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—A veces hace eso —comentó la Aiel. Se mostraba tranquila, con los brazos cruzados y el rostro impasible, pero su olor era de irritación, un efluvio ligeramente punzante, como pequeños abrojos—. Se escabulle sin llevar siquiera una Doncella para cubrirle la espalda y en ocasiones está ausente medio día. Cree que no lo sabemos. Pensé que quizá tú sabías dónde estaba.

Algo en su voz le dijo a Perrin que si lo descubría iría tras él.

—No —suspiró—. No tengo la menor idea.

—Presta atención al juego, Loial —murmuró Faile—. A buen seguro no querrás poner esa ficha ahí.

Perrin volvió a suspirar. Había decidido quedarse todo el día al lado de Faile. Tendría que hablar con él antes o después y, además, Berelain lo dejaría en paz si se encontraba con su esposa. En fin, por lo menos la Principal no lo había molestado; pero, tan pronto como Faile comprendió que ese día no saldría de caza otra vez, había pillado a Loial antes de que el Ogier saliera corriendo a la biblioteca y desde entonces estaban jugando partida tras partida de damas. En silencio, a efectos prácticos. Perrin habría deseado saber dónde estaba Rand.

Tendido boca arriba en la cama, Rand contemplaba fijamente las gruesas vigas del sótano sin verlas realmente. El lecho no era grande, pero tenía dos colchones y almohadas de plumas y sábanas de buen lino. Había una silla de aspecto sólido y una pequeña mesa, sencilla pero bien construida. Todavía le dolían los músculos tras haber sido transportado en el interior de uno de los arcones. El Poder lo había doblado con facilidad, la cabeza entre las rodillas; unas cuerdas sencillas habían bastado para hacer de él un paquete.

El ruido de metal chirriando contra metal le hizo volver la cabeza. Galina había utilizado una gran llave para abrir una trampilla practicada en los barrotes de la jaula de hierro, que era lo bastante amplia para que cupieran en ella la cama, la mesa y la silla. Una mujer de cabello gris y rostro arrugado metió los brazos por el hueco para dejar una bandeja cubierta con un paño encima de la mesa y después se retiró rápidamente, casi de un salto.

—Me propongo entregarte en la Torre en un estado de salud razonable —manifestó fríamente Galina mientras volvía a cerrar la trampilla—. Come o serás alimentado a la fuerza.

Rand volvió a clavar los ojos en las vigas del techo. Seis Aes Sedai estaban sentadas en sillas alrededor de la jaula, sustentando el escudo que lo aislaba. Rand mantenía el vacío a su alrededor en caso de que tuvieran un desliz, pero no se lanzaba contra la barrera. Cuando lo habían empujado hacia la jaula para meterlo en ella, lo había hecho; algunas de las mujeres se habían reído, las que se dieron por enteradas. Ahora en cambio tanteó sigilosamente hacia el furioso torrente del saidin, una tormenta de fuego y hielo que continuaba allí, casi a su alcance, justo en el límite de su campo visual. Tanteó hacia la Fuente y sintió el muro invisible cerrándole el acceso a ella; lo recorrió como intentando encontrar una brecha. Lo que halló fue un lugar donde el muro parecía convertirse en seis puntos; también éstos lo frenaron con igual eficacia, pero eran seis, no una única superficie y, definitivamente, eran puntos.

¿Cuánto tiempo llevaba allí? Se había establecido sobre él una gris vacuidad que borraba el sentido del tiempo, que lo sumía en un estado letárgico. Llevaba el tiempo suficiente para tener hambre, pero el vacío convertía las sensaciones en algo distante, y ni siquiera el olor a guisado caliente y pan recién hecho que llegaba de la bandeja tapada despertó su interés. Levantarse le parecía un esfuerzo excesivo. Hasta ahora, doce Aes Sedai habían hecho turnos alrededor de la jaula y ni uno solo de los rostros que había visto antes apareció en el sótano. ¿Cuántas había en la casa? No tenía ni idea de a qué distancia lo habían trasladado dentro del arcón, la mayor parte del tiempo zarandeado en una carreta o carro. ¿Por qué había olvidado el consejo de Moraine? No fiarse jamás de una Aes Sedai, ni un instante, ni un pelo. Seis Aes Sedai encauzando el saidar necesario para mantener el escudo tendría que ser advertido en el exterior por cualquier mujer capaz de encauzar. Sólo hacía falta que Amys, Bair o alguna otra pasaran por la calle y se preguntaran qué ocurría. Ahora tenían que estar pensando que su desaparición había coincidido con la marcha de Coiren de palacio. Todo ello si es que fuera había una calle. Sólo hacía falta que…

