—Tal vez —repuso Rand cortante. Había vivido demasiadas profecías para creer que alguna de ellas significara exactamente lo que decía. Ni siquiera que aseguraran nada. En su opinión, una profecía marcaba los requisitos que debían concurrir para que algo ocurriera; sólo que el hecho de que se dieran tales requisitos no significaba que tal cosa sucedería, únicamente que podría suceder. Ciertas condiciones estipuladas en las Profecías del Dragón daban a entender que él tenía que morir para tener alguna oportunidad de vencer. Pensar en ello no mejoró precisamente su irritación—. Quiera la Luz que vuestra oportunidad no se presente demasiado pronto. Y bien, ¿qué conocimientos tenéis que me sean útiles? ¿Podéis enseñar a encauzar a los hombres? ¿Podéis hacer pruebas a un varón para saber si se le puede enseñar?
A diferencia de las mujeres, un hombre capaz de encauzar no podía percibir la habilidad en otro. Existían tantas disimilitudes con respecto al Poder Único entre hombres y mujeres como las que había físicamente entre uno y otro sexo; a veces la divergencia era cuestión del grosor de un cabello y otras como la disparidad entre piedra y seda.
—¿Os referís a vuestra amnistía? ¿De verdad existen necios que han acudido para aprender a ser como vos y yo?
Bashere se limitó a mirar con menosprecio a Taim, cruzado de brazos y plantado con los pies bien separados, pero Tumad y los guardias rebulleron con nerviosismo. No así las Doncellas. Rand no tenía idea de lo que opinaban las Doncellas sobre la veintena de hombres que había respondido a su llamada; nunca dejaban entrever lo que pensaban al respecto. Mas, con el recuerdo de Taim como un falso Dragón todavía fresco en sus cabezas, pocos de los saldaeninos pudieron ocultar su inquietud.
—Limitaos a responder, Taim. Si podéis hacer lo que quiero, decidlo. Si no… —Eso lo dijo impulsado por la rabia. No podía deshacerse del hombre aunque cada día tuviera que sostener un pulso de voluntades con él. Sin embargo, por lo visto Taim sí pensaba que lo decía en serio.
—Puedo hacer las dos cosas —se apresuró a aclarar—. He encontrado a cinco durante todos estos años, aunque realmente no los buscaba, pero sólo uno tuvo el valor de ir más allá de la prueba. —Vaciló antes de añadir—: Se volvió loco al cabo de dos años. Tuve que matarlo antes de que él me matara a mí.
Dos años.
—Vos habéis aguantado mucho más tiempo. ¿Cómo? —inquirió Rand.
—¿Preocupado? —preguntó suavemente Taim, que después se encogió de hombros—. En eso no puedo ayudaros porque ignoro cómo. Sólo sé que lo he conseguido. Estoy tan cuerdo como… —Sus ojos buscaron fugazmente al mariscal, haciendo caso omiso de la implacable mirada del otro hombre—. Como lord Bashere.
De repente Rand se planteó una pregunta. La mitad de las Doncellas se había dado media vuelta para vigilar el resto del patio; no enfocaban su atención en un posible peligro de manera que descuidasen otros. El peligro latente era Taim, y la otra mitad de las Doncellas seguía con la mirada prendida en él y en Rand, alertas a cualquier señal de que el peligro era real. Cualquier hombre tendría que haber estado pendiente de ellas, de la posible muerte apareciendo de repente en sus ojos y sus manos. Rand era muy consciente de su amenazadora presencia, y eso que ellas querían protegerlo. Y Tumad y los otros guardias todavía aferraban las empuñaduras de sus espadas, prestos para desenvainarlas de nuevo. Si los hombres de Bashere y las Aiel decidían matar a Taim, al hombre no le iba a resultar nada fácil escapar del patio a pesar de que encauzara, a no ser que Rand lo ayudase. Sin embargo, Taim no les prestaba más atención a los soldados y a las Doncellas de lo que hacía con las columnas que rodeaban el patio o las losas que estaba pisando. ¿Era bravura, real o fingida, u otra cosa? ¿Una especie de locura?
