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—Haré lo que pueda. Pero no esperéis que Damer derribe las murallas de una ciudad mañana.

Rand vaciló un instante antes de hablar.

—Taim, estad alerta por si algún estudiante aprende demasiado deprisa. Si ocurre, hacédmelo saber de inmediato. Cabe la posibilidad de que uno de los Renegados intente infiltrarse entre los aprendices.

—¡Uno de los Renegados! —siseó Taim casi en un susurro. Por segunda vez perdió su actitud flemática; ahora sí que estaba total y realmente estupefacto—. ¿Por qué iba a…?

—¿Hasta qué punto sois fuerte? —lo interrumpió Rand—. Asid el saidin. Vamos, hacedlo. Todo lo que podáis absorber.

Durante un instante Taim se limitó a mirarlo fijamente sin dejar traslucir nada en su expresión; entonces el Poder fluyó dentro de él. No surgió un halo como el que las mujeres veían envolviendo a otra cuando encauzaba, sólo una sensación de fuerza y amenaza, pero Rand lo percibió claramente y pudo calibrarlo. Taim disponía de suficiente saidin para arrasar la granja con todos los que allí había en cuestión de segundos, suficiente para devastar hasta donde alcanzaba la vista. Su capacidad no le andaba muy a la zaga a la del propio Rand sin ayuda. Claro que el hombre podía muy bien estar refrenándose. Rand no percibía esfuerzo y cabía la posibilidad de que no quisiera mostrarle toda su fuerza; ¿cómo saber la reacción que él podría tener?

El saidin, su percepción, desapareció en Taim y por primera vez Rand cayó en la cuenta de que él mismo había estaba henchido de la mitad masculina de la Fuente, un tumultuoso torrente, hasta el último flujo que había podido absorber a través del angreal que llevaba en el bolsillo. «Mátalo —masculló Lews Therin—. ¡Mátalo ahora!» Durante un fugaz instante el sobresalto dominó a Rand; el vacío a su alrededor se tambaleó, el saidin penetró a raudales en él, cual un rugiente aluvión. Rand apenas tuvo tiempo de soltar el Poder antes de que los hiciese papilla al vacío y a él. ¿Había aferrado la Fuente él o lo había hecho Lews Therin? «¡Mátalo! ¡Mátalo!»

«¡Cállate!», gritó furioso dentro de su cabeza y, para su sorpresa, la otra voz desapareció.

El sudor le corría por la cara y se lo enjugó con una mano que no tembló gracias a un ímprobo esfuerzo. Había sido él quien había aferrado el saidin; tuvo que ser así. La voz de un hombre muerto no podía haberlo hecho. En su subconsciente no había estado dispuesto a fiarse de Taim para quedar a su merced, indefenso, mientras el hombre disponía de tanto Poder. Ésa era la explicación.

—Estad ojo avizor por si alguno aprende demasiado deprisa, y nada más —rezongó. Tal vez estaba revelándole demasiado a Taim, pero la gente tenía derecho a saber a lo que se enfrentaba. Saber hasta donde fuera necesario que supiera, se entiende. No se arriesgaría a permitir que Taim o cualquier otro descubriese cómo había aprendido gran parte de lo que sabía. Si se descubría que había retenido como prisionero a uno de los Renegados, permitiendo que escapara… Si aquello salía a la luz, los rumores omitirían lo de haberlo tenido prisionero. Los Capas Blancas afirmaban que era un falso Dragón y seguramente un Amigo Siniestro, además; decían lo mismo de cualquiera que tenía acceso al Poder Único. Si salía a la luz lo de Asmodean, muchos más podrían creerlo. Daba igual si él había necesitado que un hombre le enseñara a manejar el saidin. Ninguna mujer podía enseñarle, como tampoco podía ver sus flujos cuando los urdía, y viceversa. Había un viejo dicho en Dos Ríos: «A los hombres les es fácil creer lo peor, y las mujeres sospechan que tras ello se oculta algo aun más siniestro». Él se encargaría personalmente de Asmodean si éste volvía a aparecer.

—Manteneos alerta. Discretamente —repitió.

—Como ordene mi señor Dragón. —Taim hizo una ligera reverencia antes de regresar al patio de la granja.

