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Rand se frenó en seco y se volvió hacia ellas tan bruscamente que varias se llevaron la mano al velo y otearon en derredor, buscando lo que lo había sobresaltado. Él se aclaró la garganta.

—Un viejo e irascible granjero llamado Hu descubrió una mañana que su mejor gallo había volado hasta un árbol alto que había junto a la charca de la granja y que no podía bajar de allí, de modo que fue a ver a su vecino, Wil, y le pidió ayuda. Los dos hombres nunca se habían llevado muy bien, pero finalmente Wil accedió y ambos se dirigieron a la charca y empezaron a trepar por el árbol, Hu en primer lugar. Pues bien, habían planeado asustar al gallo para que saltara al suelo, pero lo único que consiguieron fue que éste volara a otra rama más alta y a otra y a otra. Entonces, en el preciso momento en que Hu y el gallo llegaban al final del árbol, con Wil justo detrás, sonó un fuerte crujido y la rama en la que Hu estaba encaramado se rompió y el viejo cayó en el estanque salpicando agua y barro por todas partes. Wil descendió tan rápido como pudo y tendió la mano a Hu desde la orilla del agua, pero Hu siguió quieto, tumbado de espaldas, hundiéndose más y más en el barro hasta que sólo su nariz quedó asomando fuera del agua. Otro granjero que había visto lo ocurrido llegó corriendo y sacó a Hu de la charca. «¿Por qué no le diste la mano a Wil», preguntó a Hu. «Podrías haberte ahogado». «¿Y por qué se la iba a dar ahora?», rezongó. «Hace sólo un momento que pasé junto a él a plena luz del día y no me dirigió la palabra».

Rand esperó expectante alguna reacción. Las Doncellas se miraron unas a otras, perplejas.

—¿Qué pasó con la charca? —preguntó finalmente Somara—. El agua tiene que ser el quid de esta historia, sin duda.

Rand alzó las manos con gesto exasperado y echó a andar de nuevo hacia el pabellón de rayas rojas. Detrás de él oyó decir a Liah:

—Me parece que se suponía que era un chiste.

—¿Y cómo vamos a reírnos si no sabe lo que pasó con el agua? —opinó Maira.

—Era por el gallo —intervino Enaila—. En las tierras húmedas tienen un sentido del humor raro. Creo que era algo sobre el gallo.

Rand trató de no oírlas.

Al verlo acercarse los Defensores se pusieron aun más tiesos de lo habitual, si tal cosa era posible, y los dos apostados delante de la entrada bordeada de flecos dorados se apartaron ágilmente al tiempo que levantaban las solapas. Sus ojos se mantuvieron fijos más allá de las Doncellas.

Rand había dirigido a los Defensores de la Ciudadela en una ocasión, en un combate desesperado contra Myrddraal y trollocs en las salas de la propia Ciudadela de Tear. Aquella noche habrían seguido a cualquiera que hubiese tomado el mando, pero ese alguien había sido él.

—La Ciudadela resiste —dijo en tono quedo. Aquél había sido el grito de batalla adoptado por todos. Unas fugaces sonrisas asomaron a algunos de los rostros de los soldados antes de recobrar la apariencia impasible de un trozo de madera. En Tear los plebeyos no sonreían por lo que decía un lord a menos que estuvieran absolutamente seguros de que el lord deseaba que sonrieran.

La mayoría de las Doncellas se quedaron fuera, puestas en cuclillas y con las lanzas cruzadas sobre las rodillas, una postura en la que podían pasarse horas sin mover un solo músculo, pero Sulin siguió a Rand al interior, junto con Liah, Enaila y Jalani. Aun en el caso de que los Defensores hubiesen sido amigos de la infancia de Rand, las Doncellas habrían actuado con idéntica precaución; sin embargo, los hombres que había dentro no eran amigos ni mucho menos.

