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Se alegraba de que Nynaeve no hubiese aceptado su apuesta. Diez días. Había sido una estúpida optimista. Aquél era el undécimo día desde su fanfarronada; once días en los que a veces pensaba que estaba en la misma calle por la tarde que en la que había estado por la mañana; once días sin encontrar la menor pista que las condujera al cuenco. En ocasiones se habían quedado en palacio sólo para despejarse. ¡Todo era tan frustrante! Al menos Vandene y Adeleas tampoco estaban teniendo suerte. Por propia experiencia, Elayne sabía que nadie en el Rahad diría voluntariamente una sola palabra a unas Aes Sedai. La gente desaparecía tan pronto como se daba cuenta de quiénes eran; había visto a dos mujeres intentar apuñalar a Adeleas, sin duda para robar a la necia mujer que se aventuraba en el Rahad vestida con sedas, y para cuando la hermana Marrón levantó a las dos con flujos de Aire y las metió por una estrecha ventana dos pisos más arriba, no quedaba un alma en la calle. Bien, pues no estaba dispuesta a permitir que esas dos encontraran su cuenco y se lo arrebataran en las narices.

De vuelta en la calle, ocurrió algo que le recordó a Elayne que en el Rahad había cosas peores que la frustración. Justo enfrente de ella, un hombre delgado, con el torso lleno de sangre y un cuchillo empuñado en una mano, salió renqueando de un zaguán y giró rápidamente sobre sus talones para enfrentarse a otro hombre que lo seguía; el segundo era más alto y corpulento y sangraba de un tajo en la mejilla. Los dos giraron en círculo, las miradas trabadas, las armas centelleando al amagar puñaladas. Como si hubiese brotado del pavimento, se reunió una pequeña multitud para presenciar la lucha; nadie se acercó corriendo, pero tampoco ninguno de los espectadores pasó de largo.

Elayne y Birgitte se desplazaron hacia un lado de la calle, pero no se marcharon. En el Rahad, hacer tal cosa habría llamado la atención y eso era lo último que querían que pasara. Sumarse a los mirones significaba tener que presenciar la pelea, pero Elayne se las ingenió para enfocar la vista más allá de los dos contendientes, de manera que sólo percibía formas borrosas que se movían rápidamente; de repente la velocidad de los movimientos aminoró, y la joven se obligó a mirar. El hombre con el torso manchado de sangre se pavoneaba en mitad de la calle al tiempo que gesticulaba con el cuchillo, del que goteaba un fluido rojo. El hombre más corpulento yacía boca abajo en el pavimento, emitiendo unas toses secas y débiles, a menos de veinte pasos de ella.

Instintivamente, Elayne se adelantó; su reducida capacidad de Curación sería mejor que nada cuando un hombre se estaba desangrando y a punto de morir, y al infierno con lo que cualquiera de los presentes pensara sobre las Aes Sedai; sin embargo, antes de que hubiese dado el segundo paso, otra mujer se había arrodillado junto al moribundo. Era algo mayor que Nynaeve y llevaba un vestido azul con cinturón rojo que estaba en mejores condiciones que la mayoría de las ropas que se veían en el Rahad. Al principio Elayne creyó que era la pareja del hombre caído, sobre todo al advertir que el vencedor del duelo moderaba su actitud. Nadie hizo intención de marcharse y todos observaron en silencio mientras la mujer volvía al herido boca arriba.

Elayne dio un respingo cuando, en lugar de limpiar suavemente la sangre de los labios del hombre, la mujer sacó lo que parecía un puñado de hierbas de una bolsita y se las metió apresuradamente en la boca. Antes de que retirara la mano de la cara del individuo, el brillo del saidar la envolvió y empezó a tejer flujos de Curación con mayor destreza de lo que Elayne podría haber hecho. El hombre exhaló aire con bastante fuerza para expulsar gran parte de las hierbas, se estremeció y quedó inmóvil, con los ojos entreabiertos mirando sin ver el sol.

—Demasiado tarde, al parecer. —La mujer se incorporó y se volvió hacia el tipo delgado—. Debes decirle a la esposa de Masic que has matado a su marido, Baris.

