De nuevo se produjo el nervioso movimiento de pies entre los andoreños, un indeciso alejarse unos pasos para después desandarlos y volver al mismo sitio. Respiraban como si hubiesen corrido kilómetros.
—Podéis marcharos —les dijo Rand.
—Por lo que a mí respecta, me quedo con vos —empezó Lir justo en el momento en que Naean decía secamente:
—No huiré de…
Querían demostrarle que no tenían miedo aunque estuviesen a punto de ensuciarse encima; deseaban salir corriendo olvidando la poca dignidad que todavía no le habían echado a los pies para que la pisoteara. La elección era sencilla. Él era el Dragón Renacido y ganarse su favor significaba obedecer; además, en este caso obedecer coincidía con sus deseos. Hubo un agitado trajín de reverencias e inclinaciones de cabezas, de apresurados murmullos de «con vuestro permiso, mi señor Dragón» y «como ordenéis, mi señor Dragón» y salieron… no exactamente disparados, pero sí caminando tan deprisa como les era posible sin parecer que salían pitando. Y justo en dirección contraria a la tomada por Tumad; era obvio que querían evitar el riesgo de toparse con Mazrim Taim mientras éste se dirigía hacia el patio.
La espera se hizo más larga con el calor; se tardaba un rato en conducir a un hombre a través de los numerosos pasillos que había desde las puertas principales, pero una vez que los andoreños se hubieron marchado nadie se movió. Bashere seguía con la vista fija en la dirección por la que aparecería Taim. Las Doncellas observaban vigilantes todo, pero siempre lo hacían; y, si daban la impresión de estar prestas a cubrirse con el velo en cualquier momento, también hacían eso siempre. Salvo por los ojos, habríase dicho que eran estatuas.
Finalmente el sonido de botas resonó en el patio. Rand estuvo a punto de aferrar el saidin, pero se contuvo. Ese hombre se daría cuenta de que estaba en contacto con el Poder tan pronto como entrara en el patio, y Rand no podía permitirse el lujo de parecer que le tenía miedo.
Tumad salió primero al patio soleado, seguido de un hombre de cabello negro y algo más alto que la talla media, cuya tez atezada y ojos rasgados lo señalaban como otro saldaenino, aunque iba pulcramente afeitado y vestido como cualquier mercader próspero de Andor que está pasando un mal momento. La chaqueta azul oscuro era de buena lana e iba ribeteada con terciopelo de una tonalidad más oscura, pero el uso había deshilachado los puños, los pantalones le hacían bolsas en las rodillas y las agrietadas botas estaban cubiertas por una capa de polvo. Aun así caminaba con orgullo, una hazaña nada despreciable teniendo en cuenta que otros cuatro soldados de Bashere iban detrás de él con aquellas espadas ligeramente serpentinas desenvainadas y las puntas a escasos centímetros de sus costillas. El calor no parecía afectarlo. Los ojos de las Doncellas siguieron su aproximación.
Rand estudió a Taim mientras el hombre y su escolta cruzaban el patio. Por lo menos era quince años mayor que él, de modo que debía de tener unos treinta y cinco o pocos más. Se sabía poco y se había escrito menos sobre los hombres que podían encauzar, ya que era un tema que evitaba la mayoría de la gente decente, pero Rand había investigado todo lo posible. En la actualidad eran relativamente escasos los hombres que buscaban poseer tal habilidad, y ése era uno de los problemas de Rand. Desde el Desmembramiento, la mayoría de los hombres que encauzaban poseían esa habilidad de manera innata, presta para surgir cuando llegaban a adultos. Algunos se las ingeniaban para mantener la locura a raya durante años antes de que las Aes Sedai los encontraran y los amansaran; otros ya estaban irremediablemente locos cuando daban con ellos, en ocasiones antes de que hubiese transcurrido un año desde la primera vez que tocaban el saidin. Hasta el momento Rand se había aferrado a la cordura durante casi dos años. No obstante, ante él tenía a un hombre que debía de haberlo hecho durante diez o quince; eso por sí solo era importante.
