berelain me dio palmaditas en la cara… —Seguía sonriendo, pero sus cejas se fruncieron en un gesto sombrío, y entre las espinas se mezcló el efluvio de la ira—. Pero lo hizo y ya está. Yo no la alenté, Faile. Simplemente lo hizo.

Ojalá Faile hubiera dicho algo, pero se limitó a mirarlo fijamente. Perrin imaginó que estaba esperando, pero ¿qué? La respuesta le llegó de sopetón y, como parecía suceder muy a menudo cuando hablaba con ella, fue como si le pusieran un nudo corredizo al cuello.

—Faile, lo siento.

La ira se tornó afilada como una cuchilla.

—Ya veo —repuso fríamente y salió del cuarto.

De modo que había metido la pata, aunque no entendía cómo. Se había disculpado y ni siquiera había hecho nada por lo que tuviera que disculparse.

Esa tarde oyó por casualidad a Bain y a Chiad discutiendo si deberían ayudar a Faile a darle una paliza ¡nada menos! Imposible saber si Faile lo había sugerido —era muy fiera, pero ¿hasta ese punto?—, pero sospechaba que las dos Aiel querían que él las oyera, cosa que lo enfureció. Obviamente, su esposa discutía con ellas asuntos de los dos, cosas que deberían haber quedado entre marido y mujer, lo que lo enfureció aun más. ¿De qué otras facetas de su vida matrimonial charlaba mientras tomaba el té? Esa noche, mientras él la miraba sin salir de su sorpresa, Faile se puso un camisón de gruesa lana a pesar del calor. Cuando intentó besarla en la mejilla, casi con timidez, ella masculló que había tenido un día agotador y se volvió dándole la espalda. Olía a furia, un olor lo bastante intenso para partir una cuchilla a lo largo.

No podía conciliar el sueño con aquel olor, y cuanto más tiempo yacía a su lado, contemplando el techo en la oscuridad, más furioso se ponía. ¿Por qué le hacía esto? ¿Es que no se daba cuenta de que sólo la amaba a ella? ¿Es que no le había demostrado más que de sobra que lo que más deseaba en la vida era tenerla en sus brazos para siempre? ¿Era culpa suya que a una estúpida mujer se le hubiese metido entre ceja y ceja coquetear con él? Lo que debería hacer era tenderla boca abajo en sus rodillas y darle de azotes hasta que le entrara un poco de sentido común. Sólo había hecho eso en una ocasión, cuando ella había pensado que podía darle un puñetazo siempre que se le antojaba para dejar claro su punto de vista. A la larga, le había dolido más a él que a ella; no soportaba la idea de que Faile se sintiera dolida. Quería hacer las paces con ella. Sólo con ella.