—Hay que encontrar una Aes Sedai —murmuró Bashere—. Si esos rumores son ciertos… Así la Luz me ciegue los ojos, ojalá no hubiese dejado que aquélla se marchara.
Mucha gente había huido de Caemlyn en los días siguientes a que Rand y los Aiel tomaran la ciudad; el propio palacio casi quedó vacío de la noche a la mañana. Había personas que a Rand le habría gustado encontrar, gente que lo había ayudado, pero todos desaparecieron. Todavía había algunos que se escabullían. Una de las que huyeron en esos primeros días fue una Aes Sedai, lo bastante joven para que en su rostro no se viera la habitual intemporalidad de sus iguales. Los hombres de Bashere mandaron aviso cuando la encontraron en una posada, pero cuando se enteró de quién era Rand echó a correr chillando. Literalmente chillando. Rand nunca descubrió a qué Ajah pertenecía. Se rumoreaba que había otra en la ciudad, pero en la actualidad corrían cientos, miles de rumores por Caemlyn, todos ellos inverosímiles, así que no parecía probable que ninguno de ellos los condujera a una Aes Sedai. Las patrullas Aiel habían avistado algunas que iban de paso por Caemlyn, todas encaminándose con prisa a alguna otra parte y ninguna de ellas dispuesta a entrar en una ciudad ocupada por el Dragón Renacido.
—¿Podría confiar en cualquier Aes Sedai? —preguntó Rand—. Además, sólo era un dolor de cabeza. No la tengo tan dura como para que no me duela un poco si le dan un golpe.
Bashere resopló sonoramente y con bastante fuerza para agitar su espeso bigote.
—Tengáis más o menos dura la cabeza, antes o después tendréis que confiar en las Aes Sedai. Sin ellas nunca reuniréis a todas las naciones bajo vuestro mando a no ser conquistándolas. La gente mira mucho esas cosas. Por muchas que sean las Profecías que hayan oído que habéis cumplido, muchos esperarán hasta que las Aes Sedai estampen su sello sobre vos.
—En cualquier caso no podré eludir la lucha y vos lo sabéis —adujo Rand—. Los Capas Blancas no me darán la bienvenida en Amadicia aunque Ailron accediese, y desde luego Sammael no renunciará a Illian sin ofrecer resistencia. —«Sammael y Rahvin y Moghedien y…» Tuvo que hacer un ímprobo esfuerzo para apartar la idea de su mente. No era fácil. Acudían sin advertencia y nunca resultaba fácil.
Un golpe sordo lo hizo mirar hacia atrás. Arymilla estaba desplomada en las piedras del pavimento. Karind se había arrodillado para bajarle las faldas y frotarle las muñecas. Elegar se tambaleaba como si en cualquier momento fuera a unirse con Arymilla en el suelo, y ni Masin ni Elenia parecían encontrarse en mejor estado. Casi todos los demás daban la impresión de estar a punto de vomitar. La mención del Renegado podía causar esa reacción, sobre todo desde que Rand les había dicho que el tal lord Gaebril en realidad era Rahvin. No estaba seguro de hasta qué punto le creían, pero sólo considerar la posibilidad bastaba para debilitar las rodillas de muchos. Lo que los conmocionaba era preguntarse por qué seguían vivos. Si Rand sospechara que habían servido a Rahvin sabiendo quién era… «No —pensó—. Si lo hubiesen sabido, si todos fueran Amigos Siniestros, aun así los utilizarías». A veces sentía tanto asco de sí mismo que estaba más que dispuesto a morir.
Al menos él estaba diciendo la verdad. Las Aes Sedai intentaban guardar en secreto que los Renegados estaban libres; temían que hacerlo público ocasionara más caos y pánico. Por el contrario Rand trataba de difundir la verdad. Puede que la gente sufriera pánico, pero dispondría de tiempo para recuperarse. Haciéndolo al modo de las Aes Sedai, el descubrimiento de la verdad y el pánico podrían llegar demasiado tarde para poder recuperarse. Además, la gente tenía derecho a saber a lo que se enfrentaba.