Rand advirtió que las Doncellas lo estaban observando. Enaila y Somara, Sulin y Jalani y todas las demás; sus ojos traslucían una gran preocupación. Aceptaban bien la mayoría de sus actos, todas esas cosas que a él lo hacían encogerse cuando las ejecutaba, que hacían encogerse a todo el mundo salvo a los Aiel; lo que les ponía carne de gallina eran casi siempre cosas que para él resultaban incomprensibles. Lo aceptaban y se preocupaban por él.

—No debes cansarte —aconsejó en voz queda Somara.

Rand la miró, y la rubia mujer enrojeció. A aquello no se lo podía considerar un sitio público —Taim ya estaba lo bastante lejos para no oírlos— pero el comentario rozaba el límite de lo inadmisible.

No obstante, Enaila tiró de otro shoufa que llevaba en el cinturón y a continuación se lo tendió.

—No te conviene que te dé mucho sol —murmuró.

—Necesita una esposa que lo cuide —abundó otra, aunque Rand no supo cuál de ellas. Hasta Somara y Enaila sólo tocaban ese tema a sus espaldas. Pero sí sabía a quién aludía la frase: Aviendha. ¿Quién mejor para casarse con el hijo de una Doncella que otra Doncella que había renunciado a la lanza para convertirse en Sabia?

Refrenando un estallido de ira, se enrolló el shoufa en la cabeza; y fue un alivio. El sol caía a plomo, y el paño parduzco desviaba gran parte del calor de los rayos; el sudor lo empapó de inmediato. ¿Sabría Taim algo parecido al truco de las Aes Sedai para impedir que las afectara el frío o el calor? Saldaea estaba muy al norte y sin embargo el hombre parecía transpirar tan poco como los Aiel.

—Lo que no tengo que hacer es quedarme aquí plantado, perdiendo el tiempo —fue el comentario de Rand a pesar de estarles agradecido.

—¿Perdiendo el tiempo? —repitió la joven Jalani en un tono demasiado inocente mientras se enrollaba mejor el shoufa, de modo que dejó momentáneamente a la vista un corto cabello tan rojo como el de Enaila—. ¿Cómo es posible que el Car’a’carn pierda el tiempo? La última vez que sudé tanto como él suda ahora, había estado corriendo desde el alba hasta la puesta de sol.

Las otras Doncellas esbozaron sonrisas o prorrumpieron en francas carcajadas; la pelirroja Maira, por lo menos diez años mayor que Rand, hasta se palmeó el muslo, en tanto que la rubia Desora ocultaba la sonrisa cubriéndose la boca con una mano, como hacía siempre. Liah, con una mejilla marcada por una cicatriz, brincaba sobre las puntas de los pies mientras que Sulin reía con tantas ganas que estaba doblada por la cintura. En el mejor de los casos, el sentido del humor Aiel era extraño. En los relatos no se hacían chistes a costa de los héroes; y a buen seguro que tampoco ocurría eso con los reyes. Parte del problema radicaba seguramente en el hecho de que un jefe Aiel, incluso el Car’a’carn, no era un rey; tendría autoridad en muchos aspectos, pero cualquier Aiel podía plantarse ante un jefe y decirle exactamente lo que pensaba, y lo hacía. En su mayor parte, sin embargo, era otro el origen del problema.

A despecho de haberse criado en Dos Ríos bajo la tutela de Tam al’Thor y de su esposa Kari, que falleció cuando él tenía cinco años, la verdadera madre de Rand había sido una Doncella Lancera que murió al darlo a luz en las laderas del Monte del Dragón. Tampoco ella era Aiel —aunque sí lo había sido su padre—, pero sí una Doncella. Y ahora una tradición Aiel más estricta que una ley lo había alcanzado. No, alcanzado, no; arropado. Ninguna Doncella podía casarse y seguir llevando la lanza, y, a menos que renunciara a ella, las Sabias se encargaban de entregar a otra mujer cualquier hijo que tuviera, de modo que la Doncella jamás sabía quién era esa mujer. Cualquier hijo o hija nacido de una Doncella se creía que traía buena suerte, tanto por sí mismo como para quien lo criara, aunque nadie salvo la pareja que se hacía cargo del recién nacido sabía que no era suyo. A pesar de todo ello, la Profecía de Rhuidean decía que el Car’a’carn sería uno de ésos, pero criado por personas de las tierras húmedas. Para las Doncellas, Rand era como recuperar a todos esos niños, el primero de una Doncella que todo el mundo conocía como tal.