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Luz, lo que le tocaba aguantar en silencio. Las Doncellas sabían demasiado y no lo suficiente.

Cuando estuvieron de vuelta en Caemlyn, mucho después de que el sol se hubiese metido, Rand entró de puntillas en sus aposentos, con las botas quitadas, y se encaminó a tientas por la antesala del dormitorio, a oscuras. Aun en el caso de que no hubiese sabido que Aviendha estaría allí, acostada ya en el catre extendido en el suelo, junto a la pared, habría notado su presencia. En la quietud de la noche podía escuchar su respiración. Por una vez parecía que había conseguido tardar lo suficiente para que se hubiese quedado dormida. Había intentado poner fin a esta situación, pero Aviendha no le hizo ningún caso y las Doncellas se rieron por su «timidez» y «recato». Convenían en que eran buenas cualidades en un hombre cuando estaba solo, siempre y cuando no llegara a la exageración.

Se metía en la cama con una sensación de alivio porque Aviendha estuviese ya dormida —y un tanto irritado por no haberse atrevido a encender una lámpara para lavarse— cuando la joven se giró en el catre. Probablemente había estado despierta todo el tiempo.

—Que duermas bien y que despiertes —fue todo cuanto dijo.

Pensando la idiotez que era sentir esa repentina satisfacción por que una mujer a la que quería evitar le diera las buenas noches, mulló bruscamente la almohada de plumón antes de recostar la cabeza en ella. Seguramente que Aviendha pensaba que aquello era una broma de lo más divertida; lanzar pullas era casi un arte entre los Aiel, y cuanto más hirientes, mejor. El sueño empezó a llegarle por fin, y su último pensamiento consciente fue que tenía preparado un gran bromazo, aunque de momento sólo Mat, Bashere y él lo sabían. Sammael no tenía ni pizca de sentido del humor, pero el colosal martillo que era un ejército esperando en Tear sería la mayor chanza que el mundo hubiese visto nunca. Con un poco de suerte, Sammael habría muerto antes de saber que debería reírse.

5

Un baile diferente

El Ciervo Dorado estaba a la altura de su nombre en la mayoría de los aspectos. Por la amplia sala común había repartidas mesas bien pulidas y bancos con tallas de rosas en las patas. Una camarera, con el níveo delantal impoluto, se dedicaba exclusivamente a barrer el suelo blanco de piedra. En la unión de las paredes con el alto techo de vigas se había pintado una ancha orla de volutas azules y doradas, Las chimeneas eran de piedra muy bien labrada, con los hogares decorados con unas cuantas ramas de árboles perennes, y encima de cada dintel había cincelado un ciervo sobre cuya cuerna ramificada reposaba una copa de vino. Encima de una de las repisas se encontraba un reloj alto, con un poco de dorado.

Un puñado de músicos actuaba sobre una pequeña tarima, al fondo de la sala. Dos hombres sudorosos, en mangas de camisa, tocaban flautines; otro par pulsaban vihuelas de nueve cuerdas, y una mujer con un vestido de rayas azules golpeaba suavemente con macillos de madera el salterio que tenía apoyado en las rodillas.

Más de una docena de camareras, uniformadas con delantales y vestidos azules, iban y venían apresuradamente entre las mesas. La mayoría eran bonitas, aunque algunas debían de tener casi los mismos años que la señora Daelvin, la rellena y baja posadera que llevaba recogido el ralo y canoso cabello en un moño bajo. Justo la clase de sitio que le gustaba a Mat; realmente irradiaba bienestar y holgura económica. Había elegido la posada porque se encontraba casi en el mismo centro de la ciudad; pero, si además tenía esas ventajas, miel sobre hojuelas.

No todo estaba a la altura de la segunda mejor posada de Maerone, claro es. De la cocina llegaba otra vez olor a cordero y nabos, así como a la inevitable sopa picante de cebada; los aromas se mezclaban con el tufo a caballos y polvo del exterior. En fin, la comida era un problema en una ciudad atiborrada de refugiados y soldados, además de los que había en los campamentos que rodeaban la población. Voces masculinas entonando estentóreamente marchas sonaban de vez en cuando por la calle, acompañadas por el trapaleo de cascos, el golpeteo de las botas y las maldiciones contra el calor. También hacía calor dentro de la sala, donde no entraba un soplo de aire al estar las ventanas cerradas; de haberlas tenido abiertas el polvo habría dejado rápidamente una capa en todo lo que había dentro y no habría aliviado mucho la cargada temperatura. Maerone era una plancha de asar.