Se detuvieron a unos cuantos pasos de Rand obedeciendo un gesto de Tumad. Rand abrió la boca; pero, antes de que tuviese ocasión de hablar, Lews Therin emergió en su mente con un arrebato de furia:
«Sammael y Demandred me odiaban, les otorgara los honores que les otorgase. Cuanto mayores los honores, mayor su odio, hasta que vendieron sus almas y se pasaron a la Sombra. En especial Demandred. ¡Tendría que haberlo matado! ¡Tendría que haberlos matado a todos! ¡Abrasar el mundo para matarlos! ¡Abrasar el mundo!»
Sin mudar el semblante, Rand luchó para recobrar su propia mente. «Soy Rand al’Thor. ¡Rand al’Thor! ¡Jamás conocí a Sammael ni a Demandred ni a ninguno de los otros! ¡La Luz me consuma, soy Rand al’Thor!» Sonaba como una súplica. Lews Therin desapareció, rechazado de vuelta a cualesquiera que fuesen las sombras en las que residía.
—¿Decís que sois Mazrim Taim? —preguntó Bashere aprovechando el silencio. Su timbre era dubitativo, y Rand lo miró desconcertado. ¿Era o no era Taim? Sólo un demente se identificaría como él si no lo era.
Los labios del prisionero se curvaron levemente en lo que podría haberse tomado por un amago de sonrisa mientras el hombre se frotaba la mejilla.
—Me he afeitado, Bashere. —En su voz se advertía algo más que un indicio de sorna—. Hace calor aquí, tan al sur, ¿o es que no lo habéis notado? Más de lo que sería lógico, incluso en esta zona. ¿Queréis una prueba de que soy quien digo? ¿Deseáis que encauce? —Sus oscuros ojos se desviaron fugazmente hacia Rand y luego volvieron hacia Bashere, cuyo rostro se iba tornando más sombrío de minuto en minuto—. No, eso no sería aconsejable ahora. Os recuerdo. Os estaba derrotando en Irinjavar hasta que aquellas visiones aparecieron en el cielo. Claro que eso es algo que sabe todo el mundo. ¿Qué podría haber que no supiera nadie excepto vos y Mazrim Taim? —Pendiente por completo de Bashere parecía no advertir a los guardias ni sus espadas, todavía apuntadas a sus costillas—. Me he enterado de que ocultasteis lo que les ocurrió a Musar, Hachari y sus esposas. —Ahora el timbre de sorna había desaparecido; Taim se limitaba a contar lo sucedido—. No debieron intentar matarme utilizando la añagaza de una bandera blanca para parlamentar. Confío en que les hayáis encontrado un buen puesto como sirvientes, ya que lo único que realmente desean ahora es servir y obedecer; no serían felices de otra forma. Podría haberlos matado. Habría estado en mi derecho puesto que los cuatro desenvainaron dagas.
—¡Taim, sois…! —gruñó Bashere mientras su mano volaba hacia la empuñadura de la espada.
Rand se interpuso entre los dos y aferró la muñeca del mariscal cuando el arma estaba ya medio desenvainada. Las espadas de los guardias, así como la de Tumad, tocaban ahora a Taim y probablemente las puntas llegaban a la carne a juzgar por la presión que ejercían contra la chaqueta, pero el prisionero no hizo el menor gesto de dolor.
—¿Habéis venido a verme o a zaherir a lord Bashere? —demandó Rand—. Si volvéis a provocarlo dejaré que os mate. Mi amnistía condona lo que habéis hecho, pero no os autoriza a alardear de vuestros crímenes.
Taim estudió a Rand un momento antes de hablar. A despecho del calor el tipo apenas transpiraba.
—Vine a veros. Sois el de la visión en el cielo. Se dice que era el Oscuro en persona contra quien combatíais.
—El Oscuro no —repuso Rand. Bashere no estaba forcejeando exactamente, pero notaba la tensión en el brazo del mariscal. Si lo soltaba, la espada saldría del todo y atravesaría a Taim en un visto y no visto. A menos que utilizara el Poder. O lo utilizara Taim. Había que evitar tal cosa si ello era posible. Mantuvo los dedos cerrados firmemente en la muñeca de Bashere—. Se llamaba a sí mismo Ba’alzemon, pero creo que era Ishamael. Lo maté posteriormente, en la Ciudadela de Tear.
—Se comenta que habéis acabado con varios de los Renegados. ¿He de llamaros mi señor Dragón? He oído a esta pandilla usar ese título. ¿Os proponéis matar a todos los Renegados?