—Illian no aguantará mucho tiempo —dijo Bashere. Rand volvió la cabeza hacia él velozmente, pero el mariscal era un soldado demasiado experimentado para decir en público lo que no debía oírse. Sólo estaba cambiando el tema de conversación para que olvidaran a los Renegados. Aunque si éstos, o cualquier otra cosa, lo ponían nervioso a Davram Bashere Rand, no lo había advertido hasta entonces—. Illian se resquebrajará como una nuez partida por un martillo.
—Mat y vos discurristeis un buen plan. —La idea básica había sido suya, pero Mat y Bashere habían proyectado los mil y un detalles que harían que resultase. Mat más que Bashere.
—Un joven interesante, ese Mat Cauthon —musitó el mariscal—. Estoy deseando volver a hablar con él. Nunca ha mencionado con quién se ha instruido. ¿Con Agelmar Jagad? He oído que los dos estuvisteis en Shienar.
Rand guardó silencio. Los secretos de Mat le pertenecían a él; además, Rand no estaba seguro de que en realidad fueran de su amigo. Bashere ladeó la cabeza mientras se rascaba un lado del bigote con el dedo.
—Es joven para haber estudiado con cualquiera —continuó—. Es de vuestra edad. ¿Encontró alguna biblioteca en alguna parte? Me gustaría echar un vistazo a los libros que ha leído.
—Tendréis que preguntarle a él —repuso Rand—. Yo no lo sé.
Suponía que Mat debía de haber leído un libro en alguna ocasión, en alguna parte, pero a su amigo no le interesaban mucho los libros. Bashere se limitó a asentir. Cuando Rand no deseaba hablar de algo, por lo general el saldaenino lo dejaba estar. Por lo general.
—La próxima vez que hagáis una escapada a Cairhien, ¿por qué no os traéis a la hermana Verde que está allí? Egwene Sedai, según creo. He oído a los Aiel hablar de ella; afirman que es de vuestro pueblo natal. En ella sí podríais confiar, ¿no?
—Egwene tiene otras obligaciones. —Rand se echó a reír. Así que una hermana Verde. Si Bashere supiera…
Somara apareció al lado de Rand llevando la camisa de lino y la chaqueta, una prenda de fina lana roja de corte andoreño, con dragones en los largos picos del cuello y apretadas hojas de laurel en las solapas y los costados de las mangas. Era alta incluso para la media Aiel, quizá menos de un palmo más baja que él. Como las demás Doncellas, también se había bajado el velo, pero el shoufa parduzco todavía le cubría la cabeza y el cuello.
—El Car’a’carn se cogerá un resfriado —rezongó.
Rand lo dudaba. Puede que a los Aiel este calor no les pareciese nada fuera de lo normal, pero a él volvía a correrle el sudor casi tan copiosamente como cuando estaba practicando con la espada. Aun así, se metió la camisa por la cabeza y la remetió entre los pantalones, aunque no anudó los lazos, y a continuación se puso la chaqueta. No creía que Somara se atreviese a ponerle la ropa delante de los demás, pero de este modo se ahorraba sermones de ella y de Enaila y puede que alguna más de las otras, así como una tisana.
Para casi todos los Aiel era el Car’a’carn, y lo mismo rezaba para las Doncellas. En público. A solas con estas mujeres que habían elegido rechazar el matrimonio y el hogar en favor de la lanza, las cosas se volvían más complicadas. Suponía que podría ponerle fin —tal vez— pero se sentía obligado a no hacerlo; se lo debía. Algunas ya habían muerto por él y morirían más —¡lo había prometido, así la Luz lo abrasara por ello!— y, si podía dejarlas que hicieran eso, también podía dejarlas hacer todo lo demás. El sudor empapó la camisa de inmediato y empezó a dejar marcas oscuras en la chaqueta.
—Necesitáis a las Aes Sedai, al’Thor —insistió Bashere.
Rand confiaba en que fuese la mitad de tenaz a la hora de luchar; tal era la reputación del mariscal, pero sólo disponía de la reputación de este hombre y de unas cuantas semanas.
—No podéis permitiros el lujo de tenerlas en contra —continuó Bashere—. Y, aunque no lo estuviesen, pensad al menos que tienen unas cuantas cuerdas atadas a vos y podrían ir por ahí. Las Aes Sedai se valen de mañas y uno nunca sabe qué harán o por qué.