—Te toca, Loial —dijo—. ¡Loial!
Las orejas del Ogier se agitaron con nerviosismo, y sus largas cejas cayeron fláccidas sobre sus mejillas. Puede que Loial no tuviera el menor sentido del olfato —en fin, no mejor que el de Faile, por decirlo de algún modo— pero sí notaba el estado de ánimo de la gente en circunstancias en que ningún humano se apercibiría de nada. Cuando Faile y él estaban en la misma habitación, era como si Loial quisiera ponerse a gritar. Ahora se limitó a soltar un suspiro que semejaba una ráfaga de viento en una cueva, y movió una ficha blanca en una casilla donde empezaría a comerse la mayor parte de las fichas de Faile si ella no se daba cuenta de la maniobra. Probablemente lo haría; ella y el Ogier eran jugadores muy igualados, mucho mejores que Perrin.
Sulin entró y se dirigió a la puerta del dormitorio llevando una almohada en los brazos; miró con aire exasperado a Faile y a él. Sulin le recordaba a Perrin una loba que ya había llegado a su límite aguantando que los cachorros le mordieran la cola en sus juegos. También olía a preocupación. Y a miedo, curiosamente, si bien Perrin no entendía por qué tenía que parecerle extraño el hecho de que una sirvienta de cabello blanco oliera a miedo, aun tratándose de una mujer con el rostro curtido y marcado de cicatrices como Sulin.
Cogió un libro encuadernado en cuero y estampaciones doradas, se sentó en una silla y abrió el volumen. Sin embargo no leyó; ni siquiera veía el libro para saber cuál había cogido. Inhaló profundamente, desechando cualquier efluvio salvo los de Faile. Desilusión, cólera, celos y, debajo de eso, por debajo incluso del tenue y fresco aroma a hierbas del jabón que usaba, estaba el propio de ella. Perrin lo olió con ansia. Una palabra; era todo cuanto Faile tenía que decir.
Cuando sonó una llamada en la puerta, Sulin salió del dormitorio agitando las faldas del uniforme rojo y blanco y los miró, ceñuda, a Faile, a Loial y a él como preguntándose por qué no había contestado alguno de los tres. Puso un gesto de desprecio cuando vio a Dobraine —hacía eso a menudo desde que Rand se había marchado— pero después respiró hondo como si quisiera recobrar la compostura y obviamente se obligó a adoptar una sumisión casi exasperante. Su profunda reverencia habría sido adecuada para un rey que disfrutase siendo un tirano, y así permaneció, con la cara casi pegada al suelo. De repente empezó a temblar. El efluvio de su rabia se diluyó e incluso el de preocupación quedó arrollado por un olor punzante como miles de agujas. Perrin ya había olido en ella la vergüenza con anterioridad, pero esta vez habría jurado que la mujer se moriría por ello. Percibía el agridulce efluvio que las mujeres exudaban cuando lloraban por una intensa emoción.
Por supuesto, Dobraine ni siquiera la miró. En cambio sus hundidos ojos estudiaron a Perrin con gesto serio, incluso sombrío, bajo la afeitada y empolvada frente. El cairhienino no olía ni pizca a alcohol y no tenía aspecto de haber estado bailando. La única vez que Perrin había coincidido con él pensó que el hombre olía a recelo; no a miedo, sino como si fuera caminando entre la maleza enmarañada de un bosque lleno de serpientes venenosas. En ese momento dicho olor era diez veces más intenso.
—Que la gracia os sea propicia, lord Aybara —saludó Dobraine al tiempo que inclinaba la cabeza—. ¿Podría hablar con vos a solas?
Perrin dejó el libro en el suelo, junto a la silla, y señaló otra que había enfrente.
—Que la Luz os ilumine, lord Dobraine —respondió. Si el hombre quería andarse con formulismos él podía ser tan ceremonioso como el que más. Empero todo tenía un límite—. Lo que quiera que deseéis decirme, mi esposa puede oírlo. No tengo secretos para ella. Y Loial es mi amigo.
Sintió la mirada de Faile clavada en él. El repentino aroma a ella por poco lo marea de tan intenso. Por alguna razón, asociaba ese olor con el amor que su mujer le profesaba; en los instantes de mayor ternura o cuando sus besos eran más ardientes aquel efluvio casi lo abrumaba. Se le pasó por la cabeza decirle a Dobraine que se marchara —y también a Loial y a Sulin; si Faile olía así, sin duda podría arreglarlo todo de algún modo—, pero el cairhienino ya estaba tomando asiento.
—Un hombre que tiene una esposa en la que puede confiar, lord Aybara, ha sido favorecido por la gracia más allá de cualquier riqueza material. —Con todo, Dobraine la miró antes de continuar—. Cairhien ha sufrido hoy dos desgracias. Esta mañana, lord Maringil ha sido hallado muerto en su cama, al parecer envenenado. Y sólo un poco después el Gran Señor Meilan aparentemente ha caído víctima de la espada de un asaltante en la calle. Algo realmente inusitado durante la Fiesta de las Luces.
—¿Por qué me contáis esto? —inquirió lentamente Perrin.
—Sois amigo del lord Dragón —respondió Dobraine—, y él no está aquí. —Vaciló y, cuando continuó, dio la impresión de que se obligaba a pronunciar las palabras—. Anoche, Colavaere cenó con invitados de varias casas menores: Daganred, Chuliandred, Annallin, Osiellin y otros. Poco importantes individualmente, pero numerosos. El tema que se trató fue la alianza con la casa Saighan y el apoyo a Colavaere para ocupar el Trono del Sol. No se esforzó gran cosa en ocultar la reunión. —De nuevo hizo una pausa, sopesando a Perrin con la mirada. Viese lo que viese, aparentemente creyó necesario ampliar la explicación—. Esto es muy extraño porque tanto Maringil como Meilan deseaban el trono y cualquiera de ellos habría hecho que la asfixiaran con su propia almohada de haberse enterado de sus pretensiones.
Perrin lo entendió por fin, aunque no la razón de que el hombre necesitara andarse con tantos rodeos. Ojalá Faile interviniera en la conversación; ella era mucho mejor en este tipo de cosas que él. La veía por el rabillo del ojo, con la cabeza inclinada sobre el tablero y observándolo de reojo.
—Si creéis que Colavaere ha perpetrado algún crimen, deberíais acudir a… A Rhuarc. —Había estado a punto de decir que recurriera a Berelain, pero aunque rectificó a tiempo el tufillo a celos se incrementó ligeramente en el olor de Faile.
—¿A ese salvaje Aiel? —resopló con sorna Dobraine—. Mejor sería Berelain y no demasiado. Admito que esa mujerzuela mayeniense sabe cómo dirigir una ciudad, pero piensa que todos los días se celebra la Fiesta de las Luces. Colavaere la hará trocear y cocinar con pimientos. Sois amigo del Dragón Renacido. Colavaere… —Esta vez enmudeció porque finalmente se había dado cuenta de que Berelain había entrado en la habitación sin llamar, con algo largo y estrecho, envuelto en una manta, apoyado en los brazos.
Perrin había oído el suave chasquido de la manilla de la puerta y, al ver a la Principal, con el bajo escote mostrando los senos hasta la mitad, la ira lo embargó de tal modo que borró todo lo demás. ¿Esa mujer venía allí, trayendo sus coqueteos delante de su esposa? La rabia hizo que se incorporara bruscamente y sus manos dieron una palmada que sonó como un trueno.
—¡Fuera! ¡Marchaos de aquí, mujer! ¡Fuera ahora mismo! ¡Fuera u os sacaré a empujones yo mismo y os mandaré tan lejos que rebotaréis en el suelo!
Berelain dio tal respingo con el primer grito que dejó caer el bulto que llevaba y retrocedió un paso, con los ojos desorbitados, aunque no se marchó. Cuando acababa de pronunciar la última palabra Perrin se dio cuenta de que todos lo miraban. El semblante de Dobraine parecía impasible, pero su efluvio era de absoluta estupefacción, tan marcado como una aguja pétrea en medio de una llanura. Las orejas de Loial estaban tan erguidas como esa misma aguja, y su boca no podía abrirse más. Y Faile, esbozando aquella fría sonrisa… Perrin no entendía nada. Había esperado las oleadas de celos con Berelain allí delante, pero ¿por qué exudaba un olor igualmente intenso a sentirse dolida?