—Sí, Asra —contestó sumisamente Baris.

Asra se dio media vuelta y echó a andar sin mirar de nuevo a ninguno de los dos hombres, y el grupo reunido se apartó a su paso. Cuando la mujer llegó a la altura de Elayne y Birgitte, a corta distancia, la heredera del trono advirtió dos cosas respecto a ella. Una fue su fuerza; Elayne buscó eso a propósito. Esperaba sentir bastante, pero a Asra probablemente nunca se le habría permitido acceder a la prueba para Aceptada. La Curación tenía que ser su Talento más fuerte —tal vez el único, ya que debía de tratarse de una espontánea— y muy afinado a costa de práctica. Tal vez incluso pensaba que el uso de aquellas hierbas era necesario. El otro detalle que advirtió Elayne fue el tono de la tez de la mujer. El color tostado no se debía al sol; indudablemente Asra era domani. ¿Qué demonios hacía una espontánea domani en el Rahad?

Elayne habría seguido a la mujer, pero Birgitte la condujo en dirección contraria.

—Conozco esa expresión en tus ojos, Elayne. —La arquera miró en derredor con desconfianza, como si sospechara que algunos de los transeúntes fueran espías—. No sé por qué quieres ir detrás de esa mujer, pero resulta evidente que se la respeta aquí. Acósala, y lo más seguro es que se nos lancen más puñales de los que podamos defendernos entre las dos.

Era la pura realidad; como indiscutible era el hecho de que no habían ido a Ebou Dar a encontrar espontáneas domani.

Elayne rozó el brazo de Birgitte al tiempo que hacía un gesto hacia dos hombres que acababan de girar en la esquina. Con su chaqueta azul de rayas satinadas, Nalesean era la viva imagen de un lord teariano; llevaba la prenda abotonada hasta arriba y su rostro sudoroso brillaba casi tanto como su barba untada. Clavaba una mirada feroz en cualquiera que osara posar la vista en él, hasta tal punto de que sin duda ya se habría visto envuelto en una pelea a estas alturas de no ser porque acariciaba la empuñadura de su espada como si fuese precisamente eso lo que estaba buscando y deseando. Mat, por otro lado, no mostraba la menor intranquilidad. Caminaba con aire arrogante y, salvo por cierto aire contrariado, habríase dicho que se estaba divirtiendo. Con la chaqueta desabrochada, el sombrero bien calado sobre los ojos y el pañuelo anudado al cuello, tenía el aspecto de haber pasado la noche yendo de taberna en taberna; algo que, dicho fuera de paso, podía ser cierto. Con gran sorpresa, Elayne cayó en la cuenta de que hacía días que no se había acordado de él. Tenía unas ganas tremendas de echarle mano al ter’angreal que llevaba el joven, pero la importancia del cuenco era infinitamente mayor.

—Nunca se me había ocurrido —murmuró Birgitte—, pero creo que Mat es el más peligroso de esos dos. Unos N’Shar en Mameris. Me pregunto qué están haciendo a este lado del Eldar.

Elayne la miró de hito en hito. ¿Unos qué en dónde?

—Seguramente han acabado con todas las reservas de vino de la otra orilla. Vamos, Birgitte, me gustaría que te concentraras en el asunto que nos ocupa. —Esta vez no iba a preguntarle.

Una vez que Mat y Nalesean pasaron junto a ellas y se alejaron en dirección opuesta, Elayne se olvidó de ellos y observó la calle. Sería maravilloso encontrar el cuenco ese día. Y no era la razón menos importante el hecho de que la próxima vez que acudieran estaría emparejada con Aviendha. Empezaba a apreciar a esa mujer a despecho de las ideas extremadamente peculiares —¡extremadamente!— con respecto a Rand y a ellas, pero parecía tener cierta tendencia a animar a mujeres aparentemente dispuestas a sacar el cuchillo. Aviendha parecía incluso desilusionada cuando los hombres agachaban los ojos fijamente, en vez de desenvainar el puñal como lo haría cualquier mujer, si ella los miraba desafiante.