—Todavía no confiáis en mí —dijo Taim al cabo de un momento de silencio—. No tenéis razones para fiaros, claro. Todavía. Con el tiempo lo haréis. Como prueba de esa futura confianza, os he traído un regalo.
De debajo de la gastada chaqueta sacó un paquete envuelto con harapos, un poco más grande que los dos puños de un hombre juntos. Rand frunció el entrecejo y lo cogió; se le cortó la respiración cuando tocó la forma que había dentro. Retiró con precipitación los harapos de diversos colores y dejó a la vista un disco del tamaño de su palma; un disco como el que había dibujado en el estandarte escarlata que ondeaba en lo alto de palacio, la mitad blanco y la mitad negro: el antiguo símbolo de los Aes Sedai antes del Desmembramiento del Mundo. Pasó los dedos sobre las dos mitades en forma de lágrimas encajadas entre sí.
Sólo se habían creado siete como éste, de cuendillar. Eran los sellos de la prisión del Oscuro, los que impedían que la Sombra tocara el mundo. Rand guardaba otros dos, cuidadosamente ocultos, celosamente protegidos. Nada podía romper el cuendillar, ni siquiera el Poder Único —el borde de una delicada copa hecha con piedra del corazón podía arañar el acero o un diamante— pero tres de los siete se habían roto. Él los había visto fracturados. Había presenciado cómo Moraine cortaba una fina lámina del borde de uno. Los sellos se estaban debilitando, sólo la Luz sabía cómo y por qué. El disco que sostenía ahora en sus manos poseía el tacto terso y duro del cuendillar, cual una mezcla de la más fina porcelana con acero bruñido; empero, estaba seguro de que se rompería si lo dejaba caer en las losas del suelo.
Tres rotos. Tres en su posesión. ¿Dónde estaría el séptimo? Sólo había cuatro sellos entre la raza humana y el Oscuro. Cuatro si es que el último seguía indemne. Sólo cuatro, interponiéndose entre la humanidad y la Última Batalla. ¿Hasta qué punto aguantaban todavía, considerando su fragilidad?
La voz de Lews Therin irrumpió como un trueno. «Rómpelo. Rómpelos todos. Tienes que romperlos. Tienes que hacerlo. Debes hacerlo. Rómpelos todos y ataca. Tienes que atacar rápidamente. Ahora. Rómpelo. Rómpelo. Rómpelo…»
Rand temblaba por el esfuerzo de rechazar aquella voz, de despejar la bruma que se adhería a su cerebro como telarañas. Los músculos le dolían como si luchase a brazo partido con un hombre de carne y hueso, un coloso. Puñado a puñado metió la niebla que era Lews Therin en los rincones más recónditos, en las sombras más densas que pudo encontrar en su mente.
De pronto escuchó las palabras que estaba mascullando con voz ronca:
—Hay que romperlo ahora. Romperlos todos. Romperlo. Romperlo.
Súbitamente fue consciente de que tenía las manos levantadas por encima de la cabeza, sosteniendo el sello, dispuesto a estamparlo contra las blancas losas del suelo. Si no lo había hecho ya era porque Bashere, puesto de puntillas y alzados los brazos, le aferraba las muñecas.
—No sé lo que es eso —dijo quedamente el mariscal—, pero creo que deberíais esperar antes de tomar la decisión de romperlo, ¿eh?
Tumad y los demás ya no vigilaban a Taim; ahora lo contemplaban a él, boquiabiertos y con los ojos desorbitados. Hasta las Doncellas habían vuelto la vista hacia él con expresión preocupada. Sulin dio un corto paso hacia los hombres, y Jalani tenía tendida la mano en dirección a Rand como si no fuera consciente de su gesto.
—No. —Rand tragó saliva; le dolía la garganta—. Creo que no debo hacerlo.
Bashere retrocedió lentamente, y Rand bajó el sello con igual parsimonia. Si Taim le había dado la impresión de ser imperturbable, ahora tenía prueba de lo contrario. La conmoción se plasmaba en el semblante del hombre.
—¿Sabéis lo que es esto, Taim? —demandó Rand—. Tenéis que saberlo o no me lo habríais traído. ¿Dónde lo encontrasteis? ¿Tenéis alguno más? ¿Sabéis dónde hay otro?