Tanteó de nuevo el escudo, suavemente, para que ellas no se diesen cuenta. Seis puntos. Seis puntos blandos de algún modo. Eso tenía que significar algo. Ojalá Lews Therin volviese a hablar, pero el único sonido dentro de su cabeza eran sus propios pensamientos deslizándose a lo largo del vacío. Seis puntos.

Caminando a buen paso por la calle envuelta en la oscuridad, junto a la gran casa de piedra donde se alojaban las Aes Sedai, Sorilea las sintió encauzando todavía, aunque era una sensación débil. Sólo lo percibía débilmente porque ella misma apenas podía encauzar, pero no fue ése el motivo por el que hizo caso omiso. Habían estado encauzando día y noche desde su llegada; ninguna Sabia perdía el tiempo ya preguntándose por qué lo hacían. Sorilea tenía, desde luego, asuntos más importantes en los que pensar ahora. En el palacio de los Asesinos del Árbol las Doncellas estaban empezando a irritarse con Rand al’Thor, rezongando que el Car’a’carn iba a tener que dar explicaciones cuando regresara esta vez. Sorilea había vivido muchos más años que cualquiera de esas Doncellas, mucho más que cualquier otra Sabia y, fuera o no débil en el Poder, se sentía inquieta. Como la mayoría de los hombres, Rand al’Thor se marchaba cuando quería y a donde quería —los varones eran como gatos en ese aspecto— pero esta vez, coincidiendo con el momento en que él se había marchado, Min había desaparecido en algún punto entre las tiendas y el palacio. A Sorilea no le gustaban las coincidencias por muchas que concurrieran en torno al Car’a’carn. Se arrebujó en el chal al sentir un repentino escalofrío que le llegó a los huesos y apretó el paso en dirección a las tiendas.

52

Tejidos del Poder

Los hombres sentados alrededor de la mesa de la sala común de La Mujer Errante eran en su mayoría lugareños; se los distinguía por los largos chalecos de brillante seda, a menudo brocada, encima de camisas pálidas con mangas amplias. Granates o perlas adornaban los anillos; los pendientes de aro eran de oro, y en los pomos de los cuchillos curvos, metidos en los cinturones, relucían zafiros y opalescentes piedras de la luna. Varios hombres llevaban chaquetas de seda echadas sobre los hombros, con una cadena de plata o de oro ensartada entre las estrechas solapas, que lucían bordados de flores o animales. Eran unas prendas de aspecto extraño —demasiado pequeñas para ponérselas y se notaba que estaban pensadas para llevarlas a guisa de capa— pero quienes las vestían portaban espadas largas y finas además del cuchillo curvo, y parecían bien dispuestos a utilizar cualquiera de las dos armas ya fuese a causa de una palabra o incluso una mirada equivocadas o porque les apeteciese, simplemente.

En conjunto era una concurrencia variada. Había dos mercaderes murandianos, con bigotes enroscados y aquellas ridículas barbitas en el mentón; un domani, con el cabello largo hasta más abajo de los hombros y un fino bigotillo, que lucía un brazalete de oro, un collar ajustado también del mismo metal precioso y un pendiente con una perla enorme en la oreja izquierda; un atezado Atha’an Miere vestido con chaqueta de un vivo color verde, con las manos tatuadas y dos cuchillos metidos en el fajín rojo; un tarabonés con el velo transparente cubriéndole un espeso bigote que casi le tapaba la boca; además de varios forasteros que podían proceder de cualquier lugar. Sin embargo, todos ellos tenían un montón de monedas ante sí, bien que el tamaño variaba. Al encontrarse tan próxima al palacio de Tarasin, La Mujer Errante atraía a clientes con oro para gastar.