El suelo del pabellón estaba cubierto de alfombras multicolores, rematadas por flecos, con los clásicos dibujos laberínticos de Tear y complejos diseños de volutas y espirales, y en el centro había una enorme mesa, profusamente tallada y dorada, con incrustaciones de marfil y turquesas. Que a buen seguro necesitaba una carreta para ella sola cuando se transportaba. La mesa, cubierta de mapas, separaba a una docena de tearianos, sudorosos los rostros, de un número de cairhieninos superior en un tercio a ellos y que acusaban aun más el calor; todos sostenían en la mano una copa dorada que unos discretos sirvientes, uniformados en negro y dorado, rellenaban constantemente con ponche. Todos los nobles vestían sedas, pero los cairhieninos, de rostros afeitados, bajos de estatura, delgados y pálidos en comparación con los hombres situados al otro lado de la mesa, llevaban chaquetas oscuras y sobrias excepto por las brillantes bandas horizontales con los colores de sus casas que les cruzaban el torso; el número de dichas franjas señalaba el rango de la casa, en tanto que los tearianos, en su mayor parte con barbas untadas y recortadas en punta, llevaban chaquetas acolchadas que eran mezclas floridas de rojos y amarillos, verdes y azules, con satenes y brocados, hilos de seda y de oro. Los cairhieninos eran solemnes, incluso adustos, casi todos de mejillas descarnadas y con la parte delantera de la cabeza afeitada y empolvada en lo que había sido moda exclusivamente entre los soldados de Cairhien, no entre los lores. Los tearianos sonreían y olisqueaban sus pañuelos perfumados o pomas de esencias aromáticas que impregnaban el aire cargado de la tienda. Aparte del ponche, lo único que aparentemente compartieron fue la mirada impasible dirigida a las Doncellas, seguida de inmediato por la estudiada actitud con la que fingían no ver a las Aiel.

El Gran Señor Weiramon, la barba untada y el cabello surcado de hebras grises, hizo una profunda reverencia. Era uno de los cuatro Grandes Señores presentes, aunque la actitud afectada y empalagosa era común a todos: el rollizo Sunamon; Tolmeran, cuya barba canosa semejaba una punta de lanza rematando el astil que era su magro cuerpo; y Torean, con su nariz como una patata y más apariencia de granjero que los propios campesinos. Pero Rand había puesto a Weiramon al mando. De momento. Los otros ocho tearianos eran nobles menores, algunos de ellos con el rostro afeitado aunque igualmente canosos. Estaban allí por sus juramentos de fidelidad a uno u otro Gran Señor, pero todos tenían cierta experiencia en el combate.

Para ser teariano Weiramon no era bajo, pero aun así Rand le sacaba más de un palmo; a Rand le recordaba un gallito de corral, siempre sacando pecho y pavoneándose.

—¡Salve al preclaro lord Dragón, inminente conquistador de Illian! —entonó mientras inclinaba la cabeza—. ¡Salve al insigne Señor de la Mañana!

Los demás corearon lo mismo a renglón seguido; los tearianos, abriendo los brazos, y los cairhieninos, llevándose la mano al corazón. Rand hizo una mueca. El Señor de la Mañana había sido uno de los títulos de Lews Therin, según se decía en los fragmentados relatos. Se habían perdido muchos conocimientos en el Desmembramiento del Mundo, y otro tanto más se convirtió en humo durante la Guerra de los Trollocs y posteriormente en la Guerra de los Cien Años, pero aun así a veces sobrevivían algunos retazos en verdad chocantes. Se sorprendió de que la invocación del título por parte de Weiramon no hubiese provocado el inmediato parloteo de Lews Therin. Ahora que lo pensaba, no había oído esa voz desde que le gritó que se callara. Que él recordara, ésa había sido la primera vez que se había dirigido a la voz que compartía su mente. Las implicaciones que había tras ello le provocaron un escalofrío en la espalda.

—Mi señor Dragón… —llamó Sunamon mientras se secaba el sudor de las carnosas manos. Parecía estar intentando no ver el shoufa enrollado en la cabeza de Rand—. ¿Os encontráis…? —Se tragó el resto de la frase y esbozó una sonrisa obsequiosa; preguntar a un potencial demente (potencial como mínimo) si se encontraba bien, quizá no era lo que le convenía decir—. ¿Le apetece al lord Dragón un poco de ponche? Es un reserva Lodanaille mezclado con melón dulce.

Esteban, un larguirucho Señor de la Tierra supeditado a Sunamon, de gesto duro y aun más duros ojos, hizo una seña perentoria; un sirviente corrió a traer una copa de oro de una mesa auxiliar que había junto a uno de los laterales de lona y otro se apresuró a llenarla.