Por lo que Mat había visto, todo el maldito mundo estaba secándose, pero no quería pensar en el porqué. Deseó poder olvidarse del calor, de que estaba en Maerone; olvidarlo todo. Llevaba desabrochada la chaqueta verde de buena calidad, con el cuello y los puños bordados en oro, y la fina camisa de hilo con las lazadas desanudadas, pero aun así sudaba como un cerdo. Seguramente lo habría aliviado un poco quitarse el pañuelo de seda negra que llevaba atado al cuello, pero rara vez lo hacía si había alguien que pudiera verlo. Apuró el vino, dejó la bruñida copa de peltre a un lado de la mesa y cogió el sombrero de ala ancha para abanicarse con él. Todo lo que bebía no bien había entrado en su cuerpo cuando ya lo estaba sudando.

Como había elegido El Ciervo Dorado para alojarse, los lores y oficiales de la Compañía de la Mano Roja siguieron su ejemplo, lo que significaba que todos los demás se quedaban fuera. Eso no era motivo de desagrado para la señora Daelvin; podría haber alquilado cinco veces las habitaciones que tenía sólo con los lores y señoritingos de la Compañía, además de que era una pandilla que pagaba bien, tenía pocas peleas y generalmente salían fuera a dirimirlas. Aquel mediodía, sin embargo, sólo nueve o diez hombres ocupaban las mesas y de vez en cuando la posadera miraba, parpadeando, los bancos vacíos, se atusaba el moño bajo y suspiraba; no vendería mucho vino hasta la noche. Gran parte de sus ganancias procedía de la bebida. Aun así, los músicos tocaban con brío. Un puñado de lores complacidos con la música —y, en lo tocante a ellos, cualquiera que tuviese oro merecía un respetuoso «milord»— se mostraría más generoso que una sala llena a rebosar de soldados rasos.

Lamentablemente para los bolsillos de los músicos, Mat era el único que estaba escuchando y el joven torcía el gesto en una nota de cada tres. En realidad no era culpa de ellos; la música sonaba bien si uno no sabía lo que escuchaba. Mat sí, porque se la había enseñado él marcando el compás con palmas y tarareándola, pero nadie había oído esa tonada hacía más de dos mil años. El mejor comentario que podía hacerse era que habían cogido bien el ritmo.

Parte de una conversación atrajo su atención. Soltó el sombrero y agitó la copa en el aire para pedir más vino, tras lo cual se recostó en la mesa echándose adelante, hacia donde tres hombres bebían alrededor de la que había al lado.

—¿Qué decíais?

—Estábamos intentando discurrir un modo de ganarte para recuperar parte de nuestro dinero —respondió Talmanes, sin sonreír, mientras se llevaba la copa a los labios. No es que estuviera enfadado: es que nunca sonreía. Era unos pocos años mayor que Mat, y un palmo más bajo que él. A Mat siempre le recordaba un muelle a punto de saltar—. Nadie puede ganarte a las cartas.

El comandante de la mitad de la caballería de la Compañía era un lord cairhienino, pero llevaba la parte frontal de la cabeza afeitada y empolvada, bien que el sudor se había llevado parte. Muchos jóvenes nobles de Cairhien habían adoptado esta moda de los soldados. La chaqueta de Talmanes era también sencilla, sin las bandas de colores que llevaban los nobles aunque por derecho él habría podido lucir unas cuantas.

—De eso nada —protestó Mat. Cierto, cuando tenía la suerte de cara todo salía a pedir de boca, pero seguía unos ciclos, sobre todo con cosas que seguían un orden tan riguroso como un mazo de cartas—. ¡Rayos y centellas! La semana pasada me ganaste cincuenta coronas. —Cincuenta coronas. Poco más de un año antes habría dado volteretas de contento si hubiese ganado una y se habría deshecho en un mar de lágrimas si la hubiese perdido. Poco más de un año antes no poseía una corona para perderla jugando.