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—Si abandonas a su suerte la ciudad que Rand al’Thor ha puesto a tu cargo —había dicho quedamente Rhuarc—, ¿cuántos rumores provocará? Si envías a todas tus lanzas, ¿cuántos rumores más habrá? ¿Y qué saldrá de esos rumores?

Había sonado como un consejo y, al mismo tiempo, no lo parecía; algo en la voz del jefe de clan le había dado un carácter mucho más fuerte. Berelain lo había mirado con gesto altanero, emitiendo un olor a obstinación. Poco a poco, el efluvio había desaparecido y la mujer había mascullado para sí misma:

—A veces creo que hay demasiados hombres que pueden… —Sólo resultó audible para Perrin. Luego, sonriendo, la Principal había manifestado en voz alta y con un marcado tono regio—: Me parece un buen consejo, Rhuarc. Creo que lo seguiré.

Lo más chocante, sin embargo, había sido el modo en que los efluvios se combinaron, el del jefe de clan y el de ella. A Perrin le habían recordado el de un lobo adulto y el de un cachorro bastante crecido; un padre indulgente encariñado con su hija, y ella con él, aunque a veces todavía tenía que darle un tirón de orejas para que se comportara como era debido. Empero, lo importante para Perrin fue que vio desaparecer la intención de acompañarlo en los ojos de su mujer. ¿Qué iba a hacer? Si salía con vida de ésta, ¿qué iba hacer?

Al principio de la travesía, los remeros —toscamente vestidos y algunos con el torso desnudo— hicieron chistes groseros, aunque no demasiado poco amistosos, sobre que casi ninguna cantidad de oro pagaba lo que se estaban perdiendo. Reían mientras recorrían la cubierta de atrás adelante y vuelta, manejando las largas pértigas, y todos ellos afirmaban haber estado bailando o besando a una noble. Un tipo larguirucho, de barbilla prominente, aseguró incluso que tenía a una noble teariana en sus rodillas antes de que acudiera a la llamada de Manal, pero nadie creyó tal cosa. Perrin, desde luego, no; los varones tearianos habían echado una ojeada a lo que estaba ocurriendo y se habían lanzado de cabeza a las celebraciones; las tearianas había echado una ojeada y se habían cerrado bajo llave en sus cuartos, con guardias apostados en las puertas.

Bromas y risas no duraron mucho. Gaul se había colocado lo más cerca posible del punto central de la embarcación con una expresión algo fuera de sí en los ojos, y había clavado éstos en la orilla opuesta, puesto de puntillas como si estuviese listo para saltar. Se debía a toda aquella agua, claro está, pero los remeros no podían saberlo. Y Loial, recostado en el hacha de mango largo que había encontrado en el Palacio del Sol, con la pala adornada profusamente con grabados, grande como la de una segur, continuaba inmóvil como una estatua y su rostro daba realmente la impresión de estar tallado en granito. Los remeros cerraron el pico y manejaron las pértigas con el mayor empeño, sin apenas atreverse a mirar a sus pasajeros. Cuando el transbordador llegó finalmente a un embarcadero de piedra en la ribera occidental del Alguenya, Perrin entregó al propietario —ahora que lo pensaba, esperaba que el hombre fuera en verdad el propietario— el resto del oro ofrecido, además de un puñado de monedas de plata para repartirlas entre los remeros, para recompensarlos por el miedo que habían pasado a costa de Loial y de Gaul. El gordo barquero se retiró de un brinco nada más cogerle las monedas e hizo una reverencia tan pronunciada, a pesar de su orondo cuerpo, que casi se tocó las rodillas con la cabeza. A lo mejor los rostros de Gaul y Loial no eran los únicos que inspiraban miedo.

Enormes edificios sin ventanas se alzaban rodeados por andamiajes de madera, las piedras ennegrecidas y desmoronadas en muchos puntos. Los graneros habían sido incendiados en los disturbios de hacía tiempo y las reparaciones habían empezado a llevarse a cabo recientemente, pero no se veía a nadie en las calles flanqueadas por graneros y establos, almacenes y patios de carretas. Hasta el último hombre que trabajaba allí se encontraba en la ciudad. No vieron a nadie hasta que dos hombres salieron a caballo por una calle lateral.

—Estamos preparados, lord Aybara —anunció Havien Nurelle con ansiedad. El joven de mejillas sonrosadas, considerablemente más alto que su compañero, ofrecía un aspecto llamativo con su peto pintado de rojo y el yelmo adornado con una fina pluma del mismo color. Incluso olía a ansiedad; y a juventud.

—Empezaba a pensar que no vendríais —murmuró Dobraine. Iba sin yelmo, pero sí llevaba guanteletes reforzados con acero en el envés y un peto abollado que todavía conservaba restos de lo que en tiempos habían sido adornos dorados. Echó un vistazo al semblante de Perrin y agregó—: La Luz es testigo de que no era mi intención mostrarme irrespetuoso, lord Aybara.

—Nos aguarda un largo camino —repuso Perrin mientras hacía dar media vuelta al zaino, Recio. ¿Qué iba a hacer con Faile? La necesidad de Rand bullía bajo su piel—. Nos llevan cuatro días de ventaja. —Taloneó suavemente los ijares de Recio y puso al corcel a un paso sostenido. Sería una larga persecución y no tenía sentido que los animales se despearan. Loial y Gaul no tuvieron dificultad para mantener el paso.

La calle más ancha se convirtió de repente en la calzada de Tar Valon —la calzada de Tar Valon cairhienina, ya que había otras con el mismo nombre— una ancha banda de tierra apelmazada que culebreaba hacia el oeste y al norte a través de colinas boscosas, más bajas que aquellas en las que se asentaba la ciudad. No se habían internado ni dos kilómetros en el bosque cuando se les unieron doscientos soldados de la Guardia Alada mayeniense y otros quinientos de la casa Taborwin, todos ellos montados en los mejores caballos que habían podido encontrarse.

Los mayenienses iban uniformados con petos rojos y yelmos que tenían forma de olla con reborde, de manera que les cubría la nuca; sus lanzas lucían banderines rojos. Muchos de ellos parecían casi tan ansiosos como Nurelle. Los cairhieninos, de talla más baja, llevaban petos sencillos y cascos con forma de campana, cortados de manera que dejaban el rostro al aire; tanto yelmos como petos aparecían abollados en su mayoría. Sus lanzas no iban adornadas, aunque aquí y allí el con de Dobraine, un pequeño cuadrado rígido sujeto a un corto astil, en fondo azul y con dos rombos blancos, señalaba a los oficiales o nobles menores de la casa Taborwin. Entre ellos no se veía gesto de ansiedad, sólo sombría determinación. Ya habían intervenido en combates. En Cairhien, a eso se lo llamaba «ver al lobo».

Aquello casi hizo reír a Perrin. Todavía no era el momento de los lobos.

Cerca del mediodía, un grupo pequeño de Aiel salió trotando de los árboles y bajó la cuesta hasta la calzada. Dos Doncellas trotaban a ambos lados de Rhuarc; eran Nandera y —como logró identificar Perrin al cabo de un momento— Sulin. La mujer tenía un aspecto muy distinto con el cadin’sor y el cabello recortado salvo la cola de caballo sujeta en la nuca. Parecía… natural, algo que jamás había conseguido con el uniforme del servicio. Amys y Sorilea venían a continuación, con los chales enroscados en los brazos y remangando las voluminosas faldas para bajar la cuesta, pero sin retrasarse un ápice con los otros tres.

Perrin desmontó para caminar con ellos, a la cabeza del contingente.

—¿Cuántos? —fue su escueta pregunta.

Rhuarc echó un vistazo hacia donde Gaul y Loial caminaban junto a Dobraine y Nurelle al frente de la columna. Estaban demasiado lejos para que incluso Perrin hubiese podido oír nada con el ruido de los cascos de los caballos, del tintineo de las bridas y los crujidos de las sillas de montar, pero aun así Rhuarc habló